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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Françoise Hardy se va

Con 77 años y un cáncer terminal, la cantante y compositora francesa, icono mundial de los años 60-70, ha pedido la eutanasia

Recorte de Heraldo con la foto que ilustraba el artículo escrito en 2015 por Antón Castro sobre el fotógrafo Jean-Marie Périer
Recorte de Heraldo con la foto que ilustraba el artículo escrito en 2015 por Antón Castro sobre el fotógrafo Jean-Marie Périer. Françoise Hardy, junto a uno de sus admiradores, Mick Jagger, aparece con su famoso vestido de acero diseñado por Paco Rabanne
Heraldo

Se nos va Françoise Hardy. Es una muerte anunciada y preparada. Ha solicitado la eutanasia, que en Francia aún no está legalizada, por lo cual podría trasladarse a Suiza o esperar a que la misma naturaleza se la lleve sin cuidados paliativos. Es tal su sufrimiento que ha decidido morir cuanto antes. Otro ejemplo más para alentar el debate de esta solución final, con sus detractores y defensores.

En 2004 se le diagnosticó un linfoma, o cáncer del sistema inmunitario. El primer síntoma fue la pérdida temporal del oído derecho a la que siguió un extraño enrojecimiento del ojo del mismo lado. A partir de ahí, con sesenta años, fue sorteando la enfermedad hasta que ésta ha podido con ella, con el cáncer especialmente instalado en la laringe, sin poder hablar, sin apenas movilidad y sobre todo sin poder respirar, amén de unos dolores intensos e inaguantables, por lo que ha recurrido a la muerte asistida.

¡Qué sintonías vitales más crueles! Prácticamente a su misma edad se le diagnosticó cáncer a su madre. Como ella, estaba a favor de la eutanasia cuando la enfermedad todavía no había hecho acto de presencia en su progenitora. “Condicionada por una visión católica y antropomórfica —según confesó en sus memorias— de un Dios que es una especie de ser superior que protege toda su creación general y a sus hijos en particular”, intentó disuadir a su madre del paso que quería dar. Las viejas conversaciones que, a veces terminaban en encendidas discusiones, dadas las tensas relaciones que ambas mantenían, cambiaron de vía. No quería la muerte de su madre de aquella forma. Y ello generó en la autora de su vida una respuesta airada, como en ella era costumbre; y, todavía peor, un empeoramiento psíquico y físico. Razón por la que, consciente del estado en que se encontraba, buscó un médico y clandestinamente éste le aplicó la inyección letal. Exactamente lo mismo que ahora ella ha planificado. ¡Qué dura e insensible es la vida cuando ésta muerde!

¿Y quién era Françoise Hardy para que ahora la saque uno al tablón de este blog?, es posible que se pregunte algún joven e incluso maduro lector. Pues simplemente, el icono mayor de la música francesa de los sesenta y parte de los setenta, emblema que se extendió a medio mundo, influyendo, con sus canciones, su belleza andrógina, su forma de vestir y peinarse, en numerosas jóvenes. El año 1968, en que la retrató Jean-Marie Périer con un incómodo pero sexy vestido de acero de Paco Rabanne, fue apoteósico por no decir cósmico. ¡Cuántos suspiros de admiración y enamoramiento oculto se oyeron en el planeta! Sin embargo, solo ella conocía la incomodidad de aquel vestido que, cada vez que se lo ponía, iba alargándose hasta el punto de que tuvieron que acudir unos empleados con alicates para acortarlo: ¡pesaba 16 kilos!

Suspiraron por ella, y no ocultamente, Paul McCartney, Mick Jagger, Eric Clapton, George Harrison, Gainsbourg (del que se convirtió en su confesora), Nick Drake o el mismo Bob Dylan y la pareja Brian Jones-Anita Pallenberg, tras invitarla a su casa para sugerirle sutilmente la realización de un trío sexual. Sin embargo, a todos los rechazó, acabando en brazos del amor de su vida, en los del guapo cantante y actor Jacques Dutronc. Pero de nuevo la vida la metió en un fangal insólito. Alcohólico (lo mismo se bebía una botella entera de licor que se zampaba una pizza gigante acompañada de treinta cervezas), mujeriego (Romy Schneider protagonizó una de sus infidelidades), juerguista y desapegado de ella, Dutronc era un tipo de armas tomar. Se negó a la convivencia en común y más aún a pasar por la vicaría. Durante siete años, desde 1974, vivieron cada uno en un piso aparte, viéndose íntimamente en el suyo dos o tres veces al mes, si él estaba en París. En 1981, por fin, ella consiguió plasmar el sueño de su vida: casarse con él. Aun con todo, no dejó de suspirar por tan siquiera pasar una noche al mes con él. En total, según ella, debieron pasar juntos en la cama no más de tres meses. Tuvieron un hijo, Thomas Dutronc, que se dedicó también a la canción.

Trabó también amistad y deslumbramiento con numerosas personalidades del mundo de la cultura, de la ciencia y del espectáculo, desde Brigitte Bardot y Jane Birkin a George Pompidou, el sha de Persia, Ionesco, el doctor Barnard o el mismo Dalí, con cuya esposa Gala, pasó muchas veladas en su casa de Cadaqués. Trabajó con Iggy Pop, Nick Drake, Blur o Malcom McLaren, entusiastas del ídolo galo femenino. Curiosamente, nunca actuó en España y no apareció en televisión en directo hasta 1996 con ocasión de la promoción de su álbum Le Danger, en que fue entrevistada en Canal+, no con mucha fortuna. Había excusas de peso: le tenía pánico a los escenarios y hasta a las mismas cámaras de TV, por no decir, a los aviones. Un mesoterapeuta acudió en una ocasión en su ayuda para combatir su miedo escénico y le colocó en el vientre un aparato lleno de agujas que la hicieron sufrir mucho durante la actuación. No sirvió para nada y lo despidió.

“Je suis neé pendant une alerte, le 17 janvier 1944”, iniciaba sus memorias, Les déspoirs des singes et autres bagatelles”, publicadas en 2008 en Francia y traducidas al español por Expediciones Polares en 2016. Una hija bastarda, fruto de la relación extramatrimonial de su padre, un barón burgués de la Normandía, con su bellísima madre, estilizada y 1,74 de altura, a la que le puso un modestísimo piso de dos habitaciones y adonde, según sus apetencias, iba a visitarla, que eran prácticamente nulas, por no escandalizar a su esposa y a la familia en general. Otra paradoja de la vida: años mucho más tarde, el padre se declaró homosexual.

¿Y la música? La radio y una guitarra que le regaló el padre. Estaba enganchadísima a ambos tótems para ella. Bajo su influjo y bajo el eco del rocanrol americano, compuso a la guitarra un puñado de canciones que ella consideraba como ‘cancioncillas’, de una gran trivialidad melódica, a las que añadida su proverbial timidez y su complejo de feucha, generó su visión de intrascendentes y de nula proyección comercial; pero, aun así, llamó a varias puertas de concursos radiofónicos y de maestras como ya lo era entonces Mireille Mathieu, además de varias discográficas, entre ellas Pathé-Marconi y Vogue. Finalmente fue ésta última, a la segunda audición, la que le dio pasaporte a la grabación de su primer disco. Cuando oyó que la contrataban, casi se cayó de emoción y vergüenza, aunque su alegría fue tal que salió a la calle con ganas de abrazar a cualquiera que se encontrara a su paso.

De entre todas aquellas canciones, había una que a ella le gustaba especialmente, Tous les garçons et les filles, pero el director artístico de Vogue le dijo que no, proponiendo otras. Curiosamente, ante su asombro posterior con ella misma, se mostró inflexible y dijo que o aquella canción abría el EP o rompía el contrato. Ganó la apuesta y con 17 años —hubo que llamar a la madre para que diera su consentimiento, al ser menor de edad—, en abril de 1962 tenía a disposición del público y de las emisoras de radio su primer disco. Apenas vendió 2.000 copias en los meses siguientes, pero la noche del 28 de octubre de aquel año 62 se produjo la explosión. Cantó Tous les garçons et les filles en el programa especial de la TV francesa dedicado a las elecciones generales que dieron con Charles De Gaulle como presidente de la V República. Su presencia y su voz, y obviamente, la misma canción causaron impacto en la audiencia. En apenas unos días, había vendido un millón de copias de aquel primer EP. Le obligó a dejar sus estudios en la Sorbona.

Con su negatividad y falta de confianza en sí misma, presagiaba, sin embargo, que se había metido en una jaula de oro, como así ocurrió, según relató en sus memorias, pero Vogue, espoleada por aquel primer trallazo popular, que de inmediato incluso llegó a España y a otros países europeos, siguió publicándole una tromba de discos: hasta 35 EP’s editó el prestigioso sello francés entre el año 62 y el 68. Es decir, 140 canciones. Una barbaridad en la que, entre el country, el rocanrol presliano, el jazz, el soul, el twist y las baladas, hubo de todo, desde la pequeña bagatela (Il est tout pour moi, Va pas prendre un tambour…) a la excelencia (La premier bonheur du jour, J’aurais voulu, L’amitié, La maison oú j’ai grandi, Mon amie la rose, Et sourtout ne vous retournez pas, Le temps de l’amour, J’ai jeté mon coeur…) y sin el gran éxito comercial de Tous les garçons et les filles, pero siempre, pese al lastre reiterativo del estilo, con su inconfundible voz y bajo la etiqueta de yeyé, la primera yeyé del mundo, generando la oleada de cantantes y chicas modernas —en efecto, las yeyés— que a partir de entonces invadió España. Aquella ingenuidad, aquella belleza delgada, aquella sutileza, aquella dulce voz… impregnó los sueños de millones de jóvenes del mundo. Si había una novia perfecta, esa era ella.

No obstante, Françoise se hizo verdadera artista en 1967, al fichar con EMI y publicar su primer LP, Ma jeunesse fout le camp. ¡Qué delicia! ¡Que saturación de belleza pop! Françoise compuso siete de las doce canciones del álbum, recurriendo para las cinco restantes a diversos autores, entre ellos, a su admirado Brassens, de quien tomó su preciosa Il n’y a pas d’amour hereux. Para mí, el mejor disco de su carrera, aunque otros señalan La question (1973) como su canon mayor y hasta ella misma lo señala como su favorito.

En cualquier caso, los discos del tránsito de los 60 a los 70, los comprendidos entre 1967 y 1973, fueron verdaderas perlas, allí se alojaban sugestivas canciones como Voilà, Soleil, J’ai coupé le telephone, Comme te dire adieu, La question… o la misma que daba título a aquel primer LP con EMI. Discos, por cierto, que, al contar con su propiedad (en esto estuvo sagaz, creando su propio sello), se descatalogaron y no volvieron a editarse, bajo su permiso y control, hasta 1996, al tirón del álbum de retorno, Le Danger, oportunidad para mi primer y único acercamiento a la adorada cantante: “Trés amicalement á Mathias. Françoise Hardy. 24-4-96”, me estampó en la portada del disco. Un tesoro que guardo con inmensa devoción.

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Foto del disco dedicado por Françoise Hardy al autor de este blog
Archivo Matías Uribe

Siguiendo sus memorias, restaba importancia al mayo del 68, asegurando que la sociedad la transformaron Los Beatles, Los Rolling… o la minifalda, “señal del imparable cambio de mentalidades y costumbres” que generó aquella revolución y fue el vientre, según ella, donde nació precisamente aquel mayo de revueltas estudiantiles y obreras. Era apolítica. Rechazaba al socialismo y a la izquierda porque, en general, muchos políticos esgrimían códigos éticos que luego no respetaban ni ellos mismos o tomaban medidas demagógicas que producían daños económicos desastrosos. Les acusaba de la misma falta de honestidad intelectual que la derecha, que le daba asco. Torcía el gesto ante los periodistas que, salvo contadas excepciones, manipulaban a su antojo y conveniencia sus entrevistas, por lo que la acusaron de lepenista y reaccionaria, algo que, según ella, ni de lejos. También estaba en contra del feminismo y sus dogmas, también contra el aborto no meditado. La liberación sexual de la mujer como ley impositiva la traía al fresco, de hecho, ella fue de las primeras jóvenes francesas en liberarse, colocándose un DIU a los 20 años. En lo que realmente se reconocía era en el ecologismo y en la astrología de la que llegó a ser una consumada experta y escritora.

Desde 1977 hasta 2018 siguió publicando álbumes, hasta un total de once, unos más atinados que otros, cuando no plenamente equivocados, pero con su sello vocal, su sensibilidad, su asidua melancolía y el tema recurrente del amor y de sus ridículas frustraciones personales, como ella confesó que pasó toda su vida. Ahora, aquella chica tímida y acomplejada, que en su primer impacto discográfico mostraba su envidia por ‘todos los chicos y chicas’ que paseaban por la calle cogidos de la mano, dueña de una discografía maravillosa, pese a los borrones, amén de su estilizada belleza y de su voz de sirena, y de haber influenciado al mundo femenino, es decir, de agitar la moda cual top-model actual, ha decidido poner voluntariamente punto y final a su vida. ¡Qué tristeza! Pero me temo que, en su situación de implacable dolor y sufrimiento, ha tomado el camino correcto. Quedarán, claro, sus discos, su influjo que perdura hasta hoy (¿de dónde viene, si no, Carla Bruni?) y “tant de belles choses”… Su memoria inapagable, eterna.

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