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Carlos Valero: "Cuando salí de la UCI, prometí que acabaría la Baja España Aragón"

El piloto aragonés corrió la prueba después de superar una gravísima covid.

Carlos Valero, junto a su máquina.
Carlos Valero, junto a su máquina.
Francisco Jiménez

La Baja España Aragón 2022 la ganó Nasser Al-Attiyah. Pero hubo más victorias en el más prestigioso rally raid que se corre en España. Por ejemplo, la de Carlos Valero.

Acaba de finalizar su cuarta Baja, pero quizá esta sea diferente.

Lo es. Ya la corrí en los años 89, 90 y 91. Ahora, más de 30 años después, la he vuelto a disputar con un Buggie-Polaris-suv. Y además, con mi hijo Hugo como copiloto, algo que fue muy especial.

Además de correr tres décadas después, ¿qué contenido distinto ha encontrado en la Baja?

Esencialmente, quería demostrarme que estoy vivo.

Yo le veo de maravilla...

Afortunadamente, estoy mucho mejor, pero la covid me llevó al borde de la muerte. Estuve en la UCI en situación crítica. Cuando salí, prometí que acabaría la Baja. Y la he acabado. Antes de que se me olvide, tengo que agradecer la gran ayuda de Juanma Agoiz, el otro piloto del equipo Buggie. También, de Miguel Navas, dueño del concesionario Polaris. Y de Javier Pellicena, dueño de Autoterreno Sport, el taller que nos ha hecho la asistencia.

Aseguran que esta edición ha sido durísima.

Sí, es cierto. En las otras ediciones corrí con Suzuki. Físicamente, no sabía si iba a aguantar. Las Bajas de ahora son mucho más duras y exigentes que las de antes. Le cuento una anécdota reveladora: me operaron la mandíbula en 2018, y había tantas piedras que tenía que ir apretando los dientes (sonríe).

La imagen no puede ser más descriptiva.

El terreno actual es mucho más duro. La exigencia en conducción es mayor. El primer día, que fueron 500 kilómetros, lo hice en ocho horas. El segundo, de 159, en tres horas. El primer día ya acabé roto, pero había que aguantar. Hubo equipos que no se presentaron el segundo día. Estaban bien sus máquinas, pero sus equipos estaban destrozados. Yo la conseguí acabar.

Bien está lo que bien acaba...

Todos los días representan un reto, pero vivir una situación crítica marca muchísimo.

Cuente, cuente, por favor.

En septiembre de 2020 cogí la covid. En un principio, estuve siete días en casa con síntomas. Al octavo día, mi pareja, Francesca, me cogió de las orejas y me llevó a las siete de la mañana a Urgencias del Hospital Militar. A las tres de la tarde me ingresaron en planta. A las cuatro de la mañana del día siguiente, la médico vino alarmada y me dijo que no pasaba de esa noche, que me moría. Llamaron corriendo a una ambulancia medicalizada y me llevaron a toda pastilla a la UCI del Royo Villanova.

Queda muy explícito lo de a toda pastilla…

Así fue. Recuerdo que a esa hora no había tráfico y la ambulancia se saltaba todos los semáforos. Ya en el Royo Villanova, me metieron en la UCI. Apareció el doctor Pascual Laguardia y me dijo que estaba muy grave.

Así que el médico fue claro y directo con usted.

Por supuesto. Me dijo también que los tres siguientes días serían clave. Si los superaba, saldría.

Y salió, ya lo creo que salió.

Lo fundamental es el ánimo, luchar. Además, tuve suerte. Nada más llegar, dada la gravedad, me aplicaron un tratamiento experimental. Tenía que autorizarlo con mi firma y no podía ni firmar... Tuve que dar el ‘ok’ con el dedo para arriba.

Ni hablar podía...

Comencé a reaccionar al tercer día. Estuve 15 días en la UCI, otros 15 en planta y más de dos meses en casa. Tuve que ir a casa en silla de ruedas. En el hospital, murió el paciente que tenía detrás de mí. Fue durísimo. Tengo unas ganas locas de vivir.

Y ahora, de la silla de ruedas, al ‘buggie’.

Ha merecido la pena, se lo aseguro. El tiempo que hice en la Baja, si le digo la verdad, me da igual. Pero la alegría ha sido infinita. He ganado la carrera de la vida.

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