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SUCESOS

Cuando una medalla es ganar una batalla

Treinta años después del incendio del hotel Corona de Aragón, el Gobierno claudicó y concedió a los fallecidos las medallas como víctimas del terrorismo. Mañana la recibe Juan Ramón Vigón, quien en abril de 2009 logró que el Tribunal Supremo admitiera la tesis del atentado.

Una imagen del rescate del incendio de aquel 12 de julio de 1979.
Cuando una medalla es ganar una batalla
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Juan Ramón Vigón, hijo de María Concepción García Llorente y del general de Artillería Juan Vigón Sánchez, recibirá mañana en Madrid la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo. Esta medalla es el culmen de toda una batalla, la que emprendió tras perder a su madre en el incendio del hotel Corona de Aragón. En su nombre, pleiteó para que el Tribunal Supremo reconociera que el incendio, en el que murieron 78 personas y 113 resultaron heridas, fue producto fue un atentado terrorista. El alto tribunal le dio la razón en febrero de 2009.

El Ministerio de Presidencia ya ha concedido 53 medallas a título póstumo a los fallecidos. Las últimas quince fueron acordadas la semana pasada por el Consejo de Ministros.

Juan Ramón Vigón recuerda que el día del incendio estaba en la Academia General Militar, donde iba a recibir su despacho de manos de su padre, al que estaba esperando. "Me lo dio el general Palacios, director de la Academia, y me preguntó por él. Le dije que estaba en el hotel Corona, que para entonces ya debía estar ardiendo", cuenta Juan Ramón Vigón, ahora militar en la reserva.

Sus padres estaban hospedados en una habitación del séptimo piso. Su madre se arrojó al vacío presa del pánico y estuvo siete días en coma en el Clínico antes de fallecer. Juan Vigón Sánchez fue rescatado por los bomberos en el balcón. "Fui a buscarlos y me acompañó el capitán José Villaverde. No encontraba a mi madre y fuimos hasta el Anatómico Forense, pero al final acudimos al Clínico y estaba allí", señala el oficial.

Negativa del Gobierno

Uno de los recuerdos vivos de ese largo y amargo día -el 12 de julio de 1979- del oficial Juan Ramón Vigón fue que no vio llegar ni un ministro del Gobierno de la UCD a Zaragoza. Recuerda que acudió el general Alfonso Armada (compañero de promoción de su padre), el capitán general Elícegui y el gobernador civil Francisco Laína, que ya habló de la tesis del incendio de la churrería de la cocina del hotel.

El Ministerio del Interior ignoró en octubre de 2004 la recomendación del Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, a favor de ese reconocimiento moral suponía la medalla de la Gran Cruz para las víctimas del incendio. Entonces, el Ejecutivo entendía que no había base legal para la condecoración, aunque sí habían recibido las indemnizaciones como víctimas de terrorismo, en virtud de la ley 32/1999.

El Consejo de Ministros del 7 de diciembre de 2007 también denegó que los familiares de María Concepción García recibieran la medalla. A partir de ese momento, acudieron al Tribunal Supremo. Juan Ramón Vigón y su abogado Pedro Cerracín recurrieron esa negativa ante la jurisdicción contenciosa administrativa. Su objetivo era que los magistrados se pronunciaran sobre si el fuego fue accidental o fue un atentado.

Y, al final, la lucha por la medalla para su madre se convirtió en la batalla para alcanzar la verdad sobre el incendio del Hotel Corona de Aragón en la Justicia. El Tribunal Supremo asumió en febrero de 2009 que el incendio no fue circunstancial, sino que fue intencionado. Aunque la sentencia no pudo entrar en la autoría, sirvió para reconocer que la familia de la fallecida María Concepción García tenía derecho, como víctima del terrorismo, a recibir la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil. Hoy se cumple con la historia, aunque su concesión se publicó en el BOE el 24 de abril de 2009.

De las 53 medallas otorgadas por el Ministerio de la Presidencia, ya se han repartido dos tercios en Zaragoza, Barcelona, Asturias, Valencia y Castellón. La Delegación del Gobierno en Aragón concedió el año pasado dos medallas a título póstumo a María Teresa Berdor Labe y Rosa María Ezquerro Escribano, dos trabajadoras del Corona.

El último día trabajando

Ignacio Berdor explica desde Biota que su hermana salvó la vida a varios clientes del hotel. Aquel iba a ser su último día de trabajo en el Corona porque "entraba de enfermera en la Cruz Roja". "Estaba en la novena planta y murió asfixiada. Hablamos con una mexicana a cuyo hermano y padres había salvado. Intentó hacerlo con otros, pero le costó la vida y falleció carbonizada", rememora. Otro hermano suyo, camarero en el hotel, se libró porque no le tocaba trabajar ese maldito sábado veraniego.

Berdor, desde el primer día, pensó que era un atentado e intentó inflitrarse en el mundo abertzale de Batasuna en el País Vasco para ver si averiguaba algo, pero solo encontró "gente muy rara". "Ahora nos sentimos reconocidos", señala. El Supremo asumió una prueba pericial que concluyó que en el suceso habían intervenido al menos de tres personas, "concertadas entre sí", porque se produjeron "tres igniciones prácticamente simultáneas junto al piano, junto al conducto de humos y junto a la salida de la churrería".

Berdor buscó a su hermana por toda Zaragoza y hasta en la planta 12 del hotel, esa misma noche. No la encontró hasta el día siguiente en el Anatómico Forense. Un anillo, una medalla y un reloj detenido a las 9.20 guarda de recuerdo. "Aún huelen a humo...".

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