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Aragón
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NAVIDAD 2008-2009

Asalariados al frío callejero de la Navidad

Vendedores, casetas de comida y artistas ambulantes ocupan también estos días festivos las vías céntricas de Zaragoza para ganarse la vida y hacerse publicidad, aunque la mala racha económica también se deja notar en la caída de las compras.

El acordeonista rumano Ionel Ene
Asalariados al frío callejero de la Navidad
PEDRO ETURA/HA

E este año me estoy hartando de vender medias docenas de castañas. Otras navidades teníamos hasta fila, pero estas fiestas parece que la gente no está tan espléndida”, exclama María Chueca mientras remueve con el rasero el género sobre las brasas. Una auténtica veterana de este tradicional oficio a sus 81 años. Desde hace 29 años regenta un puesto en la calle de Don Jaime, que se convierte en su particular escaparate a lo largo de las jornadas laborables.

La presencia de los castañeros es el síntoma inequívoco y goloso de que el invierno asoma su cabeza por el horizonte. “Solo como castañas asadas por Navidad, tengo que cumplir con esta costumbre que recuerdo desde mi niñez”, explica Luisa Catalán, una zaragozana que no se resiste a la tentación al pasar cerca y percibir el característico olor como a madera dulce.

Para las fiestas del Pilar abrió su ‘chiringuito’ y espera cerrarlo allá por marzo, cuando acabe la campaña de este fruto. “¿Para qué voy a jubilarme y quedarme en casa, que méjor televisión que estar aquí viendo pasar a toda la gente? Esta es mi vida”, explica María Chueca cuando se le pregunta por su jubilación. Emilia Bravo, una amiga de 70 años que desde hace cinco se ha convertido en su particular “ayudante”, asiente mientras se ríe y se cubre las piernas con un manta a cuadros. Su manera de hacer frente a la crisis, añadir una o dos castañas a cada cliente, quizás para que así se acuerde de volver si repite. Hay ocho puestos de castañeros en la ciudad, que pagan 107,64 euros por temporada.

La música del acordeón del rumano Ionel Ene ambienta muchos de estos días navideños el paseo de la Independencia. Por la mañana se coloca cerca de la plaza de Santa Engracia y las tardes prefiere trasladarse a la esquina de la calle Cádiz.

“Estos días más que nada sirven para hacer promoción y publicidad para que alguien te contrate para bodas, cumpleaños, comuniones y fiestas”, comenta. La gente se para a tomar nota del teléfono móvil que figura en el cartel y él siempre está dispuesto a charlar un rato. “Este año la Navidad tampoco va a salir rentable, la gente tiene un temor psicológico a la crisis y está echando menos dinero”, hace notar.

En la primavera de 2007 llegó a la capital aragonesa, después de estar cinco años en París. Cada año vuelve dos o tres meses a su país para visitar a sus padres y hermanos, pero no se plantea regresar de manera definitiva. “El sueldo medio de los rumanos es de 250 euros al mes y el coste de la vida y de la vivienda se parece cada vez más a España ¿cómo vamos entonces a retornar, si va a ser para peor?”, reflexiona.

Él está consiguiendo vivir de la música, su profesión, ya que trabajaba en un teatro de marionetas en la localidad de Pitesti. Tiene grabados tres CD, el último dedicado a ‘El sitio de Zaragoza’, aunque incluye temas de lo más variopinto. Su proyecto para este recién estrenado 2009 pasa por preparar otro con música latina bailable.

A pocos metros, la acera cercana a El Corte Inglés se ha convertido en el escenario habitual de unos clásicos de esta ‘troupe’ de artistas, el grupo ‘Elegía’. Según explican en su página web representan a la conocida escuela rusa de cuerdas y sus componentes se han formado en algunos de los mejores conservatorios de Rusia.

El Ayuntamiento de Zaragoza ha regulado la situación de estos músicos. Después de años sin tomar ninguna iniciativa, decidió controlar, al menos, a los que se instalan en el mismo lugar de forma habitual. Así, tienen que solicitar un permiso municipal y se les exige, además de tener los papeles en regla, un certificado que acredite su experiencia. Pero, en estos casos, no hay cargo económico alguno. En estos momentos, en esta situación hay cinco solistas o grupos musicales en la ciudad.

Los viandantes se sorprenden ante el títere violinista de grandes manos rosas que maneja oculto desde dentro de un teatrillo Jordi Pinar. “La calle es nuestro mundo, aquí es donde de verdad interactúas con el público”, apunta tras dejar su teatro portátil sobre un banco. “Varios días no he venido porque llovía, resulta incómodo y se estropea el material, pero si no, no falto a esta llamada”, añade.

Ahora reside en la capital aragonesa, porque está preparando un montaje sobre el poeta, historiador y dramaturgo barbastrense Lupercio Leonardo de Argensola, del que este año se celebra el 450 aniversario de su nacimiento. “Somos conscientes de que la mala época económica es igual para todos, pero tampoco estás actuando en la calle por hacer el agosto con el dinero que la gente te puede dar,”, reconoce.

Una de los primeras casetas con que uno se topa en el mercadillo de Navidad que se extiende a lo largo del paseo de la Gran Vía es el de calzados de Maite Sola, propietaria de un almacén. “Es el tercer año que estoy aquí y las ventas han caído un poco, están algo más flojas, pero tampoco se puede hablar de pérdidas”, confiesa. Abrieron al público el 13 de diciembre y continuarán al pie del cañón hasta el mismo día de Reyes. “La primera semana no vimos mucho ambiente, el tiempo tampoco acompañó y el cliente no estaba para nada animado a echar mano al monedero”, apunta parapetada tras un colorista mosaico de botas.

A pocos metros su opinión la comparte Carlos Durán, que regenta un puesto de productos naturales, inciensos, telas y artículos para fumadores. No son objetos caros, pero tampoco va a hacer precisamente el agosto. “Ha venido poca gente, de verdad, preguntar se pregunta mucho, pero comprar más bien poco y los precios se miran todo el tiempo”, dice.

La nota positiva de este zoco la pone Enrique Alcaine, un artesano zaragozano que reside en Bogotá (Colombia), y que para finales de 2009 espera poner en marcha una tienda en su tierra natal. “No me puedo quejar, están saliendo muy bien hasta los bolsas de piel que cuestan entre 50 y 60 euros. Varias personas de Italia y Teruel se han ido encantados con ellos”, asegura. Quizás el secreto resida en el toque original de sus diseños.

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