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¿Son viejos Amaral y Bunbury para el rock?

Matías Uribe Actualizada 01/11/2011 a las 18:22
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Oportuna y curiosa observación de un buen lector del blog, Mr. Abbey Road: Le parece sorprendente que un artículo, que hace unos días saqué de la bodega de los ochenta, en concreto de 1986, referente a Neil Young, lo titulara 'Haciendo country para envejecer dignamente'. Neil Young tenía entonces 40 años. ¿Un viejo? Pues no del todo, pero casi; o sin casi, porque, con el impacto juvenil de la Movida y por la misma dinámica de décadas pasadas, en los ochenta, con cuarenta años, un artista era un diplodocus, un músico camino del desguace y del retiro. No digamos en la década anterior: En 1976, ¡con 29 años!, Ian Anderson tituló uno de los discos más conocidos de su grupo, Jethro Tull, como 'To old to rock'n'roll, too young for die!'. Toda una perfecta plasmación del concepto del rock asociado a la edad.

Fue además en la década de los ochenta cuando se inventó lo de los 'viejos dinosaurios' para los artistas que habían traspasado la barrera de las cuatro décadas, e incluso apareció el término 'carroza' para quienes andaban por aquella edad o estaban en la treintena. Así de cruda era la realidad, amigo Abbey Road, y de ahí aquel titular.

No era nuevo. En los sesenta, un joven de veintitantos ya era un viejuno, no digamos las chicas, si se dedicaban a cantar 'música moderna', como se decía entonces. Lo que explica que en el pop a la gente se le diera la patada tan apenas cumplidos los 20. Todas la ye-yés, por ejemplo, se retiraron en la veintena. Pero como hoy el concepto de 'joven' ya casi llega a los cincuenta, que a este paso vamos a ser jóvenes eternamente, pues sorprende que en los ochenta un artista con cuarenta fuera carne de desguace. Recuerdo cuando vinieron los Rolling por segunda vez a España, en el 82. Mick Jagger iba a cumplir 38 y corría de punta a punta el escenario como un gamo, y eso que casi ocupaba (el escenario) casi todo un corner del Manzanares. Pues, bueno, vino y se fue con la vitola de viejo, un carcamal para las jóvenes generaciones. Y, por supuesto, ya se pregonaba a todo volumen que aquella era  la última gira de los Rolling Stones.

De haber existido en aquella época, y no digamos en los sesenta, gente como Bunbury, Amaral, Tom Yorke, los Gallagher, Damon Albarn… y tantísimos otros que ya pisan la cuarta década de sus vidas estarían ya en el mausoleo del pop, olvidados cuando no enterrados artísticamente. La sociedad adulta y sus prejuicios, la radio y la tele con más prejuicios todavía, no digamos las discográficas que solo querían carne fresca, y el hecho de que siempre venía detrás otra nueva oleada de gente joven empujando mandaba a los mayores a la cuneta. Estaba bien visto que un señor de cincuenta hiciera cine, escribiera novelas o fuese entrenador de fútbol, pero rockero, imposible.

Todo este concepto de envejecimiento prematuro venía desde muy atrás, desde los mismos inicios del rock'n'roll. Aquella música ruidosa fue contemplada de inmediato por la generación paterna como cosa de adolescentes, una fiebre extravagante que pasaría de inmediato nada más traspasar la veintena. Y, en cierto modo, fue verdad: unos porque murieron en accidente, otros porque se bajaron del carro y a otros porque les empujó una nueva oleda de jóvenes, la de los 'baby face', los rockeros primigenios desaparecieron de la primera plana musical de inmediato. En los sesenta prácticamente se repitió la cantinela. Era inconcebible un tipo con 30 tacos dándole a una guitarra, especialmente en España. Así pasó, que el 100% de los grupos famosos del momento, desde Los Brincos a Los Bravos, Sirex, Mustang, Pekenikes, Iberos, Buenos… se disolvieron como un azucarillo en un abrir y cerrar de ojos, sin haber llegado tan siquiera a la treintena.

Hoy son otros tiempos, afortunadamente. Rige más la edad mental que la física y sobre todo el pop y el rock, gracias a gente como los Rolling, Dylan, Springsteen, Lou Reed…,  han alcanzado un estatus intergeneracional que antes, lógicamente, no tenía. Los 25 años de ayer, como escribía hace poco el poeta y novelista Agustín Fernández Mallo, son los 40 de ahora. Y a este paso, los 40 de hoy serán los sesenta de mañana. Lo cual tampoco está mal, si el cerebro y el tipo aguantan. ¿O es que tiene más derecho a machacarse las meninges con una guitarra eléctrica un joven de 17 años que 'otro de cuarenta e incluso de sesenta' porque lo dicta la edad?  ¿O son realmente viejos Amaral, Bunbury...?




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