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Patrimonio

La azucarera que dio sabor industrial a Zaragoza

La Azucarera Aragón fue un edifico que unió nostalgias mudéjares con la modernidad del siglo XIX. En la actualidad, lo que queda de esta manufactura es un refugio e impulso para emprendedores

24/06/2018 a las 05:00

Hace 125 años que se construyó la primera fase de la Azucarera Aragón. Una factoría que durante estos 25 lustros ha experimentado ampliaciones, derrumbes, épocas de bonanzas, otras de abandono y reformas. La última, en 2010, una rehabilitación que convirtió lo que quedaba de esta industria del siglo XIX en Zaragoza Activa. En este ambiente de emprendimiento e innovación social, sito la calle Mas de las Matas de la capital aragonesa, se mantiene vivo el origen del edificio, al menos en una maceta.

La verdad es que a pesar de tener un vivero empresarial y un semillero de ideas hay pocos tiestos en Zaragoza Activa. En el rincón de un cuarto crece una remolacha. Cubierta por sus propias hojas gana cada día terreno a la tierra. Como ella, durante décadas llegaron a puertas de la Azucarera Aragón miles de toneladas, desde 1894 cuando se llevó a cabo la primera campaña productiva.

“Desde ese bloque de pisos hasta las chimeneas estaba la piscina donde los camiones descargaban las remolachas y se lavaban antes de introducirlas a las naves”, explica José María Rodrigo mientras señala uno de los edificios contiguos. Este oficial de mantenimiento de Zaragoza Activa conoce cada sillar y ladrillo del inmueble, además de su historia. La localización de este complejo, diseñado por el arquitecto vasco Luis Aladrén, según el Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés (SIPCA), da también cuenta de la situación del transporte durante el siglo XIX.

“Se ubicaba en un lugar clave, cerca del acceso a la Estación del Norte y del río Gállego, señala el empleado municipal. Con su dedo índice dibuja sobre una antigua fotografía el trazado de las vías del tren, donde se adivinan muchas más fábricas entre los campos y torres que, como la Azucarera Aragón, buscaban una buena comunicación. “La mayor parte de estas fábricas tenían pequeñas estaciones o muelles para la carga y descarga”, añade Rodrigo. Esta no era la única azucarera.

“Muy cerca estaba la Azucarera del Gállego, más próxima al río del mismo nombre; la del Rabal, situada hacia la carretera de Huesca; y en la margen derecha del Ebro la del Pilar, entre el final de la calle de Predicadores y la actual plaza de Europa”, apunta José María. Según fotografías antiguas se puede descubrir que todos estos edificios compartían una personalidad industrial, edificada sobre vigas de hierro y sillares de piedra, que contrastaban con otras paredes de ladrillo.

Precisamente estos elementos heredados de la tradición mudéjar aragonesa se repiten a los pies de las chimeneas, colocados de forma geométrica. Esta referencia historicista combina con otras neorrenacentistas de las columnas de fundición, como se puede leer en la descripción técnica del Ayuntamiento de Zaragoza.

En la misma ficha municipal del edificio se indica que el conjunto estaba formado por el pabellón de entrada, compuesto por la portería y las oficinas, y el pabellón central, más grande que el primero. En este último estaban integradas las chimeneas, una de ellas de hasta 80 metros de altura. Las armaduras de las cubiertas de ambos pabellones tenían firma aragonesa, ya que algunas de ellas procedían de los talleres Mercier. Al contrario que las instalaciones mecánicas, ya que según dicho documento fueron obra de casa alemana Braunsweigische Machinenban-Austal.

A los anteriores se les suman otras edificaciones anejas como almacenes, talleres o viviendas para los empleados. La mayoría de estos edificios no se conservan, sin embargo, detrás de un par de urbanizaciones llama la atención una casa de dos plantas que contrasta con el resto del barrio. Era la residencia del director, actualmente vallada por obras.

Su elegante pórtico permite imaginar la envergadura de La Azucarera Aragón, que cerró sus puertas definitivamente en 1966. “De momento no ha venido ningún antiguo empleado que explique detalles sobre el edificio, pero nos gustaría encontrar a alguien que hubiese trabajado en este lugar durante sus años de actividad”, desea José María Rodrigo.





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