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En la muerte del fundador de Vocoder, Antonio Tenas

Matías Uribe Actualizada 25/09/2015 a las 22:10
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Acabo de enterarme por una mención que ha hecho Megg en Facebook: Antonio Tenas ha muerto. Escalofrío. Estaba delicado y hasta hubo un momento que, como él me contaba con cierta sorna, le habían puesto fecha de caducidad. Pero remontó el bache hace tiempo y parecía más fuerte... En fin, maldita parca y puñetera salud. Se ha ido Antonio, grande en todo: corpulencia, atrevimiento, ingenio, melomanía… Lo conocí en los primeros ochenta, haciendo un programa musical en la FM de Radio Juventud, en aquella vuelta a la tortilla que le dieron los fines de semana a la emisora Javier Gambra y él, entre otros. Hoy inimaginable, pero eran dos días de rock permanente en las ondas, con comentarios y explicaciones de todo tipo. Nunca se ha vuelto a oír en una emisora local tal avalancha musical, nunca nos llenaron la cabeza de rock, como decía aquel recopilatorio famoso, como lo hicieron Gambra y Antonio. Personalmente esperaba el sábado y el domingo para escucharlos. De verdad, un oasis. Hoy, claro, una quimera.

Pero Antonio fue hombre inquieto. Le podían las ideas. Y en una volada vendió su vasta colección discográfica para comprar instrumentos y formar un grupo como Vocoder. De repente, se sintió atrapado por los sintetizadores, más desde que conoció a Servando Carballar y a su grupo Aviador Dro, y se lanzó al ruedo. En la entrada que hice en julio de 2014, a raíz de la reedición de la discografía de Vocoder, está trazada su historia. Fueron pioneros de la electrónica en la ciudad tras el boquete abierto años antes por Vam Cyborg.

Pero inquieto, como digo, no se paró en barras. Era policía municipal. También representaba al sello DRO en la ciudad. Lo dejó todo para dedicarse profesionalmente al montaje de conciertos, tras los pequeños escarceos que ya había tenido antes. No se me va del cerebro una estampa: aquella noche en el destartalado pabellón de San José en que se atrevió a organizar un concierto punk y la peña se empeñó en pasar gratis. Como un muro, Antonio se batió el cobre en la puerta repeliendo la avalancha. Hubo hasta sangre pero consiguió su propósito.

También fue el primero en organizar un concierto de Héroes del Silencio, el de su debut en el cine Pax. Y después, mil aventuras y actuaciones. Era tal su ilusión por Kraftwerk que lo trajo al teatro Fleta sabiendo previamente que iba a perder un millón de pesetas. Pero, eso, le pudo la voluntad y la afición. Y gracias a él, Zaragoza guarda en sus entrañas una de las actuaciones más inolvidables que se pudieron ver por estos lares.

También llegó a montar su propia empresa de seguridad en grandes conciertos. Era prestigiosa y demandada. Doctor Music la solía contratar a menudo con la excusa de que, además de su eficacia, nadie conocía en Barcelona a toda la tropa de seguridad que llevaba a la Ciudad Condal, con lo cual no había posibilidad de que alguien entrara gratis por amiguismo. Los únicos infiltrados eran los que el propio Antonio pudiese llevar en su autobús. En una ocasión fui yo uno de esos infiltrados. Antonio me invitó a ver a Springsteen en la plaza Monumental de toros. Como entramos muy pronto para preparar toda la logística, tuve la suerte de mientras tanto poder ver al Boss probar sonido prácticamente en solitario. También hizo lo propio para el concierto de U2 en el San Jordi, en el 92.

Me sorprendía la tranquilidad que mostraba durante la celebración de todos los conciertos, a sabiendas del cisco que tenía detrás. Yo me hubiera puesto como un basilisco. Pero él mostraba calma y disposición para lo que necesitases. En sus manos vi por vez primera un teléfono móvil, un Motorola de aquellos de tamaño de caja de zapatos. Galáctico. Otra noche me invitó a su casa a cenar. Era un excelente cocinero, pero hablamos más de música y de discos. Me apabulló con su devoción por la Quicksilver y John Cipollina.

Lástima, se divorció, murió su mujer, Poly, y ahora se ha ido él. Mientras escribo estas líneas me vienen a la cabeza un torrente de recuerdos: su ideología joséantoniana, lo que le hacía llevar en el coche algunos libros sobre el fundador de Falange, el broncazo que me metió cuando los festivales del Ebro, organizados por la DGA y transferidos a él, se fueron a pique por haberle yo recomendado a Curro Fatás y Dionisio Sánchez, que se llevaron la plica del contrato, las veces que me devolvió a casa tras la celebración de un concierto, el día que me pidió que le hiciera de corrector y casi escritor de un libro que quería llevar a cabo sobre el efecto de Tolkien en la música rock, aquella vez que se puso a rapear en La Romareda con el estadio lleno en una de las primeras actuaciones de Vocoder…

Un sinfín de recuerdos que hoy han borbotado en mi mente con negrura y pena. Te echaremos de menos, Antonio. Por lo que hiciste, por amigo y porque eras un inquilino de esta casa bloguera muy apreciado. Descansa en paz. Y espero que encuentres pronto por ahía arriba a Cipollina...




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