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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

La magnética tristura de Tindersticks

En la entrada anterior recordaba a Tindersticks con motivo de la ingesta de vinilos indies de los primeros 90 que metí en mi colección y en mis oídos. Coincidió en un momento crítico en el que el vinilo había dicho prácticamente adiós a favor del arrollador cedé; despedida, por no decir defunción, que al menos tuvo una gran ventaja: su precio era la mitad del CD. Uno de aquellos vinilos que compusieron el lote de la ingesta fue el ya clásico en la escena alternativa de los 90, el famoso de la 'bailarina flamenca', como se le conoce popularmente, de Tindersticks. En él, lejos de la fiesta que podía sugerir aquella hermosa portada, se cobijaba una colección de canciones introvertidas y variadas, deliciosas en su segunda cara, con gotas de experimentalismo y hasta de música de cámara. Una revelación.

La música de Tindersticks es depresiva, tristona, infinitamente melancólica y quizá por ello bellísima, una música que alimenta la sensibilidad y despierta los instintos más románticos y serenos del espíritu, valga este mini ejercicio de literatura barata. Está hecha de forma completamente atípica en el pop: con la prohibición casi por completo de las guitarras eléctricas o por lo menos de sus típicas latigazos, con la presencia notabilísima de espesas secciones de cuerdas y con el protagonismo de una voz grave y melódica -la más grave del pop de hoy y acaso de la historia, con permiso de Leonard Cohen e Isaac Hayes- como es la de su cantante Stuart Staples, una especie de cruce entre Sinatra, Nick Cave, Brian Ferry y el citado Cohen.

De ella, de esta música singular, daba cuenta aquel primer disco de la bailarina -el del descubrimiento y puede decirse que del shock por la novedad que entonces, en plena marea grunge, suponía- al que le siguió 'Tindersticks' (95), otro álbum con el mismo título del nombre del grupo y también doble en su versión en vinilo, en el que las cuerdas ya copaban por completo el protagonismo instrumental mientras la voz de Staples, contrapunteada en un par de ocasiones por voces femeninas, volvía a soltar litros de ternura y romanticismo.

'Courtains' (97), el siguiente peldaño, volvía a insistir en el modelo aunque quizá con el abanico un poco más abierto al optimismo y con unos gramos más de alegría que en las dos entregas anteriores. Entonces, el imprescindible dueto vocal lo completaba Ann Magnuson en una de las canciones más hermosas del disco y de la misma carrera del grupo, 'Buried Bones', en tanto que los metales tomaban más cuerpo.

Su continuación llegaría en 1999 con 'Simple Pleasure', bonito aunque por debajo de las excelencias de los anteriores, quizá como aldabonazo de que el alternativismo de los 90 se extinguía y de que el mismo nombre de Tindesticks –golpes inevitables del destino en el mundo pop-, aun salpicando excelentes nuevos discos, como el encandilamiento y la magnética tristura de siempre que trajo en 2003 'Waiting For The Moon', con sus citas a la Velvet, U2, Yo La Tengo y la insólita incursión en el country de 'Just A Dog', pasaba a segunda fila e incluso a la disolución, tal cual ocurrió a mediados de la década pasada, para volver cinco años después con una serie de discos más que notables pero sin el eco de los noventa: 'The Hungry Saw' (2008), 'Falling Dawn A Mountain' (2010), 'The Something Rain' (2012), las relecturas de 'Across Six Leap Years' (2013) e 'Ypres' (2014).

A esta serie acaba de unirse ahora 'The Waiting Room', un disco, de nuevo con esa marca de tristura de la casa, con una canción que hace de dovela sonora, crucial, 'Hey Lucinda' apuntalada por la voz femenina de Lhasa de Sela en su última participación con el grupo antes de morir, con un marcado acento soul-funk y volviendo a otra de las marcas del grupo, a su relación con el cine y las bandas sonoras, pero en esta ocasión, en procesos inverso, no sirviendo las canciones a la imagen sino levantándose esta sobre ellas, dando lugar a once cortos dirigidos por diversos autores.

Recién estrenada la cincuentena, cuatro hijos y un poblado bigote, Staples sigue reivindicando su lugar en el pop de las tres últimas décadas aunque no sea ante las masas sino ante públicos exigentes y prestos a digerir músicas hermosas aunque no complacientes ni sometidas al 'sistema'. Un gozo, seguir escarbando en sus discografía. A mitad de abril, por cierto, se le verá por España en una gira por cuatro ciudades entre las que -¿normal?- no está Zaragoza.

Aquí, el cortometraje levantado por Joe King & Rosie Pedlow sobre la canción 'Hey Lucinda'

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