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Ruinas y división de opiniones en el adiós al Lestonnac

Avanzan las obras para despejar la parcela que durante décadas ocupó el colegio y dejar paso a un supermercado con el que no todos los vecinos de Torrero están conformes.

Un vecino observa el transcurso de los trabajos de demolición del antiguo colegio Lestonnac.
Un vecino observa el transcurso de los trabajos de demolición del antiguo colegio Lestonnac.
Guillermo Mestre

Primero fueron los libros, las pizarras y el mobiliario escolar y ahora son los muros del colegio Lestonnac, que en su día albergaron aulas con niños que hoy pagan facturas, los que desaparecen. Los trabajos para echar abajo el edificio están evolucionando a buen ritmo y Torrero se debe despedir para siempre del que durante mucho tiempo fue un emblema para el barrio. El terreno que dejará vacío no lo estará por mucho tiempo y, en unos ocho meses, las ventanas de las viviendas situadas en frente mostrarán un panorama muy distinto: el antiguo centro educativo dejará paso a una superficie comercial que no todos los vecinos esperan con las mismas ganas.

Las opiniones están divididas entre quienes recibirán con los brazos abiertos la llegada del supermercado y los que se muestran preocupados por las consecuencias negativas que consideran que podría acarrear en el día a día de la zona.

Miguel Ángel y José, que a media mañana observaban la evolución de las obras, forman parte del primer grupo. Mientras miraban cómo una gran grúa iba poco a poco convirtiendo el edificio en escombros, que unos cuantos obreros se afanaban en recoger y trasladar a un contenedor situado en la calle anexa, aseguraron sentirse "encantados" con la construcción del nuevo comercio ya que ahora tienen que ir a comprar el pan a la avenida de América. Un paseo no excesivamente largo, pero que para buena parte de la envejecida población que compone el barrio puede suponer un gran obstáculo.

Eso mismo dijo otro vecino que prefirió no dar su nombre y que, mientras paseaba a su perro, aprovechó para sumarse a la conversación de los dos primeros. No obstante, también fue algo más crítico, y mostró su indignación ante quienes se posicionan en contra de la apertura del establecimiento, que ocupará unos 2.000 metros cuadrados y contará con su correspondiente aparcamiento. "Es una vergüenza que se arroguen la representatividad de los vecinos mayores del barrio gente que no lo son", sentenció.

Los que en su momento mostraron una firme oposición fueron las asociaciones vecinales Venecia-Montes de Torrero, La Paz y la asociación cultural El Cantero, que presentaron alegaciones contra la licencia de obra y urbanística que se tramitó ante el Ayuntamiento de Zaragoza, porque no querían que el terreno pasase a ser de uso educativo a comercial, sino que apostaban por que sirviese para un proyecto social, como un centro de día.

Ahora, con esta batalla perdida, luchan para que las afecciones generadas por las obras sean las menores posibles y, de cara a la llegada del supermercado, piden que el tránsito diario de vehículos no estropee la calidad vida del vecindario y se muestran preocupados por los efectos que puede tener en el comercio de proximidad. "El pequeño comercio ya ha ido desapareciendo a causa de Puerto Venecia, y creemos que no hacen falta más grandes superficies", alegó Montse Ponz, de El Cantero.

En una reunión celebrada en octubre, las organizaciones trasladaron sus quejas y peticiones al concejal de Urbanismo, Víctor Serrano. Entre otras cuestiones, solicitan que el vial de acceso que ya se está construyendo desde la ronda de la Hispanidad no sirva para llegar al centro del barrio. Aunque este encuentro parece que dio resultados prometedores, las asociaciones organizaron el jueves una asamblea en la que contrastaron opiniones y debatieron la posibilidad de llevar a cabo alguna concentración para visibilizar las reivindicaciones. Piden también que se habiliten nuevas zonas de aparcamiento pues, explicó Ponz, con las obras ya se han perdido unas 100, que se mejore y cuide el estado de los pinares y que se elabore un proyecto de mejora del comercio de proximidad.

En esto se mostró de acuerdo Cristina, una joven de 23 años natural del barrio y que comprende los puntos de vista de todos los vecinos. "Yo haré allí las compras grandes –contó–, pero seguiré comprando lo de cada día en los negocios de siempre, porque está claro que les va a afectar".

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