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Que no me toquen el original

Tal y como anda la industria discográfica, se entiende que utilice todas las estrategias posibles para inyectar dinero a sus alicaídas arcas. Uno de los recursos más socorridos es el de las reediciones. De todo tipo: remasterizaciones, aniversarios, homenajes... Están obviamente dentro de sus facultades y legitimidad y no niego que sean buenas  ocasiones para volver a escuchar viejos discos, para descubrirlos o para incorporarlos a la estantería de fetiches de coleccionismo, no digamos cuando esas reediciones vienen en lujosas cajas o encerradas en vistosos envoltorios.

Sin embargo, personalmente cada vez las tomo con más precaución. Por una razón esencial: no me gusta que me cambien o transformen lo que ya conozco o conocí en un momento determinado y me satisfizo plenamente. Me refiero a las reediciones que añaden un par de canciones inéditas o las maquetas que dieron lugar al álbum de éxito, o las versiones que se quedaron en la nevera..., cualquier cosa que modifique el álbum en origen.

Me acostumbré a escuchar, pongo por caso, el 'Sgt. Pepper' en vinilo, con su cara A y su Cara B, y sus canciones de siempre, y no me lo imagino con dos canciones más o una de menos, con las maquetas al lado, con las canciones retocadas o en un orden distinto. Y hasta incluso, casi me repele que suene de manera distinta, por mucha que haya sido la mejoría de sonido de las recientes remasterizaciones. Sería como ver un cuadro con pinceladas añadidas o leer un libro con las tachaduras y correcciones del autor adjuntas. Es posible que entonces estemos en las mismas entrañas del autor y de su obra, pero, ya digo, no me entran muy bien este tipo de 'reediciones adornadas'. Manías personales, quizá. Otra cosa es cuando ese material se edita aparte, en disco de rarezas, caras B, ediciones exclusivas, restauraciones....

Digo esto porque este año se celebra el 20 aniversario de uno de los álbumes más notables del pop británico de finales de los 80, del debut de los mancunianos The Stone Roses. Una deliciosa rodaja de pop-rock, psicodelia y hippismo que me encantó en su momento, como a tanta gente más, y que sirvió de transición entre la explosión ochentera y el acid house y el brit pop de los noventa, con buenísimas canciones como 'I Wanna Be Adored', 'Don't Stop', Waterfall', 'Made Of Stone', 'This Is The One', 'I Am The Resurrection'... y, en realidad, las once, no en vano es uno  de los discos clave de la historia del pop, sin exagerar (los lectores del New Musical Express lo votaron en 2006 como el mejor disco británico de todos los tiempos).

Así que si en su momento ya se celebró el décimo aniversario y se han editado compilaciones a tutiplén, como para no celebrar el vigésimo a toda pompa: ni más ni menos que con una remesa titulada 'Legacy Edition' en la que va el CD acompañado de otro con quince maquetas y un DVD con un concierto y varios vídeos.

Abrumador. No creo que me haga con el paquete. No solo me conformo con las once canciones sino que no quiero más, ni sobrantes ni añadidas, ni vídeos ni conciertos, menos aún las maquetas. Quiero el disco tal y como lo conocí y disfruté en su momento. E incluso en vinilo, como fue el caso. Y lo mismo que con este álbum, con otras obras de arte.

Si encuentran nuevas canciones -como ahora, por ejemplo, va a ocurrir con Michael Jackson- o quieren vendernos las maquetas, o las piezas del disco en directo, o las juergas sonoras que se corrieron en el estudio sus artífices... pues que lo hagan en edición aparte. El original que no me lo toquen ni me lo adornen.

Otro día me extiendo sobre The Stone Roses, que escuchando de nuevo su glorioso primer álbum  me he quedado con la gana.

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