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Solo el derecho de admisión pone coto a los 'descamisados' de la ciudad

A diferencia de otras ciudades que prohíben que la indumentaria playera se adentre en las calles, Zaragoza descarta regularlo y ni siquiera hace mención en su ordenanza cívica.

Un joven sin camiseta patina junto a las terrazas de la plaza de San Bruno, mientras otros juegan al fútbol.
Solo el derecho de admisión pone coto a los 'descamisados' de la ciudad
ESTHER CASAS

Plaza del Pilar, una tarde cualquiera de sofocante verano. La playa más cercana está a unos 200 kilómetros y, sin embargo, no es extraño ver a algún turista en bañador y a pecho descubierto. Hay quienes lo justifican diciendo que "todos tendemos a relajar las costumbres durante las vacaciones", y otros que creen que tal escena no es de recibo, afea la imagen de la ciudad y menoscaba el respeto de los demás.

La polémica está servida. Más aún cuando no existe una normativa clara que explique cómo se debe actuar ante los 'descamisados'. Todo se confía al sentido común y al decoro, porque la ordenanza cívica -la que ha de regular la convivencia en el espacio público- no contiene una línea al respecto. "Si nos atenemos a la normativa, habría que descender hasta el Código Penal, que pena el exhibicionismo, pero no tiene mucho que ver...", reconocen fuentes municipales, que explican que los agentes de Policía, salvo casos muy determinados, tampoco llaman la atención a los 'descamisados'. Sí existe, sin embargo, la prohibición de bañarse en las fuentes urbanas -por razones de salud pública- y, también, la recomendación casi médica de no hacerlo en el Ebro.

"Aquí, por la noche, en plan gamberro, sí se han bañado unos cuantos en paños menores, pero afortunadamente no es la tónica habitual", comenta Gabriela, de la cafetería Nissh, situada justo enfrente de La Lonja. En más de una terraza de la plaza del Pilar, los camareros han requerido a sus clientes que se pusieran la camiseta, aunque "cómo vamos a dejarles de servir tal como está la crisis", bromea Francisco José Pérez, de la Cafetería España, en cuyas paredes cuelga el letrero de 'reservado el derecho de admisión'. "El turismo -incluso el de baja estofa- genera ingresos y da puestos de trabajo, así que muchas veces tenemos que hacer la vista gorda con actitudes que nos disgustan", argumentan sus compañeros.

Mientras, Barcelona se acaba de 'empapelar' de pictogramas que tratan de evitar que toda la ciudad sea considerada un chiringuito. En Zaragoza, evidentemente, no hay paseo marítimo, pero las remozadas riberas lo parecen. La indumentaria playera -toallas incluidas- ha invadido este espacio, que parece estar definiendo aún sus normas de convivencia. "Pero, ¿por qué tengo que verle yo la sobaquera a nadie?", se queja Luisa Peris, al ver un ciclista 'despechugao' bajo la pasarela de Manterola. "Ni los tatuajes, porque mira que la gente se hace tatuajes feos que luego se destiñen...", continúa. "Pero si no es cuestión de estética ni pudor, sino de higiene y respeto", replica su marido.

Multas ejemplares

En bibliotecas, museos, oficinas públicas e, incluso, mercados se reedita el debate. En Tuzsa, por ejemplo, a comienzos de año, entró en vigor un 'manual de usos y normas' que vela por evitar "actitudes que atenten contra el respeto a los demás viajeros". También invoca al sentido común, aunque más allá de las camisetas de tirantes no se han dado situaciones indecorosas en los autobuses que, recuerdan, cuentan con aire acondicionado.

Al no haber decretos u ordenanzas concretas, el Consistorio destaca que siempre es preferible concienciar que prohibir y multar. "Aunque con el afán recaudatorio que tienen, no creo que tarden en inventarse nuevas sanciones", dice Peris con retranca. Algunos municipios ya lo están haciendo. La primera en tomar cartas en el asunto fue la muy turística población costera de Sitges, que en 2006 redactó un decálogo de buenas costumbres y un pacto cívico, con multas de hasta 350 euros por ir con el torso desnudo. Sin embargo, antes de llegar a tal extremo, los llamados 'agentes cívicos' llaman la atención a los viandantes -no reincidentes- y les informan de que a la próxima tendrán que rascarse el bolsillo.

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