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Zaragoza
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Tercer Milenio

TOROS

Presenten... ¡armas!

Solo la decisión de Javier Castaño, con un buen y noble tercero, se salva de la desastrosa y tediosa tarde

Presenten... ¡armas!
Presenten... ¡armas!

Si la caballería falla... la infantería a correr. Y corrieron como si los de Cuadri tuvieran el mismo peligro que un indio detrás de un árbol. Y a fe que algunos banderilleros parecieron pieles rojas, con perdón para ambos -por aquello del agravio-, pero solo les faltó el arco para clavar las banderillas, que las pusieron como las hacen: de una en una. Los toros parecieron tener la piel de amianto. Los arponcillos rebotaban como pelotas de tenis en aquellas pieles negras, curtidas y envejecidas por el sol onubense de Comeuñas. Toros cinqueños, con seis hierbas, a punto de ir directamente de la finca al matadero porque en un par de meses, escasos, cumplían la edad reglamentaria para no poder pisar un albero.

Toros que engañaron a la báscula donde se perdieron un montón de kilos y se olvidaron de su condición: bravos. Si a los Cuadri les ponemos la fuerza necesaria, los caballos hubieran ido directos al callejón y los toreros aún estarían corriendo. Afortunadamente, para los toreros, no se emplearon en la suerte de varas. Que recen por ello. Toros altos, escasos de cara. Armarios roperos de tres cuerpos. Pidieron guerra en tierra de nadie y nadie había para ponerse en el sitio y plantarles cara. Los toreros se rindieron sin firmar ni una triste calada de la pipa de la paz.

El escaso público, unos tres mil quinientos espectadores sentados, fueron abandonando el coso a medida que aquel despropósito iba pasando página. Al final, media docena para arrojar almohadillas. Fuimos a la ópera y nos dieron una función de marionetas. Triste, pero cierto.

Cada uno está en el sitio que le corresponde porque, una cosa es torear y otra muy distinta defenderse. Los tres toreros (con mi máximo respeto hacia ellos) no pueden ponerse bonito y lucirse pegando naturales arrastrando la muleta y por debajo de la pala del pitón. No. Lo suyo era -y es-, tener la decisión suficiente para poderles, dominarlos y matarlos con decoro. Lo demás es tirar con balas de fogueo.

Así, Rafaelillo quiso en el noble primero, pero no le dio el sitio. Con el cuarto, sin darse coba, cupo una riña de perros entre ambos. Mató de bajonazo descarado.

A López Chaves le lidiaron muy mal los dos. Ni mandó, ni se puso. Lleno de dudas, acabó dejando el codo atrás a la hora de matar y fue abroncado.

Castaño, al menos, se puso con el tercero. Muy cerca. Tiró de él sin dejarlo pensar. Con el de la jota, con tranco y con poder, se arrugó y arrió velas. Como sus compañeros, entregó las armas.

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