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Opinión

Covid-19: curar y prevenir

Por
  • Pedro Cía Gómez | Catedrático de Medicina. Colegio de Médicos de Zaragoza
OPINIÓNACTUALIZADA 16/09/2021 A LAS 05:00
Covid-19: curar y prevenir
Covid-19: curar y prevenir
H. A.

Mejor prevenir que curar, dice un antiguo refrán, aludiendo a la conveniencia de evitar antes que tener que reparar un daño. Pero las enfermedades nos exigen a veces acometer la curación y siempre actuar de forma preventiva.

Con respecto al tratamiento curativo, en el caso de la actual pandemia no hemos dispuesto de un tratamiento etiológico eficaz contra el virus causante de la enfermedad, que produjo una situación extraordinaria de presión asistencial y particularmente en las ucis. Sin embargo, tratamientos administrados por sanitarios desde la Atención Primaria y desde los hospitales con inteligencia, con tesón y con riesgo de los propios profesionales y a veces con medios escasos de protección, consiguieron salvar muchas vidas. Suelen recordarse sin embargo las cifras contabilizadas de enfermos o fallecidos por la pandemia, pues expresan la magnitud del problema. Son casi 10.000 las muertes diarias en el mundo a consecuencia de la pandemia, que además acarrea efectos negativos sobre situaciones de malaria, tuberculosis y VIH, según señalaba hace una semana el Fondo Mundial de lucha contra estas enfermedades. En España son algo más de 85.000 los fallecidos desde el inicio de la pandemia, correspondiendo 3.746 a nuestra Comunidad (a fecha de 7-9-2021). Los sanitarios, en su difícil tarea, sintieron el afecto de la ciudadanía que animaba con espontáneos aplausos diarios desde las ventanas y el Ayuntamiento premió a estos trabajadores con la medalla de oro de la Ciudad 2020.

Con respecto a la prevención, las clásicas medidas como el uso de mascarilla y cuidados de distancia, siguen siendo eficaces; pero hoy la sociedad centra preferentemente sus esperanzas en los resultados de las vacunas. Se intenta con ellas activar las células de nuestro sistema inmune y dejar en algunas de ellas ‘memoria’ que hará que la respuesta frente a futuras invasiones de virus sea la adecuada. Esto se ha conseguido inyectando virus inactivados o atenuados o modificados genéticamente o bien inyectando proteínas que ‘se parecen’ al virus. En la protección frente al coronavirus se ha utilizado también ARNm (ácido ribonucleico mensajero), que una vez dentro de nuestro organismo, ordena a nuestras células producir proteínas semejantes a las que el virus tiene en su superficie (las llamadas proteínas ‘spike’). Las proteínas producidas por nuestro propio organismo no son perjudiciales, pero, como las del virus, activan al sistema inmune y se producen anticuerpos. Supone la obtención de la vacuna un ingenioso (y minucioso) trabajo de laboratorio que luego ha de completarse con la experimentación en voluntarios sanos (fase I), la aplicación a centenares de personas que presenten características similares a las que se han de vacunar más adelante (fase II) y después a miles de personas de diversas zonas geográficas (fase III). El proceso requiere pues trabajo y tiempo.

Por eso, ha sido un verdadero éxito estar disponiendo ya de vacunas eficaces (la eficacia media llega al 80%), cuyos efectos secundarios son escasos y generalmente leves. En estas fechas ya han recibido en Aragón la pauta completa de vacunación más del 83,3% de la población (en el conjunto de España el 72,5%), según datos del Ministerio de Sanidad y del Servicio Aragonés de Salud de la DGA. Estas cifras satisfactorias no deben hacernos olvidar que los problemas de distribución de vacunas persisten y la Organización Mundial de la Salud denuncia que, durante estos últimos meses, el 80% de las vacunas van a países con ingresos medios y altos. No obstante, la Federación Internacional de Fabricantes y Asociaciones Farmacéuticas viene anunciando que para la primera mitad de 2022 todos los adultos de todos los continentes tendrán su vacuna.

"La actual pandemia acentúa la necesidad
de una educación sanitaria que ilustre sobre
la enfermedad y su prevención, pero también
sobre la dependencia que tenemos con respecto a los demás. Buen ejemplo es la vacunación"

Un problema reclama hoy la atención de los investigadores y es el de la duración de la inmunidad adquirida tras la vacuna. Un reciente estudio israelí dirigido por el doctor Goldberg y colaboradores detecta disminución de inmunidad después de seis meses de la vacunación, lo que aviva el debate sobre la conveniencia de una dosis adicional de vacuna, tema que va a ser objeto de estudio por parte de la Agencia Europea del Medicamento. El debate sobre una tercera dosis es criticado por la OMS, pues buena parte del mundo en desarrollo no ha recibido ni siquiera la primera dosis. Las empresas que fabrican vacunas basadas en ARN, como Pfizer, estiman que, al apreciarse caídas de niveles de anticuerpos al cabo de seis a doce meses tras la vacunación completa, sería bueno administrar una dosis adicional que multiplicaría por cinco o por diez los niveles de anticuerpos. Este razonamiento, que parece lógico, tropieza con la realidad de que, hoy por hoy, no se conocen los niveles de anticuerpos a los que habría que llegar para evitar la enfermedad. Por otra parte, al valorar la tasa de anticuerpos como índice de la actividad del sistema inmune, estamos dejando de lado el importante papel que juegan los linfocitos, es decir lo que conocemos como inmunidad celular.

En España la Comisión de Salud Pública aprobó el pasado día 7 de septiembre una dosis adicional de vacuna para pacientes en situación de inmunosupresión grave. Otro tema será abordar la conveniencia de administrarla en otros grupos, como podría ser el caso de los ancianos.

Otro problema (relacionado en parte con el tema anterior) sobre el que están muy pendientes los investigadores de las vacunas es el de las mutaciones y variantes del virus. Hoy sabemos que es dominante en muchos países la variante Delta del SARS-CoV-2 por evadir la respuesta inmune y por su facultad de infección. La variante Delta es más del doble de contagiosa que otras, según datos del Centro para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. Los expertos del CDC han alertado además sobre el hecho de que el incremento de transmisión de la variante Delta coincide con un aumento de hospitalizaciones de menores de 18 años, hospitalizaciones que aumentaron casi cinco veces entre finales de junio y mediados de agosto en coincidencia con una mayor circulación de la variante.

Queda también por conocer cuál o cuáles son las causas del ‘covid-19 prolongado o de larga duración’, situación que afecta a algunos pacientes, cuyos síntomas suelen ser fatiga prolongada, dolor de cabeza, dolores articulares, dificultad para respirar y los bien conocidos síntomas de pérdida de olfato y pérdida de gusto.

Es mucho lo que se ha avanzado, pero mucho aún lo que nos queda por saber. Además, la actual pandemia acentúa la necesidad de una educación sanitaria que ilustre sobre la enfermedad y sus mecanismos de prevención, pero también sobre la dependencia que tenemos con respecto a los demás. Buen ejemplo es el de la vacunación, que protege al que se vacuna, pero que cuando llegue a inmunizar a un amplio sector de población, protege a la comunidad y esto es importante para los más vulnerables. Esa inmunidad de grupo que se había pensado que se produciría cuando estuviese vacunado el 70% de la población sube hoy a un 90% en buena parte debido a la contagiosidad de la variante Delta antes comentada y al hecho de que las vacunas protegen, pero no completamente. Necesitamos pues que todos nos vacunemos para protegernos y para proteger. Se trata de cuidarnos y a la vez de ejercer la solidaridad con todos.

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