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Zaragoza

LA CIGARRERA DEL TUBO

"Todos los vecinos del Tubo han venido a decirme que cuente con ellos para lo que sea"

La cigarrera, acusada de contrabando, recibió ayer el apoyo de los clientes y amigos de la calle. Serafina será juzgada el próximo mes de julio y se enfrenta a dos años de prisión y multa.

Serafina, ayer por la mañana en la calle de los Mártires, donde monta su quisco.
"Todos los vecinos del Tubo han venido a decirme que cuente con ellos para lo que sea"
JOSé MIGUEL MARCO

A Herminia Martínez Lines, de 82 años, conocida como Serafina, no le gusta ser el centro de atención. Es agradecida con los vecinos, clientes y amigos, pero adusta y esquiva con los periodistas. Ayer no le quedó más remedio que aceptar el apoyo de los primeros, mientras se quitaba de encima a los segundos sin contemplaciones.

"Sí, sí. Ya han venido todos los vecinos a decirme que si me hace falta cualquier cosa, que cuente con ellos. Pero ya les he dicho que qué me va a hacer falta a mí", responde impaciente al preguntarle cómo han reaccionado sus amigos al conocer que el fiscal y el abogado del Estado le piden dos años de cárcel por un delito de contrabando.

Al comunicarle que mucha gente ha mostrado públicamente su cariño por ella, incluso sin conocerla personalmente, solo de verla en el mismo sitio durante los últimos sesenta años, mira por encima de las gafas, con el cigarro en la boca y responde: "Ya, ya. Pero no me hace ninguna gracia salir en el HERALDO para esto. Es una cosa que pasó y, nada más". Tras insistir un poco más sobre el caso, suelta de golpe: "El género era mío, me lo quitaron y ya está. Se acabó".

El cabezudo del Ayuntamiento

Cambiando de tercio, al preguntarle si es cierto que la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza se interesó hace tiempo por ella para hacerle un cabezudo, Serafina contesta: "Sí. Están esperando a que me muera". Su ayudante en el quiosco -uno de los siete hijos adoptados que crió, junto a los cuatro propios- tercia: "A la Pilara, del Oasis, se lo hicieron antes de morirse". Entonces ella, con el cigarro en la boca y el ceño fruncido concluye: "¿Ah, sí? Pues entonces es que no debe haber sitio para mí".

Dando por terminada la conversación, Serafina estaba minutos después con el HERALDO del día en la mano -uno de sus hábitos irrenunciables, como el fumar-, y no leía precisamente la noticia que hablaba de ella, sino la que contaba la muerte de José Antonio Ruiz Galbe, otro histórico de la ciudad que se fue el domingo dejando huérfano al mundo del derecho penal. "Claro que lo conocía, este defendió a....", comentaba con una amiga. "Sí, sí, como no. De toda la vida", proseguían.

A apenas treinta metros de su quiosco, en el bar El Limpia, Ángel Pastor, hijo del limpiabotas del Tubo del mismo nombre, comentaba la jugada: "¿Qué me parece que le pidan dos años de cárcel?, pues de república bananera". "De momento -ilustra- han puesto al juez en un cuadrilátero y a ver cómo sale de esta". "¡Pero si le han comprado tabaco guardias civiles, policías y hasta gobernadores civiles! ¿Qué esperan ahora?", se pregunta.

Ángel Pastor habla con el corazón, pues Serafina es madrina de su hermana. "¡A mí me van a decir cómo se ha portado con todos y a los chicos que ha criado!, si más de una vez he ido a comer a su casa!" En su opinión, llevar a la cigarrera a los tribunales es un error. "Igual no les queda más remedio que condenarla, pero la tendrán que indultar", asegura sin dejar de limpiar zapatos de los clientes que acuden a media mañana al bar.

Serafina -que difícilmente entraría en la cárcel si fuera condenada, ya que no tiene antecedentes y la pena que solicitan para ella no supera los dos años- será juzgada el mes que viene. El fiscal y el abogado del Estado le piden justo dos años de prisión, los mismos que para el marido de su nieta -al que la Guardia Civil paró en Zaragoza en un control cuando regresaba de La Seo de Urgel con 252 cartones de tabaco- y para el vecino de Lérida que supuestamente le vendió los cigarrillos. A cada uno de ellos les exigen también 16.000 euros de multa, el doble de lo que valía la mercancía que transportaba.

Enrique Garasa, su abogado defensor, pedirá la absolución alegando que toda la vida ha vendido tabaco en la calle, sin saber que era delito.

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