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Adiós al Mundial-2018: los hombres de las multitudes

España, la fatalidad, los héroes, el nuevo seleccionador, los modestos, el adiós de Iniesta

Luka Modric, subcampeón del mundo con Croacia, recibió el premio al mejor futbolista del campeonato.Reuters.

Gianni Ferragni. No se sabe si fue por coquetería o por pasión española, pero el simpático presidente de la FIFA aplaudió a Rubiales y dijo que, tras ver a España ante Portugal, sintió que los pupilos de Hierro, buen amigo suyo, iban a ser los campeones. Con un poco más de corazón y pálpito competitivo, España habría podido jugar el fútbol más plástico. Le faltó todo y nada.

La fatalidad. España empezó con un cataclismo, mejoró y empeoró luego; ni Piqué, Ramos, Silva o Iniesta fueron los líderes de un equipo triste, despojado de coraje, ambición, pelea y convicción.

Luis Enrique. No tiene un perfil simpático y está como enojado casi siempre con la prensa; tira de desafío, con ánimo de gallito de corral. Puede ser un gran entrenador, si quiere o acepta que es menos importante de lo que se cree. Conoce la seda. Dicen que sabe delegar y que, encorajinado, huye de la teatralidad y la afectación como la de la peste.

Francia. Fuerte y rácana, aprendió la lección de la derrota ante Portugal en la Eurocopa-2016. Y se sobrepuso.

James Rodríguez. Vuelva o no vuelva al Real Madrid, por culpa de las lesiones participó poco. Cuando lo hizo, deslumbró. Ve el fútbol como pocos y tiene una zurda prodigiosa. Encuentra el hueco antes que nadie y mueve al equipo con la fuerza de un oleaje.

Yerry Mina. En Barcelona se dijo que no servía ni para el rugby o el béisbol. Caprichos del decir. En Rusia secó a Lewandowski y marcó tres veces.

Los modestos. Ya no se vence con el adorno del palmarés ni con la billetera ni con el resplandor de los nombres. Ha sido el torneo de los colectivos, del trabajo, de la pulsión más competitiva.

Los derrotados. Messi debió ser campeón del mundo en Brasil-2014, y no lo hizo. En Rusia ha sido la sombra y la impotencia; no encontró espacios ni corazón ni luz dentro de la bota. Y Neymar se perdió en un victimismo poco deportivo: más que jugar al fútbol, aprovechó cualquier lance para fingirse el apaleado. Bélgica le dio la mejor cicuta: calidad, engaño y efectividad.

Detalles. No hubo ultras. Uruguay se atrevió a soñar con Tabárez y Cavani. Giroud, indomable, demostró que se puede ser ariete y no marcar un gol.

Los mejores. Fueron, y quizá en otro orden, Modric, Hazard, Griezmann, De Bruyne, Mbappé y Courtois. También hubo rivalidad de parejas: Varane y Umtiti; Rakitic y Modric; Hazard y De Bruyne. Se evadieron Piqué y Ramos.

Una cita. La recoge Joaquín Dholdan en su libro ‘Genios del fútbol’ (El paseo). El escritor J. B. Priestley dijo: «Decir que son 22 mercenarios pateando un balón es como decir que Hamlet es papel y tinta». Eso explicaría esta pasión.

El adiós. Andrés Iniesta se va sin grandeza. Ha sido único, incomparable, el futbolista de la solidaridad y de la poesía. El genio del silencio y del regate y, a la vez, el hombre de las multitudes.

 

 

 

 





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