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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Liberia, escuela de asesinos

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Había visto a niños soldados en El Salvador, Guatemala, Colombia, incluso en Somalia. Me impresionaba cómo acunaban sus fusiles y, a veces, me desviaba de sus miradas por temor a que se sintieran vigilados y sacaran de su interior toda su rabia.

El primer día que me topé con una unidad de niños guerrilleros en El Salvador salté del camión en el que viajaba y empecé a hacer fotos sin parar. Aquellos niños y niñas, que apenas despuntaban del suelo, tenían muchas horas de combates y habían madurado matando y viendo morir a sus compañeros.

Pero nada sería igual tras la experiencia liberiana de mayo de 1996. Aquellos niños habían hecho de la barbarie cotidiana una forma de vida. La inmensa mayoría, incluidos los comandantes, eran menores de 18 años, y su mayor deseo era imitar el comportamiento descerebrado de héroes del celuloide como Rambo.

La llamada república africana de “hombres libres” (descendientes de esclavos negros liberados en Estados Unidos que habían llegado a mediados del siglo XIX) entró en una etapa muy violenta.

Recuerdo que las primeras imágenes que vi en la televisión me estremecieron. Es verdad que una pieza televisiva enaltece casi siempre los momentos más violentos, pero el resultado de aquellos minutos de información o deformación provocaba un nudo en la garganta.

Llegué a Freetown, capital de Sierra Leona, con Alfonso Armada, mi compañero de fatigas periodísticas desde que nos conocimos en el cerco de Sarajevo, en agosto de 1992. Los marines estadounidenses volaban en vacíos helicópteros Black Hawk y regresaban cargados de refugiados. Fue muy fácil obtener el permiso para acompañarlos.

En apenas media hora estábamos en los alrededores de la capital liberiana. Los artilleros descargaron decenas de balas contra el mar para cerciorarse de que las armas funcionaban a la perfección minutos antes de que descendiéramos a la pista de aterrizaje que había en el interior de la embajada de Estados Unidos.

Recogimos nuestro equipaje y nos dirigimos andando al hotel Mamba Point, el único lugar neutral de todo Monrovia porque los dueños libaneses habían pactado el pago de una comisión con todas las fracciones armadas. Los periodistas pagaban religiosamente el impuesto de seguridad sin una sola queja. En todo el tiempo que pasamos en la ciudad nunca se violó el acuerdo. Era saludable poder trabajar y descansar sin necesidad de ponerte a cubierto porque bombardeaba tu hotel como había pasado tantas veces en otros lugares conflictivos.

Un hombre está a punto de ser ejecutado en las calles de Monrovia en mayo de 1996. Fotografía de Gervasio Sánchez

No llevábamos ni dos horas en la capital liberiana cuando tuvimos ocasión de contemplar la muerte en directo a cien metros de la puerta del hotel. Estábamos intercambiando información con nuestra querida amiga y gran fotógrafa Corinne Dufka cuando escuchamos gritos. Un grupo de niños armados con lanzas, machetes y fusiles de asalto estaban persiguiendo a un hombre. “Lo van a matar”, nos dijo Corinne.

El hombre corría aterrorizado. Era una cacería en toda regla. Los niños guerrilleros lo acusaban de pertenecer a un grupo rival. Su cuerpo fue golpeado con los fusiles y pinchado con las lanzas, una escena que parecía copiada de una pintura goyesca, hasta que sonó un disparo y cayó al suelo como un fardo, herido de muerte. Uno de los niños desenfundó un cuchillo y le dio el golpe de gracia. El sol plomizo caía sobre los ojos excitados del resto.

Monrovia se había convertido en una escuela de asesinos. Los adolescentes de ojos delirantes por el uso del alcohol y las drogas eran los dueños absolutos de la vida y la muerte. Les gustaba disparar hasta agotar la munición y participar en apaleamientos y actos de venganza. Disfrutaban cortando cabezas y penes con los que decoraban los árboles de la ciudad.

El hombre yace muerto en las calles de Monrovia víctima de una jauría de adolescentes. Fotografía de Gervasio Sánchez

Solíamos pasar varias horas en las calles. Íbamos siempre andando sin nada de valor encima salvo las cámaras fotográficas. Por la mañana todavía era posible dialogar con aquellos muchachos, pero, a medida que avanzaba el día, las drogas bloqueaban cualquier relación normal y las calles se convertían en auténticas trampas.

Los grupos enfrentados competían en absurdas atrocidades. Una mañana nos encontramos con un hombre semidesnudo con el pene envuelto con una bufanda. Pensé que la guerra también crea su panda de exhibicionistas. Pero me quedé bloqueado cuando vi que cargaba la mano recién cortada de un enemigo.

Durante unos segundos no fui capaz de reaccionar. “Señor, por favor”, le grité. El miliciano se volvió, esgrimió el brazo y acabó metiéndoselo en la boca sujetando el meñique con los dientes. Niños y mujeres que vendían en el mercado jaleaban esta demostración de crueldad con risas y gritos.

La fotografía se publicó al día siguiente en Heraldo de Aragón y en distintos diarios del mundo. Meses después decidí retirar la imagen del mercado fotográfico porque llegué a la conclusión que esa imagen no explicaba nada. Distorsionaba la realidad. Hacía creer que un negro es más vandálico y siniestro que un blanco. En los Balcanes personas como nosotros llevaron a cabo atrocidades difíciles de asimilar. Pero las hicieron sin imágenes ni taquígrafos.

Varios adolescentes y niños armados en Monrovia en mayo de 1996. Fotografía de Gervasio Sánchez

Los europeos hemos dado auténticas lecciones de comportamientos indecentes a lo largo de nuestra historia de la violencia. Hemos inventado la esclavitud, el genocidio, las bombas más mortíferas. Difícilmente un pueblo africano o de otro continente nos ganará si establecemos un ranking de la infamia.

Mientras escribía sobre Liberia leí la historia de una niña británica apaleada hasta la muerte por un grupo de compañeras. Al parecer se trató de una disputa provocada por los celos. Al no haber imágenes, el impacto fue menor. ¿Qué hubiéramos sentido ante las imágenes de un crimen realizado por niñas parecidas a las nuestras? Los combatientes liberianos permitían grabar sus salvajadas y, además, consideraban neutrales a los escasos periodistas que cubríamos aquella locura, porque no tenían conciencia de lo que aquellas imágenes iban a significar en sociedades como las nuestras.

Después de dos semanas en Liberia preparamos el regreso contratando un helicóptero ruso que nos vino a recoger desde Sierra Leona. Pactamos con todos los grupos armados nuestra salida del hotel en dos vehículos alquilados a los libaneses hasta un improvisado helipuerto.

Los pilotos rusos temían que el helicóptero fuese asaltado nada más tomar tierra y estuvieron a punto de abortar el viaje. Los miles de dólares que tuvimos que pagar entre todos no era una garantía suficiente. Por fin el helicóptero tomó tierra y, en apenas unos minutos, estábamos en el aíre. Los últimos periodistas extranjeros abandonaban el país africano.

Llegamos al aeropuerto sierraleonés a tiempo para darnos una ducha, cambiar nuestras reservas y volar esa misma noche hasta Ámsterdam. Y de allí a Madrid y Zaragoza. ¿Cuántas veces la distancia entre el caos y el orden, la esperanza y el dolor se reduce a unas pocas horas de vuelo?

Escuela de asesinos (1)  Publicado el 2 de junio de 1996

Escuela de asesinos (2)

Escuela de asesinos (y 3)

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