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MOBILIARIO URBANO

Los relojes que perdieron su tictac

Algunos relojes urbanos de Zaragoza no marcan las horas. No están abandonados, son víctimas de los gamberros.

El reloj hidráulico del Jardín Botánico, en el parque Primo de Rivera.
Los relojes que perdieron su tictac
L.S.

"Reloj, no marques las horas", cantaba Roberto Cantoral, recientemente fallecido. El mexicano no sabía que en Zaragoza hubiera encontrado el reloj al que apelaba en su famoso bolero, y además por partida doble, pues en la ciudad hay al menos dos relojes para los que el tiempo está detenido.

Para encontrar el primero, hay que ir hasta el Jardín Botánico del Parque Primo de Rivera. En el estanque, los patos nadan alrededor de una gran estructura de hierro y latón: es una clepsidra, un reloj hidráulico que en otro tiempo marcó las horas. Ahora, sus esferas con motivos astrales y zodiacales no se mueven. Las flechas apuntan siempre a los mismos números de porcelana: el uno y el veinte. Diseñado por Rafael Barnola, que durante años fue Arquitecto Jefe del servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento, este reloj se instaló a comienzos de los años 80. Mide cinco metros y medio de altura, y para su funcionamiento consta de tres esferas que marcaban el paso de las horas y los minutos, conforme un surtidor de agua mueve el engranaje de una noria.

Verlo en marcha es un hecho excepcional. Hace meses que está parado. La suciedad y los excrementos de los pájaros están afeando su aspecto, y no hay ningún panel que explique a los visitantes de este rincón de la ciudad que se encuentran ante un reloj hidráulico. Muchos de los que frecuentan el Jardín Botánico no saben que ese curioso objeto del centro del estanque no es solo decorativo. "No sabía que fuera un reloj, pensaba que era una escultura", admite Luis, un visitante habitual.

La siguiente parada está en pleno centro de Zaragoza: en la plaza de Santa Engracia, junto al Paseo de la Independencia. Desde hace doce años, el busto en hierro de Joaquín Costa contempla al reloj floral, que se colocó como parte de una reforma de algunas zonas de ajardinamiento de la ciudad. Hace meses que no marca las horas, sencillamente porque no tiene con qué hacerlo, ya que le han arrancado las manillas. Por segunda vez en lo que va de año, unos gamberros se encapricharon de ellas y se las llevaron. Por lo visto, no les pareció suficiente y también arrancaron algunos de los setos que conforman los números del reloj. No es un problema de abandono por parte del Ayuntamiento, puesto que la zona ajardinada donde se encuentra el reloj está en buen estado, y es habitual ver a operarios de Parques y Jardines trabajando para su mantenimiento. El problema, tal y como afirman desde el Consistorio, es el vandalismo.

Las pequeñas incidencias sufridas por estos relojes son arregladas periódicamente por un relojero encargado de su manteminiento. Sin embargo, reparar los grandes destrozos supone un gasto económico que, en la situación actual, no es prioritario para el Ayuntamiento. En el caso de la clepsidra del Jardín Botánico, los motivos por los que no se acomete su reparación son similares: es un mecanismo bastante complejo, y su arreglo resultaría caro y complicado.

Los relojes, al igual que otros objetos del mobiliario urbano, son muy vulnerables a las gamberradas. El reloj floral de la glorieta de la Puerta del Sol, junto a la entrada de la margen derecha del Puente de Hierro, también ha sufrido las incursiones de los vándalos. Este reloj fue un regalo de Pikolín a la ciudad, para conmemorar el 50 aniversario de la empresa, en junio de 1.999. Desde entonces, le han dejado sin manillas en varias ocasiones, pero en la actualidad se encuentra en buen estado, salvo por algunos setos que han sido arrancados.

El reloj de la Puerta del Sol, que con el de Madrid solo comparte el nombre, seguirá marcando las horas mientras le dejen. El de la plaza Santa Engracia tendrá que esperar a que vengan tiempos mejores para volver a tener manillas, mientras que la clepsidra seguirá marcando la hora correcta tan solo dos veces al día.

 

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