Tercer Milenio

11F-Día de la Mujer y la niña en la ciencia

Mujer y ciencia, la tubería que gotea: "He estado a punto de dejar la investigación, por falta de confianza y apuesta por mi familia"

La ciencia atrae talento femenino pero no siempre es capaz de retenerlo. Conforme avanza la carrera investigadora, gota a gota, se producen abandonos.

Marina Betancor, Rocío de Torre, Irene Pérez y Julia Herrero, en el Campus de la plaza de San Francisco.
Marina Betancor, Rocío de Torre, Irene Pérez y Julia Herrero, en el Campus de la plaza de San Francisco.
Francisco Jiménez

Pese a que realmente le gustaba trabajar en ciencia y a que agradece mucho todas las oportunidades de crecimiento personal y de aprendizaje que le brindó la carrera científica, "es una carrera muy inestable y creo que poco valorada", por eso, "al menos de momento, ya no continúo en ella". Marina Betancor Caro es una de esas valiosas gotitas que, en algunos momentos críticos, como después de doctorarse, se escapan. 

La metáfora de la ‘tubería que gotea’ describe el fenómeno: en las primeras etapas de la carrera investigadora, en muchos casos las mujeres tienen una representación mayor o igual que los hombres, pero un goteo progresivo hace que, cuanto más se avanza en la carrera, se observe una menor presencia de mujeres. El personal investigador joven en España está compuesto por un 48% de científicas, pero abandonan la carrera científica en proporciones mayores que ellos, especialmente en las áreas STEM.

El 11 de febrero celebramos el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia y se multiplican las actividades para promover las vocaciones, pero la tubería gotea. No todas las mujeres jóvenes que se incorporan a la ciencia se quedan. Incluso cuando mujeres y hombres se matriculan en programas de grado y posgrado en proporciones similares, la representación de las mujeres disminuye a lo largo de la carrera científica. ¿Por qué? Cuatro historias nos acercan a las respuestas.

"Fueron la falta de estabilidad (especialmente) y la baja remuneración los principales motivos que me han llevado a buscar oportunidades fuera del mundo de la ciencia"

Falta de estabilidad 

Tras hacer el doctorado en el Centro de Encefalopatías de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Zaragoza, Marina Betancor tuvo la oportunidad de acceder a un contrato de investigación ligado a un proyecto, "pero era un contrato temporal que no me daba demasiada estabilidad y mi salario se veía reducido" respecto a su anterior contrato predoctoral financiado por la DGA. Fueron "la falta de estabilidad (especialmente) y la baja remuneración los principales motivos que me han llevado a buscar oportunidades fuera del mundo de la ciencia". Ahora trabaja como técnico de farmacovigilancia y asistente de calidad en una consultora para la industria farmacéutica.

Sus razones aparecen reflejadas en los resultados del Informe de Situación de las Jóvenes Investigadoras en España (Observatorio Mujeres, Ciencia e Innovación, 2021): factores propios de la carrera investigadora como la inestabilidad, la dedicación, la movilidad, la competitividad o dificultades en el acceso a la financiación afectan más a las investigadoras que a los investigadores. A ello se suma un factor clave: la dedicación a los cuidados de menores y mayores a cargo y, especialmente, la maternidad.

Renunciar sin lamentos

Cuando era pequeña, a Rocío de Torre Ceijas no se le pasaba por la cabeza ser científica, "creía que eso era para personas realmente excepcionales como Einstein o Marie Curie", pero cuanto más estudiaba, más le gustaba la ciencia. Y acabó convirtiéndose en bióloga y, tras un máster en Restauración Ecológica, "en algo parecido a ser sanitaria de los ecosistemas". Su trayectoria profesional ha sido dinámica, internacional y diversa, vinculada a la docencia, a la consultoría y a la investigación. En sus decisiones han pesado factores como las posibilidades laborales, la coyuntura socioeconómica y sus circunstancias familiares y personales, "asumiendo las renuncias y sin lamentos".

Cuando empezó a salir con su actual marido, en 2011, ambos estaban haciendo la tesis. Ella había conseguido una beca para una estancia de tres meses en Wageningen (Holanda). En el verano de 2012, "Dani me sugirió que nos casásemos porque le habían ofrecido trabajar en una consultoría de investigación en Nueva Zelanda cuando acabase la tesis. Yo le dije que no era muy romántico, pero que sí, que me parecería una buena oportunidad, aposté por nosotros. Por mi lado, cabía la posibilidad más remota de irme a Sudáfrica a hacer un posdoc, pero no lo moví".

Cuando Rocío iba a pedir una beca posdoctoral en Nueva Zelanda, decidieron volver a España. Su marido había conseguido un contrato en el Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón. "Queríamos formar una familia y yo ya tenía 33 años, a los 35 hay una bajada drástica de la fertilidad". Para estos planes vitales, Nueva Zelanda era "un paraíso muy muy lejano, 36 horas de vuelo sin escalas", demasiado para mantener los lazos familiares. 

De vuelta en España en 2015, África nació un año después. Durante ese año, de alta como autónoma, Rocío fue consultora de investigación; después, pasó al mundo de la educación, "que en principio se puede conciliar mejor con la crianza". Y llegó su segundo hijo, Gael. Aunque fueron "seis años extraordinarios en el colegio Santo Domingo de Silos, algo me faltaba, echaba de menos el mundo de la investigación en todas sus dimensiones". Así que su historia se ha reenganchado a la ciencia con una plaza temporal en Unizar asociada a un proyecto europeo, Resilient Rules, donde lleva a cabo labores de investigación y gestión.

"Al querer vivir en pareja y que esta me sacara ventaja temporal y en producción científica, siempre hemos apostado por su carrera, con muchas más probabilidades de éxito"

Se siente una persona comprometida con la ciencia y la educación a la que le "ha sido difícil tener una carrera continua en ciencia por el escaso número de publicaciones que yo tenía tras la tesis; además, al querer vivir en pareja y que esta me sacara ventaja temporal y en producción científica, siempre hemos apostado por su carrera, con muchas más probabilidades de éxito; todo esto sumado a las dificultades de financiación de la ciencia en España".

Los estudios estiman que para las mujeres existe un 19,5% más de riesgo que sus compañeros de dejar la carrera investigadora, lo que les da a los científicos varones una gran ventaja acumulativa a lo largo del tiempo y contribuye a las diferencias de productividad entre los sexos. Además, el desigual abandono por sexo no se limita al personal investigador principiante, sino que persiste a lo largo de las siguientes etapas de la carrera científica.

Rocío de Torre, Julia Herrero, Irene Pérez y Marina Betancor, en el Campus de Unizar
Rocío de Torre, Julia Herrero, Irene Pérez y Marina Betancor, en el Campus de Unizar
Francisco Jiménez
"El haber estado principalmente rodeada de investigadores seniors hombres, al principio con pocos referentes femeninos, pudo afectar a mi confianza personal"

A punto de dejarlo

La persona que está al frente del proyecto en el que trabaja Rocío de Torre se puede considerar un caso ‘de éxito’ porque es una investigadora relativamente joven, en proceso de estabilización en Unizar como investigadora Ramón y Cajal, que dirige a un grupo de nueve investigadores en el Instituto Agroalimentario de Aragón y con una millonaria financiación europea e importantes colaboraciones internacionales. Sin embargo, la bióloga Irene Pérez Ibarra ha estado varias veces a punto de dejar la ciencia. 

Las razones fueron "la falta de confianza en mí misma y la apuesta por el bien de mi familia". Durante la tesis, que realizó sin beca, en su tiempo libre, "tenía claro que me gustaba la investigación, pero no sabía si era lo suficientemente buena para dedicarme a ella". Se recuerda "insegura y con poca autoestima; el haber estado principalmente rodeada de investigadores seniors hombres, al principio con pocos referentes femeninos, pudo afectar a mi confianza personal".

La edad crítica del abandono de la carrera investigadora en mujeres es cuando deciden formar una familia. Irene se topó con una sorpresa: "Cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, estaba disfrutando de una beca posdoctoral en Estados Unidos y me dijeron que mi seguro español en el extranjero no cubría los gastos médicos del embarazo o parto". Estuvo a punto de dejar su financiación de investigación para tener a su hijo en España. Afortunadamente, lo pudo solucionar y continuar con sus planes personales y profesionales. 

El otro momento crítico fue cuando, "por el bien de la familia, apoyé la carrera profesional de mi marido, al que le habían ofrecido un puesto de docente-investigador en una universidad americana en Nueva York". Aquel contrato "tenía mucha más proyección que el que yo tenía, por lo que lo dejé todo". En ese momento estaba embarazada de su segundo hijo. "Empezar de cero con dos niños pequeños en una gran ciudad, sin ninguna red social, me condujo a una baja maternal de casi dos años y a plantearme otros futuros profesionales alternativos a la ciencia". 

Antes de decidir ser madre, Irene recuerda conversaciones con dos investigadoras muy prestigiosas en su campo que le mostraron la otra cara de la moneda. "Ambas habían decidido no ser madres por la incompatibilidad con el desarrollo de una carrera científica de excelencia". El Informe Mujer y Ciencia en la Universidad de Zaragoza presentado en 2023 refleja que la mujer que tiene hijos durante el tiempo de promoción a titular de universidad desde contratado doctor tarda casi tres años más que las que no tienen hijos en alcanzar la titularidad.

En su opinión, "la carrera investigadora es muy competitiva, es como una carrera de fondo en la que, si te quedas rezagada, es muy difícil remontar". Ahora ve claro lo necesario que es "establecer medidas para conseguir que científicas y científicos que deseen formar una familia no se vean perjudicados". El año pasado, Irene se juntó con un grupo de madres científicas –Esther Sebastián (Universidad de Alicante), Alejandra Morán (Creaf-CTFC), Ana Sanz (Imedea), Eva Graciá (Universidad Miguel Hernández) y Mar Sobral (Universidad de Santiago de Compostela)– para discutir los problemas que tienen las mujeres para continuar en la academia cuando deciden formar una familia. 

Tras darse cuenta de que "nuestra experiencia personal no era algo anecdótico, sino que, desgraciadamente, es generalizado en el mundo académico" –en Estados Unidos alrededor del 50% de las científicas abandona la ciencia después de la maternidad–, propusieron diez medidas en un artículo publicado en la revista ‘Plos Computational Biology’. 

Las diez medidas propuestas por las científicas
Las diez medidas propuestas por las científicas
Universidad de Zaragoza

Diez ideas sencillas para instituciones y grupos de investigación, orientadas a favorecer un ambiente más amable y compatible con la maternidad. Desde el apoyo durante el embarazo hasta el equilibrio entre la vida laboral y personal o las oportunidades de avance profesional de las madres. Unizar aplicará al curso que viene una nueva medida en la que las madres pueden reducir durante dos años su carga docente en un máximo de 30 horas.

Gota a gota

En 2018, en plena crisis, Julia Herrero, física, veía muy de cerca el gota a gota de la tubería y contaba: "Tengo muchísimas amigas que están dejando la carrera científica ahora, después de años de intentar: un posdoc aquí, otro allá, unos meses de paro, una mierda de contrato... y me da mucha pena, porque ahora pueden ser unas administrativas fantásticas, pero después de haber hecho una tesis, un posdoc, haber publicado artículos en las mejores revistas y, de repente, porque tienes un hijo y necesitas darle un futuro, decides abandonarlo todo y prepararte oposiciones... Eso los hombres que yo tengo alrededor no lo están haciendo. Están expuestos a menos sesgos y si una persona en la pareja se tiene que sacrificar, suele ser la mujer". 

"Cuando hay pocas plazas, se las sacan muy preferentemente los hombres; cuando hay muchas, nosotras podemos lucharlas mucho mejor"

Cinco años después, Julia ha conseguido una plaza de profesora titular en la Universidad de Zaragoza y tiene dos hijas, lo que la empuja a hacer malabarismos, con todo el apoyo de su pareja, para acudir a un congreso. En estos años ha visto cómo "las mujeres cercanas a mi edad (ahora con casi 40 y hasta los 45) que habíamos ‘aguantado’ nos hemos estabilizado masivamente". Ocurre que "cuando hay pocas plazas, se las sacan muy preferentemente los hombres; cuando hay muchas, nosotras podemos lucharlas mucho mejor".

Estas cuatro historias hablan de abandonos y renuncias, de idas y vueltas, de equilibrismo y resistencia. Para Irene Pérez, "es importante contar las dificultades por las que pasa la carrera científica de una mujer, una responsabilidad para animar a otras que se encuentren en la misma situación en la que estuvimos nosotras".

El efecto tijera

El porcentaje de investigadoras sigue aumentando y representa ya el 42% del personal investigador de España (45% en Aragón). Aunque algo se avanza, los datos siguen reflejando la desigualdad entre hombres y mujeres. En las universidades (‘Científicas en Cifras 2023’. Ministerio de Ciencia e Innovación, curso 2020-2021), las mujeres representan el 56,3% del alumnado en estudios de grado y el 50,3% en estudios de doctorado. Pero a medida que avanza la carrera investigadora (grado D hasta grado A), la proporción de mujeres desciende y solo una de cada cuatro mujeres es catedrática (24,7% en 2020 en la Universidad de Zaragoza). 

Este efecto tijera o pinza también se observa dentro de los organismos públicos de investigación: según avanza la carrera investigadora, hay una menor proporción de mujeres, bien porque abandonan o bien porque no promocionan. Como señala el informe ‘Mujer y Ciencia en la Universidad de Zaragoza’, “esta situación de hegemonía de los hombres tiene implicaciones de importancia, no solo sobre la promoción profesional, sino en cuestiones relacionadas con el liderazgo y la investigación”.

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