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Diez años de la gesta de Ángel Vicioso en el Giro de Italia

Se cumple el décimo aniversario de la única victoria aragonesa en la historia de la gran carrera italiana.

Ángel Vicioso gana una etapa del Giro de Italia
Ángel Vicioso, en su victoria del Giro de Italia en 2011
HERALDO

En el viejo corazón de Alhama de Aragón, los apartamentos rurales El Rapallo traen al casco urbano el nombre de un pueblo de la afilada liguria italiana, cerquita de Génova, un trozo de costa de terrazas de roca sobre el Mediterráneo, acantilados y colinas que nacen al borde del mar y se pierden, sinuosas, tierra adentro. A Alhama y Rapallo les une el cordón umbilical de Ángel Vicioso, el ciclista de casa, querido por todos, ahora afincado en Andorra por motivos profesionales, pero quien no dudó en abrir un negocio de turismo rural y bautizarlo con el topónimo del lugar donde conquistó la victoria más gloriosa de su carrera.

Han pasado diez años de aquel triunfo de Ángel Vicioso en la meta de Rapallo en una de las páginas más brillantes de la historia del deporte aragonés: la única victoria de uno de nuestros ciclistas en la centenaria vida del Giro de Italia, ahora en marcha. Fue un 9 de mayo de 2011, una jornada inolvidable por el zarpazo de Vicioso que le permitía quitarse la espina del triunfo que le arrebataron los jueces del Giro en la meta de Brescia en 2000 después de cruzar el primero la línea de llegada, pero también inolvidable porque ese día de alegría y recompensa de Vicioso se tiñó de luto por el fallecimiento, unos kilómetros antes, del ciclista belga de 26 años Wouter Weylandt.

“La alegría más triste”, tituló Heraldo de Aragón la proeza de Vicioso. “Justo al cruzar la meta, me dijeron desde el coche lo que había sucedido. En la escapada, con la carrera lanzada, no nos habíamos enterado. No había nada que celebrar”, recuerda el exciclista aragonés. Weylandt se estampó contra un muro de losetas del supersónico descenso del Passo del Bocco cuando el pelotón de esa tercera etapa enfilaba el sector decisivo de la jornada. El golpe del corredor del Leopard fue letal. Los médicos lo atendían sobre el asfalto ensangrentado, mientras la carrera se precipitaba por delante al entrar un terreno explosivo, trazado de carreteras serpenteantes, repechos y emboscadas. Allí donde a Ángel Vicioso le salía el aguijón. “Era una de las etapas marcadas al inicio de ese Giro. Se adaptaba muy bien a mis características. Los últimos 30 kilómetros eran especialmente exigentes, llenos de repechos, muy rompepiernas. Recuerdo que en el equipo me avisaron de que a falta de 10 kilómetros había una subidilla dura. Dani Moreno me había dicho también que él lo iba a probar, así que atacamos en ese punto”, rememora.

La fuga buena la configuraron Vicioso (Androni), Dani Moreno (Katusha), Cristophe Le Mevel (Garmin) y Pablo Lastras (Movistar), a los que se les unió luego David Millar (Garmin). En los últimos metros, la punta de velocidad del aragonés, esa aceleración imponente y demoledora que gastaba y que le permitía incluso mirar a los ojos a los esprinters más pesados del pelotón, marcó la diferencia. “Me quedé segundo en la general, a solo seis segundos de Millar. Si no hubiera entrado en el grupo, hubiera sido yo la maglia rosa. En los días siguientes la tuve a tiro de bonificación. Hubiera sido muy bonito vestirme de líder de la general”, relata. “Ahora, tres años después de haber dejado la bici como profesional, es muy bonito recordar aquello. Guardo el trofeo de esa etapa con mucho cariño”, explica.

El Giro y Ángel Vicioso habían vivido hasta entonces una historia de amor y odio. En 2000, en la meta de Brescia, con apenas 23 años, ya ganó una etapa en la gran ronda italiana, pero los jueces se la anularon por una irregularidad en el esprín que solo vieron ellos. Un robo escandaloso. Nadie formuló entonces queja alguna, ni siquiera Biaggio Conte, a quien le cayó el triunfo, porque no había nada que protestar. Pero el pelotón dio valor moral a la victoria de Vicioso, y al día siguiente, le animó a que saliera el primero, ligeramente avanzado y con los brazos en alto. Para los ciclistas no había dudas de quién había ganado en Brescia. Once años más tarde, el Giro le devolvió a Vicioso lo que le pertenecía.

Sin embargo, en un retorcido capricho del destino, la celebración no pudo escribirse con todas las letras. En Brescia, antes de recibir la notificación de la descalificación, Vicioso sí subió al podio. Recibió el ramo de flores, la copa y los besos de las azafatas. Vació la botella de cava. Y alzó los brazos. No ganó, pero lo festejó. En Rapallo, sucedió lo contrario: ganó, pero no hubo podio. La muerte de Weylandt canceló todo el protocolo de la victoria en una carrera teñida de luto. Vicioso nunca saboreó la plena felicidad de ganar en el Giro. Ni los telediarios abrieron con su triunfo, ni para él fueron los titulares del día. La vieja espina del Giro, aunque ahora algo menos, le volvía a impedir la normalidad de una victoria.

“Es cierto, se suspendió todo. Apenas pude abrazarme al masajista y poco más, como era normal tras una tragedia así”. Dos años más tarde, Vicioso volvió a rozar la gloria. Solo John Degenkolb pudo batirle en la meta de Monza: “Si dura diez metros más la etapa, le hubiera remontado”, describe el zaragozano, con siete participaciones en Giro, la gran vuelta que más corrió. “Me gustaba mucho esta carrera. Sus finales explosivos, ratoneros y nerviosos me venían muy bien. Son etapas menos previsibles que en La Vuelta o el Tour”, analiza.

Aquella victoria de Rapallo, con 33 años, y casi de modo inesperado, devolvió a Vicioso a la elite del ciclismo, al World Tour, al firmar con el equipo Katusha. “Ganar en el Giro siempre es más complicado, creo yo. Aquello me dio una nueva oportunidad. Me llamó Purito Rodríguez y me dijo: ‘Oye, Maño, ¿te quieres venir?’ Yo iba a renovar con el Androni, pero me dijeron que esperara, les mandé el pasaporte biológico, mis datos y fue todo muy rápido: firmé con Katusha”, cuenta.

-¿Y has vuelto a Rapallo, Ángel?

-No, pero tengo ganas de ir con mi familia porque es un lugar que siempre va a ir unido a mí. Cuando abrimos los apartamentos de Alhama, buscando nombre, se nos ocurrió ese: “El Rapallo”. Y a cada una de las tres estancias las llamamos Vuelta, Tour… y Giro.

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