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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Con las baquetas en los vaqueros (en memoria de Pedro Peralta)

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Pedro Peralta, en primer plano a la izquierda, con Micky Mouse (febrero de 1979)

Me entero a través de Mariano Casanova, vía un enlace a su blog que ha insertado en un correo electrónico, de la muerte de Pedro Peralta y me quedo petrificado. No solo suscribo la estima de Mariano hacia Pedro sino que la amplifico y la valoro en grado superlativo en cuanto a su calidad como batería. Estima y valoración que extiendo a su hermano mayor Chema Peralta, otro músico imprescindible en la pequeña o gran historia musical de esta ciudad.

Como bien dice Mariano, ambos, Pedro y Chema, formaban parte de Micky Mouse, que es como decir de parte de la vanguardia del rock zaragozano de los setenta. Los Peralta daban vida a un combo insólito en aquella Zaragoza que en el 70-71 había perdido todo el esplendor pop de los sesenta y que apenas contaba con una docena de grupos 'progresivos' sumidos en la oscuridad mayor, desde La Codorniz a Tinta Negra, Extraña Mezcla, Flor de Cactus, Moisés, Simetrium, New Group Silver… y más tarde Vam Cyborg, Pedro Botero e incluso los mismos Puturrú de Fua.

Pedro Peralta, tras Micky Mouse, anduvo luego con los Puturrú, Chicotén… y otras aventuras de época como NHZ hasta que dio el salto a Madrid y se enroló en Suburbano para a continuación colaborar con diversos artistas de talla, entre ellos Aute, Luis Pastor, Vainica Doble, Luis Mendo... Una fructífera vida de 'músico acompañante' que cortó en seco para incorporarse a la Curroplastic, aquel primer intento nuevaolero cocido en tierras aragonesas, y años más tarde, en el 88, a raíz de la apertura del Taller de Rock en el Centro Cívico Delicias, incorporado luego, en 1994, a la actual Escuela de Música, dedicarse por completo a la docencia. No serán pocos los baterías de la ciudad que sabrán bien de las enseñanzas de Pedro a las baquetas.

De él, no obstante, guardo una de las estampas más señeras y diría que icónica que mi memoria guarda de la historia musical de esta ciudad, una estampa que ayer comentaba con su hermano Chema y qué el también recuerda a la perfección. Fue en el Aula Magna de Letras, a comienzos de los setenta. Insólitamente, pero seguramente a raíz del torbellino de ideas y agitación cultural y política que se vivía en los últimos años del franquismo, se organizó un ciclo de blues en la Facultad, de la que yo entonces era estudiante, y allí estaban Chema Peralta y Fernando Marco a las guitarras y Pedro a la batería (en otras sesiones se uniría Luis Fatás), subidos en la tarima solemne del aula en la que horas antes había impartido sus clases un sabio como el profesor D. Eugenio Frutos, tocando blues rural, evocando al Reverendo Gary Davis o a Sonny Terry & Brownie McGee. Para mí, que por aquella época andaba absolutamente abducido por el blues, una alucinación. Increíble que de repente me encontrara ante un grupo de mi ciudad, y no de unos campos de algodón del Misisipi o de un tugurio de Chicago, masajeando los típicos doce compases del género con tanta habilidad como lo hacían.

Y todavía más increíble que detrás de la batería estuviese un tipo flacucho, el pelo largo y lacio, y escasa envergadura que unos minutos antes lo había visto pasear a pie de tarima con las baquetas metidas en el bolsillo posterior derecho del pantalón vaquero, una estampa inolvidable, curiosa, fijada a fuego en mi memoria. ¡Cómo le daba el tío a los parches y a los platos! Luego ya supe o pude comprobar que no era un 'donnadie' sino un músico, en contraposición a su físico, de una estatura musical enorme que a base de esfuerzo y estudio, tras acabar el Bachillerato elemental -“fue autodidacta por completo”, me comenta su hermano Chema-, aprendió él solo a tocar el instrumento y a engrandecerlo. Había que verlo parapetado en aquellas murallas de bombo, cajas y platos que se fabricaba, siempre a la última hora de la tecnología percusiva... Otra de sus pasiones fue la joyería, tallando piezas finísimas en plata, aunque esta actividad no fuera su 'modus vivendi' sino la música.

Tenía 61 años y un cáncer de pulmón. La vida es demasiado traicionera, por no soltar otros epítetos más crudos u obscenos. Descansa en paz, Pedro.

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