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Aragón, de puertas adentro en pandemia

Familia Bagüés Zabal, 4 generaciones en 70 metros cuadrados: "A veces es una locura vivir aquí"

La pandemia les pilló bajo un mismo techo por accidente, aunque ahora hayan decidido quedarse juntas “hasta que pase la tormenta”.

Lola Bagués y su familia, en su piso de Valdespartera, haciendo ejercicio en el salón.
Lola Bagués y su familia, en su piso de Valdespartera, haciendo ejercicio en el salón.
FRANCISCO JIMENEZ PHOTOGRAPHY

En la avenida Un americano en París de Valdespartera reside la familia Bagüés Zabal, integrada por la bisabuela Carmen Zabal (62), su hija Lola Bagüés (44), los dos hijos de ésta; María Bagüés (21) y Xavi Amores (10) y la pequeña Zaida Fernández (2), hija de María. Se trata de un hogar de 70 metros cuadrados en el que conviven cuatro generaciones y en el que la organización y la coordinación de los miembros de esta familia se ha convertido en la clave de la convivencia.

“A veces es una locura vivir aquí”, reconoce Xavi, en un alarde de sinceridad. Sin embargo, el hombre de la casa reconoce que es muy afortunado. “Mi hermana me ayuda siempre con los deberes, aunque yo a veces no los hago tan bien como debería”, admite. Y es que, el cambio en cuanto a la estructura de las clases, también para los más pequeños, ha sido “una auténtico desafío”, como explica la madre de ambos, Lola.

Tanto ella como su hija son dependientas en dos tiendas de la panadería El Gallego, ambas ubicadas en el barrio. “Y menos mal, porque nos levantamos a las 5.00 de la mañana para ir a trabajar”, afirma la zaragozana. Por eso, el papel de Carmen, la bisabuela y peluquera jubilada, ha sido -y sigue siendo- fundamental en el seno de esta familia. “Soy una bisabuela joven. Cuando voy a la guardería nadie se cree que sea bisabuela a mi edad”, afirma. Y es que en esta familia, la tendencia ha sido la de ser madres jóvenes: “Yo lo fui con 18, mi hija tuvo a Xavi con 23 y mi nieta a los 18 también”.

Llegaron al barrio en enero de 2009. En septiembre de 2019, tras la separación de su hija, se trasladó Carmen a la casa para echar una mano y en marzo de 2020, tras su separación, llegarían María y Zaida. “Quién me iba a decir la que se nos iba a venir encima”, explica María, en la terraza de la casa, con su hija en brazos. “Lo de la pandemia no lo habría imaginado nadie en su vida”, añade.

Así que, lo que en un principio surgió como una solución habitacional temporal, se acabo convirtiendo en la única alternativa factible: convivir cinco personas en 74 metros cuadrados, con tres habitaciones. “En dos de ellas tenemos dos camas nido, y nos vamos turnando cada noche para dormir en un sitio o en otro”, explica Lola, algo que todavía se puede hacer “al menos mientras estos dos sigan siendo pequeños”.

“Para mí es muy divertido que vivamos todos juntos. A veces es un poco estresante… pero al final siempre nos acabamos apañando bastante bien”, admite Carmen. Cuando su hija y su nieta se van a trabajar, ella se encarga de levantar a los pequeños de la casa, preparar el desayuno y llevar a Xavi al colegio y a Zaida, a la guardería. “El resto del día preparo la comida y me quedo haciendo cosas en casa hasta que vienen”, explica.

La pandemia cambió por completo sus planes de vida. “Nosotras tuvimos que trabajar todo el tiempo como servicio esencia. Eso nos permitió mantener algo las rutinas, pero pasarlo muy mal por el miedo a contagiarnos y traer el bicho a casa”, admite Lola, que reconoce que durante las primeras semanas montaron un dispositivo de desinfección al llegar a casa del que aún hoy se sorprenden. “Durante las primeras semanas la gente compraba pan como si el mundo se fuera a acabar ese mismo día. Han sido momentos de mucho estrés. Aún hoy no doy crédito a todo lo que hemos vivido”, añade.

Los más esenciales, los más vulnerables

“Mucha gente decía que la pandemia había sacado lo mejor de cada uno… pero nosotras hemos vivido más bien lo contrario. El miedo ha provocado estrés, egoísmo y situaciones muy duras que hemos vivido algunos colectivos”, confiesa. Había algunos días en los que, a las dos horas de abrir la panadería, se habían quedado sin género. “Una locura”, espeta su hija.

Y es que, en su opinión, han sido los colectivos más esenciales los más vulnerables durante la pandemia. Una realidad que ha permanecido invisibilizada. “Al principio parecíamos héroes para ahora volver a no ser nadie. Se ha reconocido al sector sanitario, a los cuerpos y fuerzas de seguridad. ¿Qué pasa con nosotros? Para las vacunas ya no somos tan importantes”, critica la zaragozana.

Por el contrario, reconocen que tanto tiempo encerrados en casa provocó algo completamente inusual en esta familia: de pronto, comenzaron a hacer cosas todos juntos. “Creo que eso ha sido lo mejor de la situación que nos ha tocado vivir. En general, hemos empezado a valorar algunas cosas para las que antes no tenías tiempo ni te parabas a pensar”, admite María. ¿Por ejemplo? Pasar una tarde jugando a las cartas o disfrutar de sus sesiones de deporte en el salón. Eso sí, cada uno a su ritmo.

“También salíamos todos los días a aplaudir a las 20.00, aunque la pequeña cuando salía a la terraza ya no quería volver dentro”, rememoran. “Es cierto que al ser tan pequeña no se habrá enterado de mucho, ya verás cuando se lo contemos…”, añade Lola.

Volver a lo de antes

En su caso, reconocen que las reuniones, las comidas con los primos y las quedadas con el resto de la familia forman parte de su manera de entender la vida. “Llevamos un año y pico sin celebrar la cena de los primos. ¡Un año! Y la última vez acabamos en el Casco Viejo de fiesta todos juntos… no me puedo creer que eso ya no pueda pasar hasta quién sabe cuándo”, admite la zaragozana. Su madre, Carmen, reconoce que lo que más echa en falta es ver al resto de la familia: “Nos veíamos por videollamada, como todo el mundo. Pero no es lo mismo”.

Y eso que su otro hijo, Sergio, hermano de Lola, vive en su mismo barrio. “No poder verte viviendo en la misma ciudad… es que si lo piensas es muy fuerte”, afirman, consternadas. “La vida ha cambiado tanto que ahora no puedes disfrutar de las cosas como antes, nos han quitado muchas libertades, pero no queda otra que adaptarse y seguir adelante”, afirma María. “A veces pienso que esto no se va a acabar nunca y me agobio… ojalá con las vacunas cambie la situación y podamos vivir pronto algo parecido a lo que teníamos antes”, concluye.

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