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Zaragoza

El monasterio que crea el silencio en el centro de Zaragoza

Es mudéjar, aunque tiene detalles islámicos, románicos y barrocos. Ha experimentado diversas reformas, pero las canonesas han mantenido el encanto de cuando se construyó hace siete siglos.

El monasterio que crea el silencio en el centro de Zaragoza
El monasterio que crea el silencio en el centro de Zaragoza

Frenazos, gritos, obras o bocinazos dirigen la sinfonía de Zaragoza. Estos acordes se intensifican cuando cualquiera se adentra en el centro de la ciudad. Sin embargo, hay un lugar en pleno barrio de la Magdalena, en la calle de Don Teobaldo, que es una verdadera cápsula de silencio: el Monasterio de Resurrección. “La mayoría de las órdenes buscaban el aislamiento de las ciudades y pueblos. Se refugiaban en el campo para encontrar su tranquilidad, como el de Piedra, el de Rueda o el de Veruela. Las canonesas se instalaron dentro de la muralla de Zaragoza para estar abiertas a la ciudad, para mantener el contacto con la gente”, explica Vicente Gómez, restaurador de arte que conoce cada rincón de este monasterio.

En la actualidad se mantiene esa cercanía y también la paz, idónea para el retiro. El ruido no llega, pero la primavera ha dado sus frutos en este oasis. Una alta palmera preside el claustro de las canonesas y le hace sombra a un pequeño olivo. Gómez indica que en este monasterio el claustro era zona de vida cotidiana y también tenía su contenido litúrgico. “Estos porches son como el pasillo de una casa, pero también se hacen procesiones o momentos de oración”, agrega.

Mirar hacia arriba se convierte en un juego para encontrar liebres, lobos y dragones pintados. Unos tonos que han sobrevivido unos siete siglos, como también lo han hecho en los capiteles de las columnas. Allí están representados tres elementos heráldicos: la luna de don Lope Fernández de Luna –arzobispo de Zaragoza-, la cruz de dos ramas en color rojo -característico del Santo Sepulcro- y las barras rojas y amarillas de los Reyes de Aragón. El único sonido que rompe el mutismo en esta joya del siglo XIV es el piar de los pájaros. Ese y el chirrido de la puerta del refectorio.

Los rayos de sol dibujan sombras en la planta rectangular de este antiguo comedor y, aunque en la actualidad no tenga función, la mesa siempre está puesta. Platos y jarras dan la bienvenida. Esta estancia es una caja de sorpresas. “En una reforma cayó una losa de la pared y debajo descubrimos unas pinturas, detalles que creemos que pueden estar en todo el refectorio”, explica la canonesa Isabel Carretero. En el extremo opuesto se abre un pequeño hueco en la pared que también se descubrió en las mismas obras. “Eso es la escalera que subía al púlpito, desde donde una hermana leía mientras el resto de la comunidad comía”, añade Vicente. Comedor en otra época y sala de concierto ahora. “El mes pasado celebramos una audición aquí y tocaron música del XIV, XV y XVI con este organillo”, comenta la hermana. Se trata de un organillo portátil que antaño se podría utilizar en procesiones.

Detrás de este instrumento del siglo XVI una puerta da acceso a un callejón del tiempo. A un lado se descubre la muralla romana y al otro los contrafuertes del monasterio, que es mudéjar. Es una frontera de arte que hizo las veces de pasillo en dirección a la cocina. Hace siglos que no se encienden esos fogones, pero las paredes quemadas y los sarmientos preparados dibujan en la imaginación a las monjas cocinando sus mejores recetas.

Refectorio, cocina y también sala capitular. Bajo una de las esquinas del claustro están enterradas todas las canonesas que allí han vivido. Precisamente por esa zona se llega a la sala capitular. Allí se vela a un Cristo yacente policromado que solo ha salido del monasterio en una ocasión, en 1999 para ser expuesto. En las cuatro esquinas hay columnas de características islámicas y con inscripciones en árabe, posiblemente, procedentes de la Mezquita Mayor, la Seo. Si me mira hacia arriba se descubre el horror vacui de la pintura mudéjar. Sin embargo, si se agacha la mirada un mar de baldosas de Manises y de Muel inunda los pies. La repetición que se crea se ve alterada por dos tumbas: la de Fray Martín de Alpartir, de estilo gótico, y la de Doña Aldonza de Reus, “una canonesa de armas tomar”, tal y como coinciden ambos.

Ella fue una de las hermanas que salieron a la calle cuando en el siglo XVI llegó el edicto que convirtió a todas las órdenes femeninas en clausura. “Dicen que salieron del convento a por rosas a un huerto cercano al río Ebro, pero se pudo tratar de una manifestación, porque también portaban velas”, relata la hermana Isabel. Le plantaron cara al arzobispo de Zaragoza y fueron excomulgadas. “También fueron sometidas a una sentencia criminal”, continúa. Tras 30 años sin ingresos en la orden el castigo fue levantado, pero las nuevas novicias que entraron pasaron a ser de clausura.

Una etapa que se alargó hasta la mitad del siglo XX y que en el monasterio obligó a hacer reformas. “Tuvieron que instalar un locutorio y también un torno”, recuerda Vicente. Una capilla aledaña a la sala capitular y con techumbre de alfarje fue reducida. Además en el claustro se levantaron unas escaleras románicas para comunicarlo con las nuevas dependencias. También se colocaron rejas, como las que comunican la sala capitular con la iglesia de San Nicolás, con tanta devoción.

Precisamente, cada lunes, coincidiendo con la tradición de visitar a San Nicolás, se realizan visitas guiadas por los diferentes espacios donde parece que se ha parado el tiempo. En realidad han pasado siete siglos desde que se construyó, pero esta comunidad de canonesas, las únicas en España, lo cuidan con mimo y dedicación a diario. Rezan por las peticiones que se le encomiendan a San Nicolás y mantienen su labor social, en la actualidad con Cáritas, a quien le ceden su huerto, al lado de la iglesia, para proyectos con personas con algún tipo de discapacidad.

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