Fiestas del Pilar
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La otra vida de las torres del Pilar

Albergaron en tiempos viviendas de las que queda el hueco y los recuerdos del capellán, el último inquilino

Imagen de las torres del Pilar de 1961 cuando se inauguraron las dos que miran al Ebro.
Imagen de las torres del Pilar de 1961 cuando se inauguraron las dos que miran al Ebro.
HERALDO

Si algo define la estampa de Zaragoza son las torres del Pilar. Son cuatro de 93 metros de altura, levantadas en siglos diferentes. En 1683 comenzó a construirse la más antigua, la de Santiago (se termina en 1715 pero sin el chapitel verde, de Averly, que no se añadió hasta 1892. Después se alzaría la de Nuestra Señora del Pilar iniciada en 1903 y concluida en 1907 y las últimas, las que miran al Ebro, construidas por Miguel Navarro y su hijo, y que se inauguraron en 1959 y 1961. Con 11.500 toneladas cada una, fueron el regalo a la basílica de Francisco Urzáiz y su esposa Leonor Sala. El matrimonio, al cumplir en 1946 sus bodas de oro, decidió honrar al templo proyectando su imagen hacia el río e inmortalizando esa fotografía universal que está en la retina de todos. En pago a la generosidad de los esposos se dio a las torres el nombre de San Francisco de Borja y de Santa Leonor.

26 de noviembre de 1961. La reina de las fiestas, señorita Cano, besa a doña Leonor Sala, viuda de Urzáiz, en la inauguración de las dos nuevas torres construidas gracias a su patrocinio. ha
26 de noviembre de 1961. La reina de las fiestas, señorita Cano, besa a doña Leonor Sala, viuda de Urzáiz, en la inauguración de las dos nuevas torres construidas gracias a su patrocinio. ha
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Por pocos es conocida la juventud de estas dos torres que miran al río, pero menos aún saben que en otro tiempo las cuatro albergaron viviendas. Situadas en el arranque de las torres, estuvieron habitadas hasta casi los años 70, cuando se marchó el último inquilino, el capellán del Pilar José María Bordetas. "Mi familia fue la última que se marchó en abril de 1969", recuerda. "La vida de las familias que vivían en el Pilar estaba supeditada al ritmo de los cultos". De su infancia, recuerda que si bajaba alguna vez por la noche a la catedral era para ayudar a su padre con la limpieza de la capilla de la Virgen o para hacerle compañía, y que a veces se encontraba al hijo del vigilante nocturno.

"Las viviendas tenían una sala de estar con alcobas alrededor y una cocina", recuerda. "Nuestro horario estaba condicionado al de la basílica. Cuando cerraba sus puertas, las familias teníamos que estar dentro". La casa en la que él vivió estaba encima del atrio de la entrada principal y se accedía por la torre más cercana al Ayuntamiento. Había varias viviendas más, rememora, en la otra torre que da a la plaza y en las de la ribera (una de ellas alberga ahora el ascensor). Flanqueando la basílica, había unas cinco viviendas, recuerda Bordetas, y aún se ven pequeñas ventanas hacia el interior del templo que se utilizaban para avisar de cualquier emergencia.

Ya un reportaje de HERALDO del 11 de octubre de 1931 mencionaba dichas viviendas. "Se yerguen sobre los ángulos de la fábrica pilarista: unos pisitos que si no son todo lo confortables que sus moradores quisieran, tienen el privilegio de disfrutar por casera nada menos que de la Virgen", decía la crónica. En ellas residían el que guardaba las llaves de la catedral, el vigilante nocturno, el campanero y el capellán de la Virgen, cuya vivienda estaba encima de la sacristía. Eran los "guardianes del templo".

Los huecos aún permanecen, reconoce Bordetas, nacido en 1936 y que lleva 60 años de capellán en la basílica, pero es imposible que puedan cumplir la misión de entonces. «La vida ha evolucionado y cuando el campanero y los vigilantes dejaron de tener su función, las viviendas también». En aquellos años, dice, «no era extraño que sacristanes y servidores de la Iglesia vivieran en dependencias del Pilar, igual que en la Seo». De si su vida sería otra de no haber vivido desde pequeño en el Pilar, dice: "la Virgen me quería aquí".

La capilla de la Virgen

Para el capellán José María Bordetas solo se ama lo que se conoce y, después de toda una vida dedicada a la Virgen, lamenta lo poco que las nuevas generaciones saben del Pilar. "Todo gira en torno a la columna de la Virgen. Para guardarla se fue construyendo una catedral cada vez más grande".

La ofrenda de Telégrafos

 La torre de Nuestra Señora del Pilar luce un reloj y un carrillón ofrendados en 1951 por el Cuerpo de Telégrafos. Estos profesionales han contribuido a exaltar la tradición mariana de Zaragoza con peregrinaciones a la basílica, como la que narra el HERALDO del 31 diciembre de 1940. 

Las vistas

El visitante solo tiene acceso a una de las torres a través del ascensor panorámico instalado en la de San Francisco de Borja. En las que dan a la plaza están las campanas. La mayor de ellas pertenecía a la desaparecida Torre Nueva. Es de 1866, pesa 3 toneladas y tiene nombre compuesto: ‘Pilar Jacoba Bárbara’. 

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