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Javier Melloni: “La religión y la ciencia van hacia el mismo lugar, la realidad”

El antropólogo y teólogo Javier Melloni lleva en la Compañía de Jesús desde los 18 años, y dio recientemente una charla en el Centro Pignatelli de Zaragoza

El teólogo y jesuita barcelonés Javier Melloni, en el Centro Pignatelli de Zaragoza.
El teólogo y jesuita barcelonés Javier Melloni, en el Centro Pignatelli de Zaragoza.
Francisco Jiménez

Usted vino a Zaragoza a hablar de ciencia y religión. ¿Hasta que punto pueden o deben convivir?

Están conviviendo cada vez más. La ciencia está tocando el infinito; es verdad que en muchos casos se ha hecho una lectura muy simple de la Biblia, interpretaciones literales de pasajes que eran simbólicos, y en esos casos nos hemos disputado tontamente el territorio unos y otros, pero cuando se aplica el factor de la profundidad, la religión y la ciencia van hacia el mismo lugar, la realidad. Ambos la buscamos, empedernidamente, cada uno a su modo, con sus ermenéuticas y aproximaciones. Estamos en un momento en el que la mística no solo es un lujo, sino una necesidad. Hemos saturado nuestros ámbitos de conocimiento, las claves que manejamos.

La pandemia ha sido objeto y sujeto de este pulso. ¿Hemos salido mejores y más sabios de esta circunstancia?

Nos ha puesto en la evidencia de que si el ser humano no se conoce a sí mismo, queda a merced de fuerzas oscuras, exteriores o interiores. La pandemia nos ha aclarado la importancia de conocer nuestro mundo interior, y también ha puesto en evidencia lo difícil que es conocerlo. El silencio puede tener un ruido tremendo, sobre todo cuando se detiene el ruido exterior, y eso nos pasó en el confinamiento. Todas las decisiones espirituales se encaminan a silenciar los ruidos internos, para alcanzar un lugar más hondo, pero es preciso atravesar todas nuestras turbulencias internas primero.

"Todas las decisiones espirituales se encaminan a silenciar los ruidos interno"

No hay tren rápido que valga en ese viaje interno, ¿entonces?

Santa Teresa ya dijo que tenemos muchas estancias en nuestro interior; para llegar al núcleo incandescente de nuestro ser, al lugar de luz que atesoramos y en el que ya no hay ruido, tenemos que pasar por las cámaras en las que residen nuestros dragones, lo que hemos acumulado en la vida y no aceptamos, energías y emociones retenidas; no hay que matar a los dragones, sino domesticarlos y salir cabalgando con ellos. Dante también bajó a los infiernos, y en el último círculo tenía la puerta para iniciar el ascenso, la vuelta a la vida. Solo llegando al corazón de nuestra oscuridad podemos atravesarla, con coraje y confianza; No estamos solos, nos sostiene una presencia infinita que los creyentes llamamos Dios, y los otros de otra manera.

Al creer en esa presencia, entonces, se sostiene lo que nos sostiene.

Exacto. Somos cocreadores de nosotros mismos e, incluso, cocreadores con Dios. Dios nos hace a imagen y semejanza suya; por lo tanto, cuando nos mira, se ve a sí mismo, y cuando le miramos, nos vemos a nosotros mismos.

Estas frases le hubieran costado la hoguera en otros tiempos.

Sí, lo sé, pero hemos avanzado. El hecho es que Dios es un qué y un quién al mismo tiempo. Quizá hemos antropomorfizado demasiado a Dios. Las religiones no tienen la fuerza de antaño, incluyendo al cristianismo, pero el ateísmo en sí mismo conduce a un abismo. Sí hay un resurgimiento espiritual, aunque no sea necesariamente religioso; cada vez es más patente que si se olvida esta dimensión, acabamos animalizados o robotizados. Nuestra sociedad elude la dificultad; no es que haya que exaltar el sufrimiento, pero hallarnos en situaciones duras nos permite trascender. Rendición es una palabra muy bonita, pero no hay que asociarla con la idea de claudicación. En la Compañía de Jesús estamos en año ignaciano, celebrando la fecundidad de una herida; para Íñigo López de Loyola, el fracaso como soldado por la bomba que lo dejó cojo fue su oportunidad para cambiar su vida.

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¿Una moraleja para cerrar la reflexión?

Raimon Panikkar tiene una expresión extraordinaria. “Hay que poder reconocer la verdad que hay en toda mentira y la mentira que hay en toda verdad”. A mí me da serenidad.

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