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La cigarrera del Tubo, acusada de contrabando tras medio siglo vendiendo tabaco en la calle

La fiscalía pide para ella dos años de prisión y una multa de 16.000 euros. La Guardia Civil detuvo a un familiar con 252 cartones de cigarrillos y este dijo que eran para la conocida vendedora.

Serafina (Herminia), la cigarrera del Tubo, en 2005.
La cigarrera del Tubo, acusada de contrabando tras medio siglo vendiendo tabaco en la calle
MARINA OVEJERO

Herminia Martínez Lines tiene 82 años y 56 de ellos los ha pasado vendiendo tabaco en el Tubo. Ni el frío, ni la lluvia ni el calor, ni siquiera la época más oscura y degradada de esta emblemática zona zaragozana, cuando casi nadie se atrevía a pasar por ella, pudieron con Herminia, más conocida por todos como Serafina, nombre con el que cargó al casarse con Serafín.

Durante ese tiempo, la cigarrera más famosa de Zaragoza solo faltó a su trabajo cinco días y fueron los más amargos, pues su ausencia se debió a la muerte de uno de sus cuatro hijos. Era guardia civil y se mató en un accidente en la Semana Santa del año 79.

Alfredo Sanz, otro de sus hijos, lo recuerda vívidamente y se emociona. Ahora su madre se enfrenta a otro mal trago: la fiscalía y la abogacía del Estado piden para ella dos años de prisión por un delito de contrabando. La misma pena piden para el marido de su nieta y para un vecino de la localidad leridana de la Seo de Urgel.

Pero esta acusación no es por vender tabaco en la calle, lo que lleva haciendo toda la vida. Sino porque al marido de su nieta lo detuvo la Guardia Civil en la autopista AP-2 cuando regresaba de La Seo de Urgel con 252 cartones de cigarrillos y 57 cajetillas de puritos Rossli 15. Era finales de septiembre de 2009, víspera del Pilar. El joven se puso tan nervioso cuando le pararon en un control rutinario que los agentes no tuvieron más remedio que registrar su coche, pensando que pudiera llevar armas o drogas. Los guardias comprobaron que las cajetillas de tabaco que transportaba no llevaban los precintos que acreditan haber pagado impuestos, ni tampoco la documentación preceptiva.

"Clientes importantes"

Al preguntarle, contó que lo había comprado en La Seo de Urgel, que era para la abuela de su mujer, llamada Herminia y que vende cigarros en el Tubo. Añadió que pensaba que el tabaco era legal y que, hasta ese momento, no había tenido ningún problema con la Policía.

Cuando la Guardia Civil tomó declaración a Serafina, la mujer contestó con toda franqueza: que el tabaco se lo había encargado al marido de su nieta, que era para venderlo al por menor en la zona del Tubo, "como lleva haciendo desde hace casi 60 años", que desconocía que no se pudiese comprar tabaco en La Seo de Urgel, que nunca había tenido problemas por venderlo en la calle y que "entre sus clientes siempre ha habido gente importante, incluso un gobernador civil".

"Mi madre respondió sin complejos porque vender a la vista de todo el mundo es lo que ha hecho siempre. Es su forma digna de ganarse la vida. Durante 20 años trabajó limpiando el Plata para poder tener ahora un pensión de 500 euros. Lo hacía de siete y media a diez y media de la mañana y de nueve a doce de la noche. Entre medio ponía el quiosco", cuenta Alfredo Sanz. "Los cigarrillos se los traían militares de aviación de la Base americana o gente de Canarias. Y ella ha hecho siempre lo mismo: comprarlo, pagarlo y venderlo", subraya.

Así ha criado a cuatro hijos y a otros siete que "adoptó". Niños que en aquellos tiempos, los años 70, o bien estaban solos, el padre los maltrataba o su madre era prostituta, "que de todo ha habido". "A dos de ellos los acogió con 9 o 10 años y los tuvo hasta que los casó en casa, con 19. Para mí son como hermanos", dice Alfredo Sanz.

Serafina es todo un personaje con cientos de anécdotas que contar y en las que, a pesar de su carácter arisco, siempre reluce un buen fondo. El 29 de diciembre de 1992 fue noticia porque una mujer le dejó a guardar a sus dos chiquillos, de 3 y 5 años, a las tres de la tarde y a las diez de la noche aún no había vuelto. A Serafina, que durante toda la tarde los entretuvo y les dio de merendar, no le quedó más remedio que llamar a la Policía. Aquella noche no durmió pensando en lo críos. Los periodistas y los clientes la asaltaron a preguntas durante los dos días siguientes y casi acaban con su paciencia. "Pero luego fue al juzgado y dijo que los quería adoptar. Ella es así", apunta Alfredo Sanz.

Ese "así" es un temperamento esquivo, que rechaza las preguntas de curiosos y entrometidos, pero luego no duda en hacer favores. Durante los cinco años que han durado las obras de reforma de la calle de los Mártires, donde coloca su quiosco, ha 'vigilado' la puerta por la que entraban los obreros para que no se colara nadie indeseable. Ha cogido las cartas del correo si la puerta estaba cerrada y ha sido, una vez más, la 'centinela' del Tubo.

Un cabezudo con su cara

"Cuando se inauguró Puerta Cinegia, tras las palabras de rigor a los jefes, mencionaron a mi madre, a la que invitaron para agradecerle lo que había hecho", cuenta Alfredo Sanz. "Incluso hace un par de años la concejala de Cultura fue a hablar con ella porque querían hacer un cabezudo con su cara y otro con la del limpiabotas. La molestaron dos o tres veces y luego quedó en nada", añade. También recuerda cuando rodaron con ella en el Auditorio una escena para una película con motivo del aniversario de Los Sitios de Zaragoza. "Salió con su quiosco y su delantal e hizo de sí misma", explica.

Su abogado, Enrique Garasa, pedirá la absolución para ella y los otros dos acusados cuando se celebre el juicio, en el que se enfrenta a 2 años de cárcel y 16.000 euros de multa. "¿Que qué le diría al juez?", que la deje vivir en paz lo que le queda", dice su hijo.

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