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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Sadismo en El Salvador

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Mi primer viaje a América Latina duró 82 días entre el 1 de octubre y el 21 de diciembre de 1984. Viajé por México, Guatemala, El Salvador y Nicaragua, Belice. Comí hongos alucinógenos en las ruinas mayas de Palenque, sentí el terror guatemalteco cuando intentaba hacer mi primer reportaje sobre los desaparecidos, presencié el triunfo sandinista, cubrí las primeras negociaciones de paz salvadoreñas.

Lloré como un niño en El Salvador cuando el director de un diario provincial se negó a recogerme una crónica al dictado a cobro revertido porque era muy caro. Conocí a varios de los grandes periodistas españolas e internacionales que me adoptaron al ser el más joven de aquella tribu perdida: entre ellos Ander Landaburu, que trabajaba para Cambio, 16, Joaquin Ibarz para La Vanguardia y Franco Catucci para la RAI.

Aprendí los secretos del periodismo y la fotografía en América Latina. Cuando miro aquellas imágenes primerizas y leo los reportajes de hace casi 30 años siento una gran ternura. Creo que el secreto está en la evolución y ese camino empieza un día determinado. Sólo un genio es capaz de realizar genialidades. A los demás no nos queda más remedio que aprender de nuestros errores.

Ya llevaba cinco años de guerra en guerra cuando aquel lunes 20 de noviembre de 1989 nos juntamos cuatro fotógrafos españoles, entre ellos el ya fallecido Julio Fuentes, alquilamos un taxi y fuimos a Soyapango, a una veintena de kilómetros de San Salvador, donde los guerrilleros seguían combatiendo.

“Tendrán que seguir andando. Yo les espero aquí”, nos dijo el taxista cuando nos encontramos con los primeros cadáveres abandonados. Unos minutos después nos topamos con dos paracaidistas que descansaban a la sombra de un árbol junto a dos guerrilleros muertos. Llevaban más de una semana de continuos combates y estaban muy excitados.

“Este hijo de puta ha matado a mi compañero. Verán lo que hago con él”, gritó uno de ellos  mientras sacaba un cuchillo de su funda y le cortaba las dos orejas. A continuación se levantó, nos sonrío y le ofreció una de ellas a otro soldado más joven que la rechazó con cara de asco.

No contento con la exhibición, desenfundó su cuchillo y asestó una primera puñalada. La hoja del arma se topó con el mango del esternón y se dobló. El soldado lanzó el cuchillo al suelo con furia y pidió a su compañero el suyo. Ya no falló: las quince o veinte puñaladas siguientes entraron limpias. “Hagan fotos. Vacíen sus carretes”, gritaba enfurecido.

Todavía impresionado por lo que había visto llegué al hotel Camino Real donde me encontré a los periodistas españoles comiendo. Román Orozco, enviado especial de Diario 16, me preguntó: “¿Qué vas a hacer con las fotos? ¿Quieres publicarlas en mi diario?”

Le dije que me parecía bien si acordábamos un precio justo. “El viaje en avión hasta aquí me ha costado mil dólares. Esa es la cantidad que tendréis que pagar”, le dije y él aceptó. Buscamos un lugar para revelar diapositivas y mandamos una selección de las imágenes por DHL hacia Madrid. Después tuve que batallar seis meses con el diario madrileño para me pagasen lo pactado.

Durante aquella ofensiva guerrillera el toque de queda duraba entre las seis de la tarde y las seis de la mañana. Mi rutina era siempre la misma: regresaba al hotel, me duchaba, cenaba a las siete y me iba a dormir. Me levantaba  a las 3 de la mañana. Escribía la crónica para Heraldo de Aragón y a las seis en punto salía a la calle y la mandaba desde Correos por fax.

Unos meses antes me había llevado una gran sorpresa al solicitar un permiso militar para viajar a una zona conflictiva. El coronel responsable del Comité de Prensa de las Fuerzas Armadas me espetó: “Otra vez te interesa ir a ese lugar. Si ya escribiste una crónica muy divertida de tu último viaje”.

Al ver mi cara de sorpresa abrió un cajón, sacó un fajo de faxes y me mostró el que correspondía a una de mis crónicas. “En Correos tiene orden de mandarnos todos los faxes que se envían en el país”, me explicó. “Coronel, ¿qué pasaría si no les gusta lo que escribo?”, le pregunté a bocajarro. “Aténgase a las consecuencias”, me respondió con frialdad. Pensé que se refería a las listas de periodistas amenazados de muerte por los escuadrones de la muerte que circulaban por El Salvador, pero evidentemente me lo callé.

Aquella mañana salí con mi crónica escrita en la que recogía el acto de sadismo y exhibicionismo del paracaidista del día anterior y me acerqué al hotel Camino Real. Pedí a uno de los conserjes que me enviase el texto por el fax del hotel. Esperé a que me confirmase que se había transmitido correctamente, doblé la página y la escondí en un doble fondo de la bolsa con mis cámaras fotográficas.

Esa tarde regresaba a oscuras a mi hotel unos minutos antes de que empezase el toque de queda. De repente escuché: “Al suelo, al suelo”. Levanté las manos y grité que era periodista. Los soldados ya habían saltado del vehículo y se acercaban corriendo hacía donde estaba. “Te he dicho al suelo, hijo de puta”, me gritó a unos palmos de mi cara el jefe de la patrulla mientras me encañonaba. “Por favor, soy periodista y estoy regresando al hotel”, dije temblando.

El militar me ordenó que me montase en el vehículo militar y le acompañase. Inmediatamente recordé que todavía llevaba la copia de mi crónica en la bolsa y empecé a buscar una explicación por si la encontraban en el registro. Intenté congeniar con los soldados. Les pregunté por sus familias, incluso hablamos de fútbol.

Unos minutos después llegamos a un parque que el ejército había convertido en un campamento militar. Me llevaron hasta una de las tiendas donde estaba el jefe del destacamento. Le enseñé mi acreditación y mi pasaporte y le pedí que llamase al jefe de relaciones públicas del ejército savadoreño para confirmar mi identidad.

Sin apenas mediar palabra el oficial me dijo que podía marcharme. “Señor, ahora sí que estamos en toque de queda, sus soldados me deberían acompañar hasta mi hotel”, le planteé. Me dijo que eso era imposible y me ordenó abandonar el campamento. “Fírmeme al menos un salvoconducto por si me encuentro otra patrulla”, le rogué. Pero el oficial desapareció en el interior de la tienda.

Los siguientes veinte minutos nunca los olvidaré. Caminé lo más rápido posible por unas calles desiertas, pasé por delante de la embajada española que había sido tiroteada varias veces por los escuadrones de la muerte, llegué exhausto al hotel. “Te has vuelto loco”, me dijo el señor Stanley, dueño del hostal, cuando me abrió la puerta.

A la mañana siguiente el ministro de Defensa comentó a un grupo de periodistas: “Sabemos lo que ha ocurrido. Estamos buscando a los soldados para castigarlos y a los fotógrafos para convencerlos de la necesidad de no usar esas desagradables imágenes”.

El mismo día que aparecía la imagen en la portada del diario madrileño volaba de regreso a Rio de Janeiro vía Panamá. Por suerte entonces no existía internet para rastrear lo que se publicaba a miles de kilómetros.

Años después un coronel salvadoreño me confesó que los servicios de inteligencia buscaron a fondo a los fotógrafos implicados. “Y no para felicitarlos”, concluyó.

Sanfre fría y exhibicionismo en el infierno salvadoreño (Publicado el 22 de noviembre de 1989)

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