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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

GOYA, EL ARTISTA Y EL COMPROMISO

Lo que más me impresiona de Goya es su compromiso ético. Lo tenía todo a su favor para haber vivido una vejez gloriosa, mostrándose pusilánime ante el poder de cada época, guardando pleitesía a los invasores franceses, a los monárquicos absolutistas o a los constitucionalistas de Riego.

De hecho, juró fidelidad a José Bonaparte en 1808 y éste le concedió la Orden Real de España en 1811, siguió pintando a Fernando VII a su vuelta del exilio y mantuvo buenas relaciones con la corte de Madrid hasta conseguir su jubilación como pintor de cámara dos años antes de su muerte. Lo hizo de puertas para afuera como si quisiera protegerse de cualquier atropello o persecución.

Los fantasmas de la guerra se instalaron en su vida para siempre a partir de 1808. Es como si de día pintase los cuadros de encargo y de noche buceara en busca de respuestas para paliar el dolor provocado por la guerra de la que era testigo.

Es posible que Goya llegase con muchos decenios de anticipación a la misma conclusión que el sociólogo francés Emile Durkheim: la guerra es una orgía de violencia que puede convertir a cualquier ser humano en perpetrador de crímenes horrendos. Que el Hombre ha hecho del culto a la muerte su único camino para la supervivencia y que si, creemos al historiador de EE.UU. Will Durant, la humanidad sólo se ha desembarazado completamente de la guerra durante 29 años de su larga y execrable historia.

“Aunque Goya tenía más de sesenta años cuando se inició la guerra de Independencia en 1808, o sea era demasiado viejo para convertirse en un corresponsal de guerra y demasiado sordo para oír los disparos”, como ha escrito el crítico de arte australiano Robert Hughes, se las apañó para ver con sus propios ojos los sacrificios espantosos que requiere cualquier conflicto y se enzarzó en una violenta lucha interna para mostrar con una fuerza descomunal sus consecuencias más trágicas.

Ernesto Sábato dice en su libro de memorias Antes del fin que “el escritor debe ser testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad y levantarse contra todo oficialismo”. Palabras que parecen que se las lleven el viento cuando se observa la rutina con que la mayoría de nuestros escritores e intelectuales analizan la realidad que les circundan, casi todos provistos de máscaras antigás que les protege del dolor y el olor de las víctimas de tantas guerras olvidadas.

Ante el sufrimiento congoleño, silencio. Ante el sufrimiento palestino, silencio. Ante el sufrimiento afgano, silencio. Ante el sufrimiento somalí, silencio. Si no es moda, contra la guerra, silencio. Contra el dolor, silencio. Contra la venta de armas, silencio. Sólo se escribe sobre lo que se genera desde el poder, apenas sobre algún conflicto mediático y con las palabras políticamente correctas. Siempre evitando que un grito tempestuoso pueda dañar una candidatura literaria, pictórica o cinematográfica.

Ya ocurrió durante la guerra de Bosnia-Herzegovina o la tragedia de Ruanda en los años noventa. Susan Sontag nos contó al gran periodista Alfonso Armada y a mí en pleno cerco de Sarajevo que intentó por todos los medios que otros escritores e intelectuales fuesen como ella a la capital bosnia para denunciar su calvario diario. Pero sólo dos reaccionaron a sus palabras: el español Juan Goytisolo, “un amigo del corazón al que admiro mucho”, y la fotógrafa Annie Leibowitz. Nos dijo con tristeza: “Podría dar la larga lista de los famosos escritores con los que hablé. Algunos me dijeron: “Oh, es peligroso” o “Tú te has vuelto loca” o “Es muy triste”. Estaba claro que sentía nauseas ante aquella actitud generalizada.

Ante la pasividad y el silencio de los intelectuales actuales, el compromiso de Goya con su época me emociona aún más. Creo que sólo un hombre desgarrado por el sufrimiento que presenció con sus propios ojos (Yo lo vi se titula otro de sus grabados sobre la guerra) pudo llegar a realizar tantas obras cumbres en la última fase de su vida.

Comenzó a grabar Los Desastres de la Guerra con 64 años, pintó dos de sus mejores obras, La Carga de los Mamelucos y Los fusilamientos del tres de mayo con 68 años, sufrió un proceso de la Inquisición por las Majas con 69 años y derrochó toda su maestría en las llamadas pinturas negras cuando ya había superado los 75 años.

Goya no publicó Los Desastres de la Guerra ni siquiera los tituló de esa manera. El pintor, al parecer, sólo realizó un juego completo que regaló a su amigo Ceán Bermúdez y tituló con una buena caligrafía: Fatales consecuencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte. Y otros caprichos enfáticos, en 80 estampas, que hoy se encuentra en el British Museum de Londres. Sólo algunos amigos de confianza pudieron ver su trabajo y posiblemente convencieron a Goya de la inutilidad de su publicación en tiempos tan amargos y peligrosos.

Tuvo que pasar más de medio siglo para que la Academia de Bellas Artes de San Fernando adquiriese las planchas y decidiera publicar en 1863 la primera edición bajo el título de Los Desastres de la Guerra. Y, por fin en 1957 pudieron verse juntos los 82 grabados originales.

En su excelente libro El sentido de la vista, el escritor John Berger afirma que Goya “se identificaba en conciencia con las víctimas, pero para su horror y desesperación, también se reconocía potencialmente en la personalidad de los torturadores”. En una entrevista realizada por Mariano García y publicada en Heraldo de Aragón en octubre de 1996, Berger reafirmó el legado del pintor aragonés: “Todo lo que pasa actualmente en el mundo ya fue descrito en imágenes por Goya”.

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