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Zaragoza y sus calles

Una vía de escape donde aún resuena el ferrocarril

Historia, arte y educación confluyen en los casi dos kilómetros y medio que llevan el nombre del ilustre científico aragonés Miguel Servet


Desde el puente de San José –donde se encontraba el antiguo canódromo de Zaragoza– hasta la Facultad de Veterinaria, cuyas instalaciones soplan ya 67 velas. La calle de Miguel Servet se extiende durante casi dos kilómetros y medio, y conecta el centro de la capital aragonesa con las afueras de la misma. Constituye la arteria principal en la extensión hacia la zona sureste de la urbe. Bañada por el río Huerva en su origen, su trazado sinuoso es recorrido por hasta cinco líneas de autobuses (29, 38, 39, 40, N6). Sin embargo, su futuro en cuanto a movilidad podría cambiar, ya que es candidata asegurada en caso de que la línea 2 del tranvía se haga realidad, porque está presente en los cuatro trazados propuestos por el Consistorio.

Es necesario recorrer gran parte de esta calle, que bien podría denominarse avenida, hasta llegar a la actual Facultad de Veterinaria, que abrió sus puertas el curso 1951/1952. Desde que la reina Isabel II firmó en 1847 el Real Decreto por el cual se crearon las Escuelas de Córdoba y Zaragoza –solo existía la de Madrid– este centro tuvo numerosos emplazamientos en la capital aragonesa. Según se detalla en el libro ‘Crónica de 150 años de estudios veterinarios en Aragón (1847-1997)’ de J. Gómez Piquer y J. M. Pérez García, su primera ubicación fue en el nº 59 de la calle Mayor, de allí pasó por otros cuatro lugares (calle Zaporta, Pabostría, San Pedro el Viejo y el exconvento del Carmen) hasta instalarse definitivamente en Miguel Servet 177.

Gracias al espacio disponible a las afueras de Zaragoza, pronto se edificaron más pabellones, para llevar a cabo las prácticas con los animales y la investigación. La facultad creció al ritmo que lo hicieron los estudiantes, pasando de un único edificio a cuatro. "Cuando yo estudiaba éramos 54 alumnos en los seis cursos de Veterinaria, ahora son más de 800", concreta Salvador Climent, quien se licenció en la década de los 60 en este campus, donde después desempeñaría la docencia en el Departamento de Anatomía, Embriología y Genética Animal, hasta el curso 2013/2014. En la actualidad, continúa ligado a la Universidad, a la que acude todas las mañanas como figura emérita. "Es mi segunda casa", afirma.

"Yo cogía todos los días un tranvía de color amarillo en la plaza de San Miguel que me dejaba a las puertas de la facultad. Creo que costaba una peseta", recuerda el jubilado. Este medio de transporte en el que viajaba diariamente Climent correspondía a la línea 1 Bajo Aragón –que le debe el nombre a la dirección hacia los pueblos de la ruta del tambor–, que fue la primera en crearse en 1885 y que estuvo en funcionamiento hasta 1975. Según explican desde la Asociación Zaragozana de Amigos del Ferrocarril y Tranvías (Azaft) conectaba la plaza de la Constitución –en la actualidad de España– y la estación de ferrocarril de Escatrón y Bajo Aragón, también denominada estación de Cappa o de Utrillas. En esta última parada se habilitaron las cocheras, que posteriormente pasarían a ocuparlas los autobuses urbanos hasta 1988. Para transportar a los estudiantes, en 1953 se prolongó su servicio hasta Veterinaria.

A pocos metros de la Facultad está otra de las huellas de la arquitectura historicista de la ciudad: la casa Torreluna. Un edificio construido a mitad de los años 30 para Gil González Marcilla, promotor y aparejador de la obra, como vivienda; aunque desde hace más de 30 años es un restaurante y discoteca.

Un comercio que renace

El azote de la crisis económica hizo que numerosos locales bajaran la persiana en esta vía comercial. Miguel Servet ostenta el desafortunado título de ser una de las calles con más establecimiento cerrados, galardón que comparte con la avenida de San José y la de Cataluña, según el último censo de ECOS. En concreto, más de 50 locales desocupados. Aunque la tendencia está cambiando. José Manuel Cazorla, presidente de la Asociación de comerciantes de Miguel Servet y adyacentes, comenta que se están abriendo nuevos negocios y "se empieza a ver un poco más de vida". Por otro lado, se muestra bastante escéptico ante la idea de que el tranvía atraviese esta vía porque "no hay espacio". "Habría que volver a reducir las aceras y eliminar todo el tráfico rodado", explica Cazorla.

Mientras unos cerraban, otros abrían. La "librería de barrio" de María Jesús Naya se instaló en esta calle hace una década, tras renunciar a su ubicación anterior, en la calle Cánovas. La comodidad de tener el trabajo cerca de casa y estar próxima al centro y a su vez a un barrio convenció a Naya para trasladar su ‘Olé tus libros’ al nº 11 de Miguel Servet. La lealtad a esta vía quedó patente cuando tuvo que dejar su primer local, un poco más grande y a unos metros del actual, pero en la misma acera. "Tenía muy claro que quería quedarme por aquí", afirma la propietaria.

La nueva vida del matadero

A mitad de la calle, en el nº 57, se encuentra el que fue durante casi un siglo el matadero de referencia de la ciudad. Una serie de edificios construidos por el arquitecto Ricardo Magdalena entre 1880 y 1884 e inaugurado como recinto para la Exposición Aragonesa de productos industriales de 1885-1886. Hasta 1980 se sacrificaron animales en él; hoy, se ha convertido en el centro cultural de Salvador Allende, aunque ya antes fue el taller de escultura de la Asociación Pablo Gargallo.

El antiguo matadero municipal está formado por un conjunto de pabellones industriales que se articulan en torno a la fuente del Buen Pastor (1885), obra de Dionisio Lasuén. El Ayuntamiento de Zaragoza declaró a este conjunto Bien Catalogado del Patrimonio Cultural en el año 2008. Mientras que su laberíntica disposición sigue intacta, sus usos distan bastante de los de hace casi 40 años. No obstante, todavía quedan numerosos nostálgicos que acuden allí para recordar la actividad de compra venta de aquel lugar. Mariano Tafalla es uno de ellos. Este vecino de Las Fuentes comenzó acompañando a su padre a comprar el género con 14 años. "Veníamos dos o tres veces por semana, a las 6 de la mañana y comprábamos terneros, corderos y cerdos", recuerda el jubilado de 77 años, quien tomó el relevo del negocio de su padre, ubicado en el mercado de Hernán Cortés. "El matadero parecía un pueblo, veníamos casi todos los carniceros de Zaragoza a comprar", indica Tafalla, que especifica que ya entonces se regateaban los precios y que cada comprador tenía un número, con el que se marcaba a los animales para después llevarlos al negocio del pujador. "Mis corderos tuvieron durante mucho tiempo el 430", señala el carnicero, sin ningún ápice de duda.

Una muestra de amor con forma de palacio suburbano

En ocasiones, el amor inspira arte y así ocurrió con el Palacio de Larrinaga. Escondido entre bloques de viviendas se encuentra la también llamado Villa Asunción, en el número 123 de Miguel Servet. Una mansión proyectada por Félix Navarro y construida entre 1900 y 1918 con ornamentos de Carlos Palao. Su historia tiene un aire romántico, ya que es un monumento de amor conyugal encargado por Miguel Larrinaga, empresario bilbaíno, para su esposa Asunción Clavero, oriunda de Albalate del Arzobispo. Sin embargo, nunca llegaron a habitarlo. Actualmente es propiedad de Ibercaja y ofrece visitas guiadas todas las semanas.

Esta edificación modernista tiene 676 metros cuadrados de planta y cuatro alturas. Está trazado en torno a un patio central siguiendo el diseño de los palacios aragoneses del siglo XVI. Aunque lo más destacable es su fachada con doble arcada, cuatro torres y un cimborrio en el centro. Además, a pesar de su lejanía, el mar tiene un especial protagonismo en el suntuoso edificio, con relieves alusivos al comercio marítimo, profesión de Larrinaga.

El encargado de finalizar la obra fue el arquitecto Fernando de Escondrillas en 1920, ya que Navarro falleció antes. Esta joya monumental alberga ahora el centro de documentación de la entidad y guarda documentos digitalizados del Archivo de la Corona de Aragón. Por allí pasan numerosos investigadores para consultar sus fondos.

De estación de trenes a centro de realidad virtual

Considerada la primera estación española de ferrocarril de vía estrecha, la estación Utrillas también conocida como de Cappa (por su autor, el ingeniero León Cappa) o Bajo Aragón, fue construida entre 1863 y 1865 y cumplía la función, en un principio, de unir Zaragoza y Barcelona y albergar los tranvías zaragozanos. Pero su época dorada estuvo ligada al carbón.

En 1904 se inauguró la línea Zaragoza-Utrillas, bajo el manto de la sociedad de minas y ferrocarril de Utrillas creada en 1900, para borrar los 127 kilómetros que separan la capital aragonesa con dicho pueblo minero. El convoy servía para transportar el carbón de las cuencas turolenses –hasta 1.000 toneladas diarias de lignitos– pero también llevaba viajeros que se recogían en los pueblos del recorrido. El trazado contaba con 12 estaciones, 5 apeaderos y 3 apartaderos. Hasta que el 31 de marzo de 1966 el tiempo se paró en esta terminal, un viaje que esta vez no tendría retorno.

Lo que queda de este conjunto de edificios, integrados en la tendencia academicista de mediados del siglo XIX, está construido en torno a una plaza trapezoidal. Su lado mayor da a la calle Miguel Servet, el menor era el edificio de viajeros y los dos laterales –uno ya desaparecido– eran las dependencias diversas, como oficinas y almacenes. A pesar de ser declarado edificio de Interés Cultural por el Ayuntamiento de Zaragoza, ha estado durante años abandonado e incluso, en momentos puntuales, okupado. Actualmente, parte de la antigua estación alberga el VR Center, un centro de realidad virtual, y en otras estancias hay varios bares donde los vecinos toman café en las terrazas, ajenos al sonido del traqueteo del ferrocarril que permaneció en la zona más de medio siglo.





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