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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Esclavitudes mentales

En un pueblo del sureste de España, sus vecinos se polarizan en dos cofradías religiosas: morados y blancos. Durante el año, tira que te va, pero llegada la Semana Santa, guerra civil de túnicas, capirotes y pasos, y hasta familiares: los de un bando ni se hablan con los del otro, y hay riñas, peloteras y hasta divorcios. En política, militar en un partido es juntar las muñecas y que te las aten: preso del pensamiento emanado desde arriba. El que se mueve, lo dijo bien clarito Guerra, no sale en la foto. Y un hincha de un equipo, tiene la obligación de morir con ese equipo. No vale el espectáculo y menos el ajeno, solo ganar.

La esclavitud del cuerpo es terrible, y por ello pasó afortunadamente a la historia. La mental, sin embargo, sigue en pie. Basta afiliarse a una cofradía, a un partido político o hacerse de un equipo para que el horizonte se estreche, se jibarice la capacidad de discernimiento y la gente se divida. A o B.  Blanco o azul. De un lado o de otro. Siempre las sempiternas dos Españas.

La música no se queda fuera de estas divisiones, de estas posturas sectarias, más bien al contrario. Hay quien  adopta a un grupo o artista como favorito y lo iconiza con fe ciega hasta tal punto que lejos de ver a un individuo que crea arte ve a un sumo pontífice, enaltecido, infalible. Como dice mi buen amigo Miguel Mena en su último libro, "Piedad", gente que transforma el escenario en un altar. En el primer concierto de U2 en España, en el Bernabeu, un grupo de personas le zarandeó para que alzara los brazos y estuviera a la altura de su éxtasis. Son los fans radicales, los que no ven ni oyen más allá de lo que su "Dios" predica. Los hooligans, vaya, de la música. No hay que mirar muy lejos para darse cuenta de su existencia. En este mismo blog hay algún rastro que otro (échese un vistazo a la entrada de Bunbury).

Abomino de la política, el deporte o la música como religión. Jamás, aunque no se crea, he sido fan, ni menos aún hooligan, de nadie. Me considero 'melómano', aunque sea una palabra un tanto cursi y desteñida. Me gustan decenas y decenas de artistas y de músicas, del pop al rock, la clásica, el jazz... y hasta la zarzuela. Me emociono con ellas, me apasiono, lloro incluso con muchos de sus intérpretes. Pero nunca me postro de rodillas ni enjaulo mi cerebro por ninguno. Quiero decir que mi dieta de favoritos es altamente rica en calorías, propensa a la obesidad más grotesca, pero no de consumo permanente e inexcusable, ofrezcan lo que ofrezcan.

Cuando una canción, un disco, un concierto, un comentario, una actitud... de ese artista, que incluso me hace llorar, no está a la altura de lo que humildemente pienso que debe estar, lo manifiesto. O, al menos, no trago. Soy muy crítico. No quiero esposas mentales. Quiero ser libre para tomar mis propias decisiones, para elegir partido, músico, equipo o espectáculo cuando me apetezca e independientemente del color que lleve. También para ver más allá de las prédicas de ídolos, dioses e iconos ¿O no se puede vivir la vida -y por ende, la música- más sosegadamente, sin partidismos estrechos, sin esclavitudes mentales, sin fanatismos?

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