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Opinión

Gento, el espectáculo de la aceleración

OPINIÓNACTUALIZADA 18/01/2022 A LAS 14:57
Paco Gento ante el FC Barcelona..FCB..18/01/2022[[[EP]]]
Paco Gento ante Segarra y Ramallets, del Barcelona en los años 70
Archivo Efe.

Hubo un tiempo en que los extremos izquierdos del fútbol tenían apodos que evocaban un cuento asombroso o una leyenda: Gorostiza fue ‘La bala roja’.; Piru Gaínza, ‘El gamo de Dublín’; y Francisco Gento, ese velocista endiablado que acaba de despedirse a los 88 años, era ‘La galerna del Cantábrico’.

El alias era ideal: era vehemente y rápido como la galerna y para él no había imposibles. Ni en los partidos bravíos, con los grandes equipos europeos, el Barcelona de los húngaros, el Stade de Reims de Raymond, el Inter de Milán de Mazzola, Suárez y Corzo, el Manchester United de Bobby Charlton y George Best, ni los choques domésticos. Gento, que tenía madera de superhombre bajo una apariencia discreta, irrumpía en el campo, ya fuera con el Real Madrid de las cinco Copas de Europa o con el Madrid ye-yé, se colocaba en su banda, y no había más que trotar y trotar. Recogía el balón, fintaba, solía colocarlo hacia fuera, hacia la salida natural del extremo e iniciaba su carrera, que era una prodigiosa cabalgada, hasta la línea de foto. Le gustaba practicar la internada, pura y profunda, de velocista invencible, con el balón y su cuerpo paralelos a la línea de banda. Y cuando llegaba al fondo centraba con una sutileza espasmódica y elegante, como si fuera un aristócrata. El potro desbocado se transformaba en el último envío, en el pase de la muerte. Si esa era su jugaba favorita, avanzar a la velocidad de la luz en línea recta, podía hacer muchas cosas más: arrancar y frenar en seco, zigzaguear con el esférico, trazar caños con astucia, hilvanar ‘sotanas’, dirigir desde la posición del diez y disparar con las dos piernas: era un zurdo nato, pero también es de los primeros zurdos que sabían jugar y golear con la derecha.

Paco Gento jugó en uno de los mejores clubes de la historia sobre el terreno de juego: el Real Madrid de los 50 y 60. Desde que se hizo con la titularidad, pareció decirse: “Pies, para qué os quiero”. Y echó a correr. En el vestuario, donde Di Stéfano era el rey, Molowny y Rial, si jugaban, los estilistas, y Puskas el bombardero, al atardecer o a cualquier hora, Gento era Gento, el que horadaba las defensas, el que desmontaba empalizadas, el que burlaba a su par (fuesen Maldini, Sáez, Olivella o Rifé, entre otros) y el que siempre sabía qué hacer con el balón. Huronear. Aguijonar. Alejarlo del rival hasta dejarlo sin resuello. Di Stéfano, posiblemente el mejor jugador del mundo hasta aquel momento, sabía muy bien quién era su socio y sabía hasta dónde podía fiarse. Gento, a la carrera, se alimentaba de horizonte y siempre, o casi siempre, llegaba a la meta del centro, del gol y del deslumbramiento.

Si Di Stefano era el todo terreno voraz, Paco Gento era un avión a ras de suelo: un espectáculo inenarrable de habilidad y aceleración, de clase y fantasía, que recordaba que el fútbol se abona a las gestas. Su palmarés es impresionante (seis Copas de Europa, el que más, hasta una veintena larga de conquistas) y no menos su hoja de servicios. Marcaba un gol cada tres encuentros, ofrecía los mejores centros (o asistencias) que se recuerdan y parecía jugar siempre a ritmo de jazz. Con puro swing. Lanzaba las faltas con potencia y los penaltis por el centro. A cañonazos. No desentonó jamás -ni el en Madrid, ni en la selección- y jugó 18 temporadas y 600 partidos.

En 1964, el zaragocista Carlos Lapetra, un artista distinto, le birló el puesto en la Eurocopa (la del gol de Marcelino a Rusia) y eso dice también mucho del aragonés y del conjunto de Los Magníficos. Y también dice algo de Gento: era ferozmente humano y encajaba las adversidades. Se despidió a disgusto en 1971 con lágrimas en los ojos cuando el Madrid, que se lo había dado todo, le dijo que su tiempo de correr ya había pasado.

Paco Gento, que tenía dos hermanos futbolistas, Julio y Antonio, ha dejado un hermoso legado de títulos, de caballerosidad, de juego, y una certeza: correr, lo que se dice correr, no es de cobardes. Él lo hizo como la centella a ritmo imparable de galerna. Para él el fútbol fue su vida y el juego donde ensayó su sexta velocidad.

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