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Auserón, premio a la dignidad musical

Matías Uribe Actualizada 06/11/2011 a las 22:14
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Ante todo, y primero, disculpas por el parón del blog durante dos días, que se ha debido a cuestiones técnicas para mejorar el acceso y la guarda de archivos en nuevos servidores. Y gracias también a todos quienes me han hecho llegar por mail la 'avería' porque demuestran que son buenos seguidores de todo cuanto aquí se opina, se comenta y se discute.

Y paso ya a Santiago Auserón, al que ayer tuve oportunidad de felicitar personalmente por teléfono, aunque fuera a última hora de la noche y muy brevemente. Desde que la ministra lo cogió en pijama por la mañana para darle la noticia del premio hasta las nueve de la noche no hubo forma de 'pillarlo'. Creo que ni comió. Por eso, cuando me llamó, con la voz entera, pero cansado y casi implorando piedad para que no le asara a preguntas, me confesó su alegría por el premio, pero no por él, sino básicamente por su equipo de gente a la que mete una presión muy fuerte con sus proyectos tan personales y exigentes. También me confesó que la cantidad del premio le venía muy bien en un momento en que, como tantos artistas íntegros como él, está al borde del abismo económico.  Pues mejor que mejor y bien merecido que se tiene este premio. No es fácil sobrevivir de francotirador en esta selva. Y mucho menos mantener el pulso vital y la dignidad. ¿Habéis visto en los últimos tiempos a Sabino Méndez y a Antón Reixa de portavoces de la SGAE? Insólito cementerio de elefantes.

Versatilidad, investigación y calidad poética fueron las virtudes que señaló ayer el jurado para concederle el premio Nacional de Músicas Actuales, dotado con 30.000 euros. No pudo estar más atinado el jurado –y eso que habitualmente a los jurados se les vocea- al señalar esas virtudes como los signos más visibles del trabajo de Auserón a lo largo de más de treinta años de carrera musical. Si hay un músico inquieto, febrilmente dispuesto a explorar nuevos caminos musicales, siempre con el hatillo al hombro en busca de sonidos diferentes, es este zaragozano del barrio del Gancho, con un bagaje artístico de gran peso y variadísimo.

Ya con los mismos Radio Futura dio muestras de su inquietud por la búsqueda y la investigación. Los Futura de 'Música moderna' (1980) no tenían nada que ver con los Futura de 'La ley del desierto/La ley del mar' (1984) o con 'De un país en llamas' (1985), no digamos con su última producción, 'Tierra para bailar' (1991). De los colorines de la nueva ola, el grupo fue saltando a terrenos de los ritmo latinos, el pop, el soul, la música de baile  e incluso las sonoridades flamencas. Y todo ello, cuando aún no se había inventado el luego manido y denostado mestizaje. No hay grupo alguno de aquella época, de la llamada Movida, con la versatilidad y el ingenio de Radio Futura.

No cejó Auserón en su camino de buscador impenitente, o, como él dice, de 'aprendiz en movimiento'. Cuando en España se normalizaba el rock, Santiago pegaba la cambiada y se perdía en Cuba buscando viejos soneros, una aventura que dio lugar a una jugosa colección de cinco elepés. Ni él podía sospechar el efecto de aquella incursión. Con ella retornó a España la música cubana –tan presente en los años cincuenta- y se impuso como ingrediente básico para el mestizaje.

Él mismo profundizó en aquella línea, adoptando el heterónimo de Juan Perro, para dar salida a sus devociones latinas. Su último y quinto disco, 'Río negro' (2011), por ejemplo, es una verdadera pieza de orfebrería en lo poético y en lo musical, como ya destaqué aquí hace unos meses. Antes, había realizado dos nuevos virajes no menos reconfortantes. Con su hermano Luis se dedicó a revolver el armario musical de su adolescencia y a recuperar algunas de las canciones con las que se autoinoculó el veneno en la piel y en el alma de la música. Producto de ello fue una extensa gira por teatros y el álbum 'Las malas lenguas' (2006). Posteriormente quiso darle una vuelta de tuerca a sus canciones y se alió con una orquesta de jazz.

Más versatilidad e innovación, junto con Bunbury, imposible de rastrear en músico español alguno. Ello, sin olvidar sus quehaceres literarios, en tiempos remotos como cronista musical junto a su hermano Luis en el añorado Disco Expres, donde ambos firmaban deliciosos artículos bajo el seudónimo de Corazones Automáticos, y después sus traducciones y producciones propias. Auserón, además de músico, es un hombre de una vasta cultura humanística, fruto seguramente de sus años de estudiante de Filosofía en la Sorbona.

Dialogar con él, entrevistarle, es ir empequeñeciendo poco a poco ante su verbo ingenioso, culto y fluido. Recuerdo una de las primeras entrevistas que le hice en los desaparecidos estudios de Radio Heraldo, allá por los inicios de los ochenta. Era Semana Santa y se había venido a Zaragoza no solo a ver a sus padres y hermanos sino a seguir las procesiones. ¡Toma castaña! Un rockero metido en tradiciones contra las que disparaban los nuevos tiempos de cambio de la primera España socialista. “Hay (en las procesiones) un fondo espiritual y a la vez racial que me llama mucho la atención”, vino más o menos a decirme ante mi perplejidad.

Claro que para perplejidad, la noche que, tras el primer concierto de Bob Dylan en España, en 1984, en el estadio del Rayo Vallecano, coincidimos de vuelta en un autobús de la CBS, sentados en el suelo porque iba atiborrado, y salió a colación 'La estatua del jardín botánico', canción de la que yo estaba, y sigo estando, prendado. Me dijo: “Fue un chispazo de inspiración, no creo que jamás me vuelva a ocurrir, ni que haga otra canción igual”. Así ha sido, aunque su amplio mundo sonoro luego lo llenó de otras estatuas, de otros monumentos musicales, sin los cuales no se puede entender la música popular española de los últimos 30 años. El premio que ayer le concedió el Ministerio de Cultura, insisto, no ha podido ser más justo, acertado y merecido. Premio a la dignidad, la audacia y el talento.

 

 




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