Teruel

Cuando las mujeres se escondían para tocar el tambor

Durante décadas, los terceroles y las gafas de sol camuflaron a las valientes que negaban que la Semana Santa fuese una celebración exclusivamente masculina

Rompida de la Hora en Calanda en los años 70.
Rompida de la Hora en Calanda en los años 70.
Archivo Antonio Royo

Hoy la Semana Santa tiene rostro de mujer en todo el Bajo Aragón, pero, durante décadas, los terceroles y las gafas de sol camuflaron a las valientes que negaban que esta fuese una celebración exclusivamente masculina. Basta con recopilar imágenes de la posguerra para comprender la distinción de sexos que había en los años 40: los hombres asumían el mando de las procesiones y ellas, convertidas en ‘manolas’, se limitaban a acompañar el paso de las peanas.

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Lucir mantilla era casi una obligación para las mujeres. Archivo HERALDO

El sereno era el encargado de vigilar que ninguna dama se colase entre los tambores y bombos y, según cuentan los más longevos de la comarca, "si alguna era descubierta, la expulsaban y le rajaban la piel del instrumento". Lo que fuese con tal de acatar determinadas presiones eclesiásticas y sociales que tardaron en desaparecer.

Durante los años 50, los pueblos bajoaragoneses siguieron frenando la igualdad. Y hasta bien entrada la década de los 60, las mujeres no comenzaron a tocar con relativa constancia. En la reconocida Calanda, el cine tuvo que entrar en escena para cambiar el destino. "En 1967 se estrenó Peppermint Frappé, película dirigida por Carlos Saura que causó furor. Uno de los protagonistas creía haber visto a una mujer tocando el tambor en Calanda y al año siguiente las mujeres comenzaron a salir", recuerda Antonio Royo, exsecretario de la Ruta del Tambor y del Bombo que, como encargado de la seguridad de las procesiones de su localidad, vivió un curioso lance por aquellos años.

"Estaba controlando el inicio de una procesión cuando, al tocar una túnica más acolchada de la cuenta, descubrí que no era el pecho de un hombre. A pesar de que todavía no estaba bien visto que las señoras tocasen, mis principios me llevaron a no delatar a aquella tamborilera. Me consta que siguió saliendo en los años posteriores", señala Royo, antes de confesar que su hermana María Pilar fue otra de las adelantadas.

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Las mujeres de la calle San Roque de Calanda. Archivo Antonio Royo

"Mi padre era un entusiasta del tambor. Su ilusión me empujó a tocar con ropa de hombre bajo la túnica, pañuelo y la cara bastante cubierta. Salíamos por la noche, pero no en la Rompida", recuerda ella, y destaca el papel que Luis Buñuel tuvo en aquellos años de transición. "La religiosidad decayó y el recogimiento se tornó en difusión. Comenzó a venir gente que no lo vive como los de aquí, pero ganamos relevancia internacional", explica María Pilar Royo, coincidiendo con las crónicas del HERALDO de entonces.

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Luis Buñuel, en la Rompida de la Hora de Calanda. Archivo Antonio Royo

"En Calanda la Semana Santa es muy informal. Tocan todos, los que llevan túnica y los paisanos. En Híjar eso no está permitido. El tambor hay que tocarlo con túnica y tampoco salen mujeres. Aunque es una opinión que puedo desmentir: he visto un par de ellas con túnica y otras tantas con tambor", reza un artículo firmado por J. Domínguez Lasierra en abril de 1970.

Y es que en Híjar costó más eliminar por completo la distinción de sexos. De hecho, aunque los mayores recuerdan haberlas visto tocar el tambor durante toda la vida a escondidas, hasta comienzos de los 90 no fueron admitidas en el acto de Romper la Hora. David Cidraque era el alcalde de la localidad y ensalza que "fueron muy pocos los varones que mostraron su contrariedad".

A partir de entonces, el número de mujeres empezó a crecer paulatinamente en las procesiones, tanto de Híjar como del resto de pueblos de la Ruta. Ellas pasaron a ser un pilar fundamental en la conservación de la Semana Santa y cuanto rodea a esta festividad de quienes la sienten. Recogieron el testigo de aquellos primeros redobles en la sombra para ser la luz de las tamborileras de ahora. Y es una suerte poder disfrutarlas.

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