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Desde las entrañas del rock, el autor que más libros de literatura vende en España: Jordi Sierra i Fabra

Matías Uribe Actualizada 29/05/2018 a las 06:34
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Me topo en El País digital con una entrevista a Jordi Sierra i Fabra, que le hace Juan Cruz, y salto de alegría y agradecimiento, como cuando uno se encuentra por la calle a un viejo maestro… Que eso fue para mi Jordi, un apreciado maestro.

Sí, desde hace años es el autor que más libros vende en España; doce millones y medio, confiesa al periodista canario, que lleva despachados, lo cual, perdón por la vulgaridad, no es moco de pavo. Libros de poesía, novelas, viajes, policíacos, musicales… e incluso hasta eróticos, dice. De todo tipo. Ahora acaba de publicar en Loqueleo (Santillana) un tocho de casi 600 páginas, 'El gran sueño', en el que aborda la emigración española a Nueva York en el siglo XIX, no sé si algo parecido a lo que ha hecho también recientemente María Dueñas.

Pero, pese a bagaje tan denso y longevo, este catalán de Barcelona no fue mi maestro de lecturas…, sino de mú-si-ca rock. Con setenta años cumplidos y un sano aspecto a lo Mayall maduro, a Jordi, se dice que lo conocen e idolatran generaciones de adolescentes, padres y abuelos. Y yo estoy ahí, no por la literatura, como digo, sino por la música, por el rock, por su ejemplar y laboriosa tarea de periodista musical ejercida en España, cuando escribir aquí de música era oficio inusual y hasta innoble, y él era el primero y más influyente. Hablo de finales de los sesenta y primeros setenta. Allí estaba Jordi cada semana en el seminal y e iluminador Disco Expres. Aún no me había podido comprar un tocadiscos, como se decía entonces, por la pasta que valía, pero cada semana esperaba ansioso el viernes para acercarme al quiosco donde me guardaban el ejemplar.

Lo devoraba. Jordi hacía de todo, lo mismo información que entrevistas u opinión -ay, aquella 'Ventana Out'-, pero sobre todo lo que hacía magistralmente era encenderte la sangre “relatando” los discos, contando desde la primera estría a la última lo que sucedía en todas y cada una de las canciones, la letra, los instrumentos que sonaban, las voces, la correlación con discos anteriores o con otros de su estirpe... Era cojonudo: no necesitaba entrevistar al artista, ni creo que fuera posible, porque a ver cuándo cazabas por aquí a unos Beatles o a unos Rolling, o una Allman Brothers… y les sometías a la típica entrevista, tantas veces chorrona y tan practicada después por algunos gurús, de hablar muy poco de música de verdad y mucho de frivolidades y tópicos. Pero él no, Jordi tenía la habilidad de llenar las dos páginas centrales del Disco Expres 'contando' minuciosamente un disco, escribiendo de música, sin necesidad de recurrir directamente a un lejano e inalcanzable grupo anglosajón para oír perogrulladas de divo. Por eso me encantaban sus textos: te metía los discos en vena y en los oídos.

Obviamente, cuando, con mi primer sueldo, tuve la posibilidad de acceder a uno de aquellos costosos equipos de música, al leer un comentario híper laudatorio de Jordi sobre un disco o un grupo, que era lo habitual, saltaba como un resorte a la tienda de discos a comprar el LP..., y así comencé a formar mi discoteca durante semanas y semanas, incluso años. Luego, alguna vez, el contenido sonoro no estaba a la altura de lo escrito, o al menos con respecto a lo que yo me esperaba, pero eran las menos, coincidía con él casi siempre. Jordi talló mi gusto y mi devoción por el rock.

Y no solo a través del Disco Expres sino también a través de un libro indispensable entonces: él fue el primero que publicó en España un tomo sobre el desarrollo internacional del rock, “1962-72. Historia de la música pop”, que obviamente guardo como preciado tesoro, tomo que luego amplió con otro anexo sobre 1972-73.

Aquel periodismo, sin embargo, desapareció a mediados de los setenta. Llegó la legión de los Manrique, Antonio de Miguel, Ordovás y compañía… y lo fulminaron. Lo consideraban obsoleto e incluso gacetillero. Uno, Manrique, en concreto, con muy mala baba, creo, aún sigue aprovechando la mínima oportunidad para pasarlo a cuchillo. Y todo, porque en su famosa enciclopedia Sierra no citó a Chuck Berry, porque “en su discográfica no poseían su biografía”, según escribía Manrique en el prólogo de 'Rockin' Spain' (2011), que era, como capciosamente Manrique daba a entender que Sierra llenaba los folios, copiando hojas de las discográficas.

Mala leche o señal clarísima de que el prepotente crítico no leía las dobles páginas o las contraportadas del Disco Expres, que, malas, regulares o buenas, desde luego de gacetilleras no tenían nada, porque eran eso: un 'relato' muy personal, estría a estría, de un disco o una historia biográfica documentada excesivamente bien para las pobrísimas posibilidades informativas de entonces. Al menos, a muchos nos servían, nos abrieron muchas puertas.

Confieso que cuando a la primera ocasión que tuve a mano, es decir, cuando puse en circulación el Disco Actualidad, del que Manrique se llevaba, por cierto, unos pellizcos de no te menees, de conocer en persona a mi maestro, me fui a Barcelona y acudí a su casa, a la que gentilmente me invitó. Me quedé absorto, no ya por la increíble cantidad de discos que Jordi almacenaba, sino por la pulcritud y el orden que había en aquella estancia saturada de vinilos, revistas y libros. Y todavía más cuando me confesó su forma prusiana de escribir: como un oficinista en horario de mañana y tarde. Y a rajatabla, con una disciplina que explica su fecundísima y posterior producción literaria. Entendí entonces perfectamente, cuando supe de sus hazañas comerciales, de dónde venía su capacidad de trabajo.

Hace unos años me llamaron de la editorial en la que había publicado uno de sus libros para que se lo presentase en público en Zaragoza. Lamentablemente, por motivos de salud, no lo pude hacer. Me hubiera encantado. Me hubiera complacido enormemente volver a encontrarme con mi maestro. A fin de cuentas, a ellos, a muchos maestros de infancia y juventud, les debemos los nutrientes de muchas neuronas personales e incluso de nuestras propias vidas. Estoy seguro que Chuck Berry, en los infiernos, no le tiene en cuenta aquel olvido: la labor de difusión del rock internacional que entonces hizo el periodista musical catalán en España, el más influyente aquí en aquellos gloriosos primeros setenta, fue impagable. Aquel olvido no erosiona en absoluto su inmensa labor. “Go, go, Jordi, go, Jordi Be Goode”.







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