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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Tarde de blues

El Telediario del mediodía del domingo 24 cierra con Chester Burnett… y me estremezco: ¡TVE cerrando con un bluesman! ¿Que demonios habrá ocurrido? ¿Qué mar se habrá revuelto para que las arenas de fondo hayan sacado a la superficie semejante colofón musical, y más en una cadena donde reina la inacción con respecto a la música?...

Ya veo, en Madrid hay una exposición de pintura sobre su figura…, pero el locutor de turno hace de papagayo, lee sin que se le cuartee el rostro lo que el redactor de turno le ha escrito. “Le llamaban Lobo Aullador”, dice, y ahí se queda. ¡No!, no le llamaban así, ¡era su nombre de guerra!, su nombre artístico, y en inglés, nombre que no pronuncia el presentador. Chester Burnett era Howlin' Wolf como McKinley Morganfield era Muddy Waters. Alias que algunos bluesmen tomaron para cantar y tocar y con los que alcanzaron la gloria, hasta el punto que sus nombres de pila casi quedaron olvidados, salvo, se supone, que para los familiares.

En fin, me repongo de la sorpresa y enseguida las musarañas me llevan a aquellas sesiones londinenses junto a Clapton, Ringo y varios Stones que, con sus deficiencias, Wolf grabó en la capital británica. Bebés blancos destetándose a las ubres del gran maestro. Corrían en los primeros sesenta como deslumbrados discípulos, cuando los bluesmen negros desembarcaban en las Islas, bien por libre o dentro de aquellos American Folk Blues Festivals con los que se produjo la conexión directa entre negros y blancos. Y, mientras reviso en mi memoria la colorida carpeta del álbum de una de aquellas sesiones, me recrimino a mí mismo mi olvido del blues. Una infamia, llego a pensar, con radicalidad también infame.

Sí, porque inflamé mis primeros pasos por el mundo de la música pop con los grandes del blues negro, con B. B. King, con Muddy Waters, con los otros dos King (Freddie y Albert), con Bukka White, con Willie Dixon, con John Lee Hooker, con Sony Boy Williamson II…, con tantos y tantos y con su estela blanca, desde Alexis Korner a Mayall, Fleetwood Mac, la Paul Butterfield Blues Band, Canned Heat, Roy Buchanan… un brasero de glorias que en contadas ocasiones, supongo que por culpa de la urgente actualidad discográfica, por el ordenamiento indie, por su falta de visibilidad en los medios, ¿por su caducidad? y, en fin, por diversas y reprobables causas, no acuden a mi reproductor en los últimos años con la asiduidad de antaño. Ay, Matías, me digo. ¿Un renegado?

Curiosamente en la misma tarde muevo viejos aparatos de radio y en ello que recupero un Sony destinado a la basura que de repente recibe Radio 3 con una nitidez sorprendente, la que he buscado en los más de diez años que llevo viviendo fuera de la gran urbe y que nunca he conseguido hasta hoy con este viejo cacharro. Me hago cruces. Había comprado una radio moderna (y cara) de recepción de emisoras por Internet para precisamente poder escuchar Radio 3 y Radio Clásica, que a mi casa llegan muy mal, y la devuelvo: no las sintoniza.

Pero aquí está este viejo radio-CD Sony poniéndome ante los oídos lo que durante años persigo. No me lo explico, con las vueltas que le he dado al dial. Pienso que hay en todo ello un poder sobrenatural, yo que creo poco en lo sobrenatural. Para colmo, la vieja radio, ya es casualidad, escupe blues, emite un programa llamado 'La madeja', que obviamente no tenía el gusto, y que recorre las 'injerencias' de Eric Clapton en discografías ajenas, sus 'ligues', comenta la presentadora con una simpatía adusta pero ajustada, que es la misma que la de su colega masculino, que antes de escribir estas líneas descubro que se llama Ricardo Aguilera (y ella Elena Gómez). Claro, he acudido a los podcast de Radio 3 para recabar información y he visto sus nombres y el largo listado de programas que han realizado, y, como ambos me ha atrapado con este ejercicio radiofónico modélico, aquí ando descargando podcasts con la idea de 'meterme en la madeja' y no salir de ella, de enredarme de nuevo con el blues, de ser más generoso con aquellos que allanaron mis primeros pasos por el mundo pop y llenaron mis oídos de gozo.

Remato a continuación la tarde, obviamente inducido y condicionado por 'La madeja' y al tiempo para expiar el gran pecado del olvido, ante el equipo HI-FI, colocando uno de mis discos de cabecera bluesera, el 'Live & Well', de B. B. King que hace una millonada de años me compré en uno de aquellos múltiples viajes a Andorra a la búsqueda y caza discográfica.

Recordaba Muñoz Molina en 1994, en un magnífico artículo escrito en El País, que el blues, según había escrito Eric Hobsbawm, es el corazón del jazz, el río originario de casi toda la música popular del siglo pasado. Y es cierto, sin el blues, que fue la primera música popular en trascender generaciones, en hacerse visible, no hubieran existido Elvis, los Beatles, los Rolling y todo lo que vino después, incluidos los raperos. Fue la primera fuente que dio de beber a los músicos que después nos han traído tanta felicidad musical.

Resulta penoso que ahora, por la moda y el tiempo que todo lo arrasa, viva en estado clandestino, no tenga la visibilidad que se merece, que las jóvenes generaciones no sientan -y vuelvo a citar a Muñoz Molina- el latido poético del viaje, la desolación quejumbrosa y la búsqueda sin destino preciso que encierra la emoción del blues. Yo le he abierto de nuevo las puertas, lo voy a invitar a mi mesa musical con más asiduidad.

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