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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Perico, fuera de combate

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No es que no me guste el boxeo, es que le tengo aversión. Dos personas dándose guantazos en un ring, ante el griterío y el aplauso complaciente del público, no me parece un espectáculo edificante; aun reglamentado y controlado, aviva uno de los instintos más bajos y repulsivos del ser humano: la violencia. Y no. No me interesa.

Ha sido exactamente lo mismo que me ha ocurrido con el despliegue tipográfico que se le ha concedido a la muerte de Perico Fernández en días pasados. No he leído la más mínima línea sobre su historia y los numerosos panegíricos que se le han hecho. No me ha interesado. A mi entender, una desmesura.

Máxime en un tiempo en el que afortunadamente este deporte, pese a seguir figurando como olímpico, está prácticamente borrado de los medios. La misma TVE, que antaño fue uno de sus bastiones, hace años que ya no retransmite un solo combate de boxeo. Y a mi entender, hace bien.

Pese a sus purulencias y maldades, vivimos y vamos hacia una sociedad más civilizada, una sociedad, especialmente la occidental, en la que, por lo general, la supervivencia no se gana a puñetazos sino con la inteligencia y el trabajo racional de cada día.

Perico Fernández fue producto de una infancia durísima, marcada por el abandono materno y el orfanato. En la España de los setenta, cuando todavía se vivía sobre las brasas de la pobreza y del franquismo represor y la sociedad del bienestar era una pura quimera, sus puñetazos y sus exitosos combates le convirtieron en un héroe, como antes lo fueron Paulino Uzcudun, Folledo o Urtáin. Pero era otro tiempo. Entonces, un KO mundial se consideraba una gesta, y la muerte de un deportista de los guantes, la mitificación. El boxeo estaba incrustado en la piel social del país, seguramente por la difusión intensiva que le daba TVE y porque las gestas de chavales jóvenes que huían del lumpen a base de puñetazos o estocadas taurinas (verbigracia El Cordobés), ponían en pié al populacho, siendo pasto de revistas y noticiarios.

Mas cincuenta años después, en otro tipo de sociedad, con otros valores y otros intereses y con el boxeo desaparecido de los focos mediáticos, ya no hay héroes del ring; resulta, por tanto, difícil entender el periodismo de campanario y glorificación al que hemos podido asistir en días pasados.

A Perico no se le daba mal la pintura e incluso la música. Lástima que su camino no se hubiera roturado por alguna de estas artes y no por el de los cates. Dentro de la implacable e inevitable ley de la parca, hubiera sido más reconfortante haberlo despedido como músico o pintor que como boxeador. Pero los ditirambos a sus guantazos de hace medio siglo se apoderaron de las páginas de los periódicos.

Nada vi sobre su faceta musical, que aunque anecdótica, no fue desdeñable. El único single que grabó con Tony Ronald como productor, y fruto evidente de su éxito en el boxeo, incluyó un rock'n'roll brioso con contundentes arreglos de metales y una balada. Un crochet sonoro del que Perico, pese a sus deficiencias vocales, fruto seguro de la precipitación, no salió mal parado para tratarse de un amateur.

Lástima pues que, por ejemplo, no se hubiera abierto camino entre las líneas del pentagrama y no entre las de las cuerdas del ring. O en la de los pinceles. Pero no a tortazos. Mi sentido homenaje a la persona, que no al boxeador, rescatando aquel disco que grabó en 1974, aunque esta grabación de Youtube suene fatal. Descanse en paz.

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