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De genios y genialidades amantistas

El gran momento de las Bodas de Isabel:_la joven besa a su amado, ya sin tiempo, ya sin vida, en la representación colectiva.
El gran momento de las Bodas de Isabel:_la joven besa a su amado, ya sin tiempo, ya sin vida, en la representación colectiva.
A. García/Bykofoto

Sobre los Amantes de Teruel se han escrito ríos de tinta, tanto para afirmar su historicidad como para refutarla, olvidando la mayor parte de las veces su mayor valor: su proyección artística en las diferentes artes y, sobre todo, su perenne vigencia.

Dos genios: Cervantes y Lope

Los estudiosos han trabajado con ahínco los más de 20.000 versos de la ‘Epopeya trágica’ (1616) de Juan Yagüe de Salas y también su polémico ‘Protocolo’ (1619), pero en su mayoría pasan de puntillas sobre las numerosas composiciones poéticas reunidas en el prólogo de aquel con la finalidad de refrendar con la fama y autoridad de sus autores la calidad poética de la nueva obra, vamos una ‘captatio benevolentiae’ de pago, que incluye, entre otros, sonetos de Cervantes, Lope de Vega, Guillén de Castro o Jerónimo de Salas Barbadillo, con el que quizá le uniera algún tipo de parentesco.

Podemos suponer que la escritura del de Miguel de Cervantes se produjera a lo largo de 1615, por lo que quizá fuera una de sus últimas composiciones poéticas, trasluce la "voz cansada" de quien escribe con cierta desgana y por compromiso una laudatio de circunstancias. Por su parte, el soneto de Lope presenta más hondura, calidad, tensión poética y verdad.

Crítica premonitoria: Larra

Quién se acerque a la historia de los Amantes con curiosidad intelectual conocerá pronto la existencia de obras teatrales de primer orden de autores reconocidos como Juan Pérez de Montalbán, Tirso de Molina y, sobre todo, Hartzenbusch, autor del drama más popular. Un poco más complicado le resultará llegar a descubrir que uno de los escritores románticos por excelencia –más por su vida que por pensamiento y escritura–, Mariano José de Larra, escribió una elogiosa crítica teatral del estreno de la obra, publicada en ‘El Español’ el 22 de enero de 1837, en la que no sólo destacaba sus virtudes, sino que ante el reproche generalizado de lo inverosímil de su final, muerte por amor, defendía con vehemencia la veracidad de la historia hasta el punto de afirmar con rotundidad "que el amor mata". No era una pose ni un tópico literario, unas semanas más tarde, el 13 de febrero, certificaba con sangre la sinceridad de sus palabras quitándose la vida de un disparo tras ser rechazado definitivamente por su amante Dolores Armijo.

Ni el apuntador

Tampoco es especialmente conocido que el prolífico estajanovista de las letras decimonónicas españolas, Manuel Fernández y González, capaz de escribir o de dictar varias novelas a la vez (se sabe que utilizaba ‘negros’, caso, por ejemplo, del joven Blasco Ibáñez), considerado en su momento como el Dumas español y hoy en el más absoluto de los olvidos, con más de doscientos títulos y un total de cuatrocientos volúmenes en su haber, a lo largo de 16 años y por entregas, escribió la novela ‘Los Amantes de Teruel. Tradición de la Edad Media (1860-1876)’, publicada en 1891 en dos tomos, que comprenden tres libros, 125 capítulos y un total de más de 1800 páginas de lances amorosos, aventuras, viajes, extravíos y reencuentros, mujeres vestidas de hombre, truculentas muertes, etc., cuyo objetivo final no fue otro que el de buscar efectos, causar sorpresas, hacer desfilar ante el lector alucinado sucesos y personajes extraordinarios.

Se trata, en definitiva, de una novela río folletinesca, en la que prima una fantasía desordenada y fecunda, la pasión por narrar, en especial lo inverosímil, baste en este sentido con explicar que, en su sangriento final, Isabel mata a Diego al apuñalarle por tres veces en el pecho y que cuando ella, arrepentida de su acto, se encuentra en el suelo tratando de socorrerle, entra en la alcoba su marido, Rodrigo de Azagra quien, cegado por los celos y sin darse cuenta de lo sucedido, le da muerte, momento en el que llega otro personaje, don Esguerrando, que acaba a su vez con el citado don Rodrigo.

La confabulación masónica.

La defensa que realizara Bretón de una ópera nacional autóctona y original de altos vuelos, alejada de los tópicos de siempre, cuyos máximos representantes eran, entre otros, Barbieri o Arrieta, más apegados a la realidad española y al género chico que ellos habían creado, implicó su enemistad y críticas adversas, hasta el punto de que su primera gran ópera, ‘Gli Amanti di Teruel’, que supuso una ruptura total –musical, escénica, técnica y de producción– con lo que se venía haciendo hasta ese momento, durmió el sueño de los justos en el cajón del Teatro Real durante más de cinco años, y eso, como el propio Bretón decía apesadumbrado, de que contaba con el apoyo explícito del mismo Alfonso XII.

La negativa de la empresa, apoyada en las maquinaciones de Arrieta y Barbieri, generó una gran polémica, que si bien retrasó el estreno, colocó la cuestión de la ópera nacional en el centro de los debates de la regeneración de la cultura española.

Por fin, se representó el 12 de febrero de 1889 en Madrid, con una entusiasta acogida de público y constituyó todo un hito para la música española. El éxito sin paliativos conseguido en el Gran Teatro del Liceo en el mes de mayo, conllevó una exitosa gira por los principales escenarios nacionales –Sevilla, Valladolid, Granada, Valencia, etc.– e internacionales como Viena, Praga, ciudades de Alemania, Buenos Aires, etc.

El propio Galdós, para quien Bretón era un "wagneriano", llegó a considerarla lo mejor que hasta ese momento se había escrito por músicos españoles en "el género lírico serio". A pesar de todo, sus recalcitrantes enemigos acusaron al compositor de masón y atribuyeron su éxito a una confabulación masónica.

En un mundo de hombres

Si en la literatura en general la presencia de mujeres constituye casi una excepción, en el tema amantista en particular todavía más, habrá que esperar hasta el siglo XX para que aparezcan los primeros nombres, tanto en la poesía, caso de Raquel Lozano, como en propuestas narrativas como las de María Gloria Ornat o María Dolores Serrano. En el siglo XXI cabría citar la novela de Mapi Hernando y, en especial, la reciente de Magdalena Lasala, ‘El beso que no te di’, una excelente recreación histórica perfectamente ambientada en el Teruel medieval. Sin embargo, el caso más curioso de presencia femenina se da en la música, concretamente en el tratamiento operístico del tema, donde encontramos una tan excepcional como extraña paridad en un ámbito artístico tan especializado.

Efectivamente, no fue la de Bretón la única ópera que se escribió sobre los trágicos amores, unos años antes, en diciembre de 1865, se estrenó en el Teatro Principal de Valencia el drama lírico escrito en italiano por Rosario Zapater, una culta, políglota y olvidada escritora, que firmó casi toda su obra con seudónimo masculino, y música del compositor vasco Avelino Aguirre, ‘Gli Amanti di Teruel’, basada también, como la de Bretón, en la pieza teatral de Hartzenbusch, pero con la singularidad de que incorporó un coro a la manera de la tragedia clásica, que habla y reflexiona con los personajes.

Canción de amor de los Beatles

La película de Michael Powell, ‘Luna de miel’ (1958), que en Estados Unidos fue conocida como ‘Los Amantes de Teruel’, una delirante fantasía cuya acción se condensa en una débil trama, mero pretexto para vender los encantos de España, contó con una canción-leit motiv, ‘Honeymoon’, música de Mikis Theodorakis y letra del poeta y actor Rafael de Penagos, que suena también en determinados momentos del ballet final del film inspirado en la historia de los Amantes, se convirtió en un verdadero éxito mundial en la voz de Gloria Lasso, llegando hasta nuestros días convertida en todo un clásico de la música ligera, siendo versionada, incluso, por los Beatles.

No es frecuente que las grandes obras de la literatura encuentren una buena adaptación y den lugar a una gran película, por regla general, las mejores se han basado en títulos de escaso valor literario, mientras que las novelas y obras teatrales de primer orden rara vez han dado lugar a una versión destacable, pensemos en el mismo Don Quijote de la Mancha, con adaptaciones mediocres y épicos fracasos, o en Romeo y Julieta, llevada a la pantalla en multitud de ocasiones, pero de manera poco brillante.

Los Amantes son la excepción que confirma la regla: han sido poco adaptados, pero cuentan con una obra genial, la del realizador belga Raymond Rouleau, ‘Les Amants de Teruel’ (1962), una tan imaginativa como meritoria adaptación cinematográfica en forma de musical surrealista, de cine poesía, en el que la fuerza expresiva de la danza sustituye casi por completo a los diálogos y donde el especular juego barroco del teatro dentro del teatro, la vida como sueño, el conflicto entre la realidad y el deseo, junto con una ambientación expresionista, el juego de luces con valor semántico, los significativos cambios de tono del color –magnífico trabajo del director de fotografía, Claude Renoir–, las interpretaciones, con una gran Ludmilla Tcherina en estado de gracia, la excepcional banda sonora de Theodorakis (poco después cantada por Édith Piaf), etc., hacen de ella una obra excepcional, digna de ser revisada por quien ya la conociera y de descubrir por quienes no. En cualquier caso, recomendamos la lectura del excelente ensayo, ‘La otra vida de los Amantes de Teruel’, publicado por Francisco Javier Aguirre, en el que, entre otras cosas, describe como si de una novela policiaca se tratara la búsqueda de la música del compositor heleno y el feliz redescubrimiento para los amantistas de la película francesa.

Efímera genialidad del s. XXI

Ya en el siglo XXI, el músico turolense Javier Navarrete, ganador de un Premio Ariel, un Emy, etc., compone para su estreno en San Pedro, la misma iglesia en la que se desarrolló la tragedia –con su particular acústica gótica–, un drama musical atemporal con tintes surrealistas, en el que fusiona con acierto la tradición musical aragonesa y la sensibilidad de la vanguardia.

Su libreto se ajusta en lo esencial a la leyenda, pero se permite contundentes licencias que pretenden humanizar la historia y acercarla al espectador sin focalizarla en tiempo alguno, a lo que también contribuyen la austera puesta en escena y un vestuario ecléctico. En lo musical tiene una estructura de retablo medieval, de sucesión de cuadros protagonizados por los distintos personajes de la tragedia y supone una acertada mezcla de lenguajes musicales adaptados a la personalidad de cada uno de ellos. Fue un plato de alta cocina musical, ‘bocatto di cardinale’, genial y efímero. Un canto del cisne que parece ser volverá a cantar.

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