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Del desarrollismo a la crisis del petróleo

Del desarrollismo a la crisis del petróleo

El crecimiento económico de las décadas anteriores se había basado en un espejismo: el aislamiento internacional resultaba un grave perjucio.

Tráfico intenso en Zaragoza a finales de los años setenta, en plena crisis del petróleo.
Tráfico intenso en Zaragoza a finales de los años setenta, en plena crisis del petróleo.

Con una economía en expansión como la que había empezado a despuntar a finales de los cincuenta, estaba claro que la autarquía no podía continuar. Y en esos momentos se pudo intentar la apertura: en 1958, España había quedado incorporada a la OCDE, al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. Al año siguiente se establecía un Plan de Liberalización y Estabilización de la Economía por el que, de un plumazo, el mercado pasaba a ser libre.

Era una buena noticia pero, en su momento, provocó un retroceso más que una expansión. Veinte años de economía tutelada por el Estado eran muchos y, aunque era verdad que el cambio abría puertas a nuevas posibilidades de negocio, también significaba incertidumbre. Hasta 1961 no se empezaron a notar los efectos beneficiosos de la nueva situación.

Zaragoza, Polo de Desarrollo

En 1964 entró en vigencia el I Plan de Desarrollo, cuya actuación principal consistía en establecer una serie de 'polos' que concentrasen, en varias ciudades españolas distintas a las más industrializadas, una importante actividad fabril. Una de estas ciudades beneficiadas fue Zaragoza. Las disposiciones gubernativas ofrecían a las empresas que se estableciesen en estos 'polos' ventajas similares a las consideradas 'industrias de interés preferente', esto es, subvenciones de hasta un 10% de la inversión, créditos oficiales, beneficios en la adquisición de suelo y reducción de algunos impuestos. Más de 120 fábricas solicitaron acogerse a estos beneficios en la capital aragonesa.

Esas medidas sirvieron para impulsar la actividad de las empresas ya radicadas en la región y, menos, para atraer nuevas: se renovaron las maquinarias y se ampliaron las instalaciones, lo que se tradujo en una mayor productividad y en más empleo, sobre todo en los sectores siderúrgico, químico y de la construcción. Como singularidad en Zaragoza, despuntó también el ramo de los plásticos, debido a las innovaciones tecnológicas habidas en los procedimientos de inyección. Se produjeron en esta época juguetes, piezas industriales y de menaje en empresas tan emblemáticas como CEFA y Manufacturas Rodex.

Algunos analistas se plantean si, en el fondo, el empuje de estas industrias no se habría producido de todas formas, hubieran existido o no los beneficios inherentes a la categoría de Zaragoza como Polo de Desarrollo, dada su actividad previa y su favorable posición geográfica en la Península. Comparadas las previsiones que se marcaron con la creación del Polo con los resultados obtenidos en los plazos de su aplicación, habría que relativizar su influencia; pero el crecimiento de los polígonos de Malpica y Cogullada, y desde luego la expansión industrial que tuvo lugar en esos años, tanto en productividad como en empleo y en número de licencias concedidas, fueron hechos indudablemente positivos para la ciudad.

En estas décadas se fundaron empresas tan destacadas en la historia industrial aragonesa como Talleres Leciñena, Vitrex, La Bella Easo, Caravanas Moncayo, Safeco, Fabersánitas o Elasa.

Crisis con algo de retraso

De todas formas, la bonanza no duró demasiado. En 1973 se produciría la crisis del petróleo, que supuso una grave contracción económica internacional y afectó también, pocos años más tarde, a las empresas aragonesas.

El punto álgido se vivió en 1975: mientras concluía el régimen de Franco se comenzaba a sentir la crisis en la depreciación de la peseta, el encarecimiento de las materias primas, la paralización de sectores como el de fabricación de máquinas herramientas, el retraimiento de las inversiones y la disminución del trabajo.

Con una coyuntura económica muy desfavorable, el país afrontó el inicio de la transición política, unos cambios históricos de gran magnitud que marcaron estas décadas. El país ganó la democracia y muy pronto se iniciaría el camino que lo llevaría a integrarse en la Comunidad Económica Europea: la necesidad de abrirse al continente.

Sindicatos y derechos laborales

En 1977 se legalizaron los sindicatos y comenzaron a producirse abiertamente las reivindicaciones laborales. La Constitución consagró como derechos fundamentales la asociación, la libre afiliación y la huelga.

Pronto comenzarían a negociarse los convenios colectivos sectoriales y a secundarse masivamente los paros en demanda de condiciones de trabajo más dignas. En enero de 1979, por ejemplo, HERALDO se hacía eco del gran seguimiento de la huelga convocada por los sectores del metal y construcción: 40.000 trabajadores zaragozanos acudieron.

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