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Gregoria Recio, la sombrerera zaragozana que triunfa en Francia

En 1988, hace más de tres décadas, abrió su primer ‘atelier’ en Ginebra. Hoy cuenta con una larga trayectoria en el mundo de la escena y el cine.

Gregoria Recio en su taller (1)
Gregoria Recio, en su taller
Heraldo

Hace tan solo unos días llegaba a la redacción de HERALDO DE ARAGÓN una carta firmada por un vecino de Zaragoza, José Recio Buil, en la que contaba la historia de su hija, Gregoria Recio. ‘Mañica’ de nacimiento, cuando contaba con apenas tres años de edad se mudó junto a su familia a Suiza. “Cuando nació, en 1958, vivíamos en el pasaje del Vado, en el barrio Jesús”, recuerda su padre. “Siempre ha sido una chica inteligente, estudiosa y muy sensible, pero le costó llegar a este oficio que hoy se ha convertido en su gran pasión”, añade. En su mirada, se reconoce la profunda admiración que siente por su hija, una de las pocas ‘modistes’, o lo que es lo mismo, sombrereras, que existen en Francia; en su caso especializada en cine, teatro y espectáculos,

A lo largo de su vida, Gregoria ha sido enfermera, librera, taxidermista… hasta que en 1984, mientras se despertaba en ella una imperiosa curiosidad por el mundo de los sombreros, le contaron que no quedaban libros sobre la materia en la biblioteca de Ginebra porque el Museo de Etnografía de Génova preparaba la exposición ‘Modiste. Portrait d’un métier de femme’ –‘Sombrerera. Retrato de una profesión de mujer’-.

Me reuní con el director de la biblioteca y me ofreció trabajar durante tres meses como asistente en la exposición que contaba la historia de este oficio durante los últimos 150 años a través de más de 300 sombreros de época”, recuerda, al tiempo que reconoce que fue una forma de acceder a la profesión “muy particular”.

Sombrero de Gregoria Recio
Algunos de los sombreros realizados por Gregoria Recio
Heraldo

Recio comenzó a buscar sombrereros en Ginebra, y se dio cuenta de la enorme ruptura que se había producido en esta profesión artesana en los últimos años. “Durante un tiempo no di con ninguna ‘modiste’ que accediera a enseñarme el oficio, hasta que finalmente di con una mujer, la señorita Morin, de 75 años, que me permitió conocer desde dentro este trabajo durante más de un año”, explica.

Recio permaneció tres años de formación como aprendiza en ‘Augusta Modes’ en Lausanne, a 60 kilómetros de Ginebra: “Allí logré el diploma oficial y aprendí todo lo que necesitaba sobre sombrerería de alta costura”. Finalmente, cuando tenía 30 años, allá por 1988, abrió su primer taller en la misma ciudad. Pronto, y casi por casualidad, el mundo de la moda le llevó a los escenarios, el teatro y la ópera.

“Empecé con el sombrero de moda –desfilando con marcas de la talla de Chanel o Givenchy- y de calle, y poco a poco fui dando el salto al de escena porque había una gran demanda en Suiza y no existían profesionales especializadas”, explica Recio. Además, durante 15 años trabajó para varias películas de cine, vistiendo las cabezas de personajes de conocidas cintas como ‘Bandidas’, con Penelope Cruz y Salma Hayek; así como ‘Lucky Luke’, ‘Astérix aus Jeux Olympiques’ o ‘Paris je t´aime’, entre otras. Así fue, al menos, hasta que llegó la crisis que afectó profundamente a su trabajo. "Las productoras comenzaron a encargar estos trabajos a países en los que les salía mucho más barato", añade.

Actualmente, la sombrerera ha trasladado su taller a Francia, en concreto a Foix, donde reside junto a su marido y su hija de 11 años. “Hoy en día existen muy pocos profesionales que conozcan los procesos de antaño, y en general, hay muy poca formación y técnica. Para dedicarse al mundo del espectáculo, que es muy exigente, no vale cualquier cosa”, destaca Recio. Cada una de estas piezas puede conllevar varias semanas de trabajo. “El precio oscila entre los 400 euros hasta los 4.000 según el tiempo de investigación, costura y los materiales”, explica.

La profesión hoy

En estos momentos, Recio se encuentra inmersa en varios proyectos cinematográficos y de espectáculos, sobre todo para el parque temático ‘Puy du Fou’: “En estos lugares te piden cosas muy especiales, como sombreros de grandes dimensiones, que estén iluminados o que puedan salir del agua. También deben aguantar las inclemencias naturales en los distintos espectáculos al aire libre”. Algo que, para ella, supone un reto continuo que desarrolla invirtiendo horas y horas en su taller de moda.

Hoy en día, la zaragozana cuenta con un ‘atelier’ que da trabajo a cuatro personas, plantilla que se duplica cuando llegan temporadas de mayor actividad. Sin embargo, es muy consciente que su forma de llegar al mundo del sombrero jamás se podría volver a repetir. “Hoy el oficio se transmite de manera muy distinta y se trata de una profesión que muy pocos profesionales pueden ejercer en exclusiva”, asume.

En cuanto a su relación con la capital aragonesa, aunque reconoce que son pocos los recuerdos que guarda de Zaragoza, entre ellos se encuentran sus visitas al Pilar junto a su hermana y su abuelo. “Íbamos cada día y tengo algunas fotografías de la época, pero tengo tanto trabajo que no puedo ir lo que me gustaría”, lamenta.

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