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Teruel

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"Hay miedo y mucho respeto a esta enfermedad"

El confinamiento de Andorra sumió ayer a los vecinos en un estado de preocupación. Al aumento de positivos se suman los problemas de movilidad

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Empleados de un bar de Andorra recogen las sillas antes de cerrar debido al confinamiento de la población.
Antonio García/Bykofoto

La inquietud y el miedo se apoderaron este jueves de Andorra. El anuncio oficial del confinamiento de la localidad ante el aumento exponencial de casos de covid en los últimos días sumió a la población en un estado de preocupación. Las calles, semidesiertas. Algún que otro restaurante echaba la persiana entre el bajón de ánimo de los clientes y el deseo de contribuir a atajar los contagios. Hasta el minero del monumento que preside la plaza del Regallo llevaba mascarilla.

Nadie esperaba estos días el bullicio de los peñistas y el ambiente de alegría que hubieran reinado en un año normal, pues las fiestas patronales, que hoy habrían llegado a su traca final, ya fueron suspendidas de antemano como medida de prevención. Pero tampoco imaginaban que en lugar de honores y fiestas a San Macario tendrían que vivir una vuelta de tuerca más a la pandemia que azota a medio planeta: el aislamiento perimetral de la localidad.

La noticia corrió como la pólvora de whatsapp en whatsapp durante toda la mañana. A la salida del colegio, los padres de los alumnos no ocultaban su desazón. "Hay miedo, sí, y mucho respeto a esta enfermedad. Me duele que ahora que empieza el curso escolar y los niños tenían tantas ganas de volver a clase, se ponga todo tan mal", decía Vanesa Barranco, madre de una niña de 7 años.

Un padre, Christian Hernal, se extrañaba del repentino incremento de positivos "cuando todos hemos estado cumpliendo las normas a rajatabla" y proponía, incluso, el cierre del colegio por temor a que los más pequeños se contagien "después de haberlos tenido en una burbuja todo el verano". Asintiendo a las palabras de su progenitor, Marcos, de 6 años, se ajustaba bien la mascarilla.

Al parecer, las reuniones sociales han jugado una mala pasada a los vecinos de Andorra. Así lo estima la coordinadora de Enfermería del centro de salud, Ana García, quien recordó que muchos de los afectados tienen en común haber compartido con familiares o amigos una comida, un café o unas tapas, quitándose para ello la mascarilla y no habiendo guardado los dos metros de distancia, o bien convivir con alguno de ellos. "La gente ha sido responsable, pero nos hemos relajado en el ámbito familiar y hemos acabado contagiando a quien más queríamos", dijo la sanitaria en alusión a que los primeros casos fueron de ancianos o personas vulnerables.

Emilio Balaguer, gerente de la Cafetería Becerra, es uno de los hosteleros que cierran por responsabilidad. Admite, no obstante, que la situación es "económicamente un desastre". Repartiendo sus últimas comidas, lamentó que las pérdidas serán importantes. En la misma línea, Mª José, trabajadora del céntrico bar Manantial, confesó que el local sigue abierto "por supervivencia", pues la parroquia ha caído en picado.

El comercio andorrano también tiembla. La localidad es cabecera comarcal y muchos vecinos de poblaciones cercanas no podrán seguir comprando allí. "Esto es otro golpe para el sector; lo vamos a notar", dijo Toño Gracia, dueño de una carnicería. Carlos Sancho, que vende calzado deportivo, compartía los peores pronósticos. "La gente no bajará a Andorra; este año está siendo muy malo".

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