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El cocodrilo de Ricla ya no está maldito

Aragón guarda el cráneo de un gigantesco ejemplar marino que vivió en el Jurásico y que ha sido un misterio durante 20 años. Ahora, un escáner revela muchos más dato.

La investigadora Jara Parrilla junto a los restos fosilizados del cocodrilo encontrado junto al AVE.
La investigadora Jara Parrilla junto a los restos fosilizados del cocodrilo encontrado junto al AVE.
f. jiménez

Se salvó de las obras del AVE in extremis. Fosilizado, el cráneo de un enorme cocodrilo del Jurásico y tres de sus vértebras (del cuello, el cuerpo y la cola) aguardaron millones de años entre los sedimentos y las rocas de un suelo de Ricla a ser descubiertos.

Era 1994 cuando desenterraron lo que pudieron (quién sabe si su cuerpo, que debió de medir 3 metros de largo, no sigue esperando) cerca de la línea del tren de alta velocidad. Y fue entonces cuando empezó a forjarse su leyenda: todos los estudios que se iniciaban para datarlo e investigarlo se interrumpían por una causa o por otra. En la Universidad de Zaragoza empezó a ser un secreto a voces que estaba maldito: no había investigador capaz de resolver sus enigmas. Por eso fue bautizado como ‘Maledictosuchus riclaensis’.

Pero aquella maldición empezó a romperse en el año 2010, cuando una joven licenciada en Geológicas, Jara Parrilla, inició una tesis sobre este cocodrilo y otros reptiles marinos del mesozoico en Aragón. Hace millones de años, el mar cubría casi todo lo que conocemos, y los plesiosaurios (muy parecidos al legendario monstruo del Lago Ness) e ictiosaurios (una especie de tiburones prehistóricos), nadaban a sus anchas.

El pasado enero, esta investigadora del Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón (IUCA) de la Universidad de Zaragoza, presentó por fin su tesis y ahora sigue en la brecha, porque el cráneo del cocodrilo ha sido sometido a un TAC en unas instituciones especializadas en Paleontología de Sabadell.

El estudio del escáner se prolongó 17 horas y ha arrojado luz sobre la vida, ya extinta, del depredador. "Es difícil en estos casos separar lo que es roca de hueso fosilizado, pero esta máquina es muy potente y ha ofrecido datos reveladores", explica Jara. Por ejemplo, muestra los enormes ojos del espécimen o conductos nerviosos hasta ahora no detectados.

También se han hallado dos cámaras de buen tamaño en la zona en la que confluyen el final de la boca y los ojos, que no son otra cosa que glándulas de la sal. Estas son utilizadas por muchos animales que viven en el agua del mar, para excretar el exceso de sal. Queda reconfirmado por tanto que aquí hubo un mar y que estamos ante un ejemplar de cocodrilo marino que ya no existe: estos animales habitan ahora mayoritariamente en agua dulce como anfibios, y solo un pequeño grupo lo hace cerca del agua salada.

"El reto ahora es analizar un poco mejor la zona cerebral y el sistema auditivo, lo que podría darnos claves importantes para seguir estudiando", explica.

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