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Zaragoza

Nostalgia de Belloch

Entre 2003 y 2015 gobernó Zaragoza Juan Alberto Belloch, uno de los buenos alcaldes que ha tenido la ciudad y que trabajó para situarla entre las grandes urbes.

De la misma manera que, tras la pérdida de los dos precedentes buenos alcaldes de Zaragoza, Ramón Sainz de Varanda y José Atarés, muchos zaragozanos sentimos nostalgia por sus personas y su gestión, también ahora, tras la conclusión de los mandatos municipales de Juan Alberto Belloch, somos numerosos los capitalinos que echamos en falta y añoramos la actuación municipal de este tercer buen alcalde demócrata. Sobre todo, a la vista de ese tipo de ‘gobernación’ local que ha tomado cuerpo en nuestra ciudad con una fantasmagórica ZEC, que cada día nos sorprende con una extravagancia, un sinsentido y la ausencia casi total de la altura de miras que debe caracterizar la gestión de una gran urbe.

Belloch fue, antes que cualquier otra cosa, un señor, un caballero, una persona digna que dispensaba en cada uno de sus actos públicos ese aroma y coloración políticos que emanan de manera espontánea de los hombres tocados por la gracia de la elevación y la categoría humanas. La ciudad de Zaragoza tiene una larga tradición de alcaldes que con su sola presencia, biendecir y actos traslucían la existencia de un hombre público a la altura de sus serias responsabilidades. Belloch es uno de ellos y, además, preeminente.

En segundo término, Belloch siempre tuvo en sus proyectos y aspiraciones la idea de impulsar Zaragoza hacia la categoría de gran ciudad, de megalópolis, frente a aquellos que, como yo mismo en ciertos momentos, lamentábamos la imagen de "gran poblachón monegrino" que en ocasiones parecía presentar nuestra amada urbe. Soñaba y veía el futuro, alentaba con todas sus fuerzas el crecimiento ciudadano, se imaginaba una gran ciudad al modo europeo occidental, y, paso a paso, piedra tras piedra, fue poniendo en marcha proyectos y realizaciones siempre en la línea de engrandecer el ámbito urbanístico zaragozano y de dotarnos de esa impronta especial que tienen todos los grandes burgos civilizados y cultos.

Y para todo ello hace falta un presupuesto indispensable, amar Zaragoza. Belloch siente un amor profundo por esta ciudad. En las muchas charlas distendidas, sinceras y afables que tuvimos, siempre aprecié –yo, que en todo momento he sido y continúo siendo un impenitente enamorado de mi ciudad– que, con naturalidad, autenticidad y espontaneidad, brotaba de su habla un halo de cariño y afecto entrañables por la urbe cesaraugustana que le correspondió regir. Amar Zaragoza no es algo que surja de una contemplación interesada, de un propósito de triunfo personal o de un mero deseo de acreditar condiciones para su regiduría, sino que se trata de un hondo sentimiento, de una identificación entrañable y de una predisposición a la entrega y al servicio incondicionales y altruistas que emanan con fuerza de lo más profundo de los corazones de los mejores vecinos de la misma.

El alcalde Belloch albergaba, y estoy seguro de que continuará albergando, tales condiciones y circunstancias, y, en consecuencia, todos y cada uno de sus actos de gobierno traslucían con nitidez y energía su entrañable amor por la ciudad de Zaragoza. Giró durante doce años en torno a ella, le dedicó lo mejor de sus anhelos e ilusiones, soñó despierto su despegue hacia la grandeza y trabajó de manera incansable por su esplendor y magnificencia. ¡Gracias por todo ello, buen alcalde Belloch!

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