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SARAJEVO EN LA MEMORIA

Al periodista le pasa como al asesino: necesita volver al lugar del crimen aunque sea años después para cerciorarse de que no vivió un terrible sueño.

Fotografías: GERVASIO SÁNCHEZ

La guerra de Bosnia-Herzegovina es parte incuestionable de mi vida profesional y personal. He trabajado en decenas de escenarios bélicos en los últimos veinticinco años, pero pocos me han marcado tanto como los desastres ocurridos en el patio trasero de la Europa comunitaria.

Es raro el día que mi memoria no se detenga en aquel conflicto. Sigo soñando con los bombardeos continuos, viendo el miedo en los rostros de sus habitantes, recordando declaraciones pomposas y cínicas de políticos que han hecho sus supersónicas carreras al amparo de aquel matadero.

Allí aprendí que la guerra no se puede contar. Por mucho que apures el bolígrafo, agudices el ingenio o encuadres la realidad nunca conseguirás que el lector conciba la verdad de un conflicto armado. El horror es inimaginable para quien no lo ha vivido.

Fotografías: GERVASIO SÁNCHEZ

Dos millones y medio de habitantes (60% de la población total) tuvieron que abandonar sus casas víctimas de la limpieza étnica. La mitad sigue viviendo fuera de las fronteras de Bosnia-Herzegovina o mantiene el estatus de desplazado interno.

250.000 bosnios fueron asesinados o desaparecidos, de lo que 16.000 eran menores de edad. Sólo en Sarajevo murieron 1.601 niños. Hay más de 25.000 menores huérfanos de padre o madre en todo el país.

Fotografías: GERVASIO SÁNCHEZ

Los más optimistas afirman que la ciudad no ha perdido su espíritu cosmopolita mientras los pesimistas creen que se ha disuelto en el desamparo de la posguerra. Pero casi todos claman contra los europeos: “Nos traicionaron durante la guerra y nos han abandonado después de los acuerdos de paz”.

Hay algo que han hecho todos los ciudadanos: arreglar sus tumbas. Durante la guerra los entierros eran cortos y peligrosos. Los artilleros disparaban contra los cementerios. Los muertos eran enterrados en fosas uniformes. Una pequeña estela de madera con el nombre, el año de nacimiento y de la muerte de la víctima señalaba el lugar exacto. Las tumbas se cubrían de nieve durante los terribles inviernos. Nunca había flores.

Fotografías: GERVASIO SÁNCHEZ

Elijo a Nalena Skorupan como símbolo de la tragedia. Su casa recibió el día de Reyes de 1994 un regalo envenenado en forma de proyectil que decapitó a su tía y le produjo serias heridas en el rostro. Aunque sólo tenía dos meses de vida, no era la primera vez que la muerte la visitaba: su padre murió sin conocerla mientras combatía en uno de los frentes de la ciudad. Quizá por eso Nalena renunció a la vida dos días después del ataque. Su tumba está cubierta por un bancal de cemento y es tan pequeña como era su cuerpo.

Aunque no soy culpable es difícil de explicar mi convulsión interna. Sé quiénes fueron los principales culpables: los que ordenaron matar y hacer desaparecer a centenares de miles de seres humanos, los que cavaron tumbas en lugares desconocidos. Pero en esta clasificación también incluyo a los responsables políticos europeos de la época. Siento rabia cuando hoy los veo ocupar puestos específicos en el escalafón y justificar su incapacidad (o quizá su decisión) para detener a los principales criminales.

Fotografías: GERVASIO SÁNCHEZ

Sé que uno de los vicios principales de nuestro tiempo es obviar el pasado, rehabilitar las biografías de los prohombres y convertir el mundo en un estercolero declarativo. Sé que hemos claudicado ante la verdad y que las víctimas son condenadas al ostracismo guerra tras guerra. Sé que ninguna historia inventada será capaz nunca de superar la atroz realidad. Sé dónde reside el dolor permanente. Sé que todavía hay centenares de tumbas sin abrir. Sé qué ocurre cada 11 de julio en el cementerio de Potocari cuando miles de mujeres, hombres y niños se reúnen para enterrar a los últimos identificados de Srebrenica. Sé que los huesos de miles de bosnios sin identificar lloran en bolsas de plástico que se agolpan en frigoríficos gigantescos en Tutzla. Sé porque lo he visto con mis propios ojos demasiadas veces. Sé porque quiero saber. Porque la memoria y la conciencia son lo único que me quedan ante la ignominia y la mentira. Ambas heridas pero vivas.

*Estracto del libro “El últimopo asedio: Sarajevo 1992-2008” publicado por la Editorial Blume (www.blume.net) A partir de hoy se puede visitar la exposición de fotografías en el Centro de Historia.

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