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Víctimas del Yak: "Haber perdido hijos, maridos y padres no sirve para nada porque Afganistán vuelve a estar igual"

María Saz y Victoriano Muñoz sufrieron la muerte de sus hijos, militares, en el accidente del Yak en 2003. Uno desactivaba explosivos y otro educaba chicos en Kabul.

María Sanz (izquierda) y Victoriano Núñez, con su hija María Pilar y nieta María, en el Memorial
María Sanz (izquierda) y Victoriano Núñez, con su hija María Pilar y nieta María, en el Memorial
Toni Galán

Cuando se reúnen en el monumento del Memorial del Yak en Zaragoza, María Saz y Victoriano Muñoz coinciden en que "el Afganistán de hoy va a ser un desastre" y, sobre todo, las mujeres van a perder la libertad que habían ganado en los últimos 20 años. Lo afirman con conocimiento de causa porque perdieron a sus hijos, ambos militares (el brigada Sergio López Saz, de 42 años, y el comandante José María Muñoz, de 40), cuando regresaban de aquel país en el accidente aéreo del Yak-42 en mayo de 2003.

"Después de todo lo que han hecho los españoles en Afganistán, me parece una barbaridad lo que está pasando", lamenta Victoriano Muñoz. Su hijo fue a dar clases de español en la Universidad de Kabul en su primera misión, ya que estaba destinado en Intendencia en Madrid, y le convenció el comandante José Manuel Ripollés para ir a Afganistán.

A María Saz, su hijo Sergio le comentaba que "la guerra de Afganistán nunca acabaría por el problema de las religiones". "Y así ha pasado porque vamos hacia atrás, sobre todo para las mujeres, que eran las primeras y ahora no son dueñas de nada", lamenta la madre, que se entristece cuando ve en los informativos lo que sucede en Kabul.

El padre y la madre de las dos víctimas del Yak destacan que sus hijos "hicieron un camino con mucho sudor y trabajo" desde sus diferentes misiones. Sergio Saz era desactivador de explosivos y era la cuarta vez que acudía a Afganistán (también estuvo en Iraq y Bosnia). "Costó muchas vidas y al ver lo que pasa en Afganistán se te cae el alma, sobre todo con las mujeres, que ahora no son dueñas de nada con todo lo que se ha luchado para que pudieran conducir e ir a la Universidad. Pero otra vez eso se acabó", critica María Saz.

María Saz muestra una foto de su hijo, desactivador de bombas.
María Saz muestra una foto de su hijo, desactivador de bombas.
Toni Galán

A Victoriano Núñez le parece que el futuro de Afganistán es lúgubre y lo dibuja con dos imágenes del pasado: "Los hombres se dejarán la barba y las mujeres, como si no existieran".

Los recuerdos de Afganistán llenan los armarios de las casas de estas dos familias con las fotografías que les enviaban sus hijos cuando estaban destinados en Kabul. Nuñez dice que su hijo transmitía que estaba "muy contento" por su misión y su hija María Pilar se pregunta que habrá sido de la niña afgana de dos años a la que hubiera querido adoptar para traerla a España y vivir con sus dos hijas (de 2 y 7 años).

"La niña estaba en la calle con su madre y mi hermano siempre les llevaba comida que hacían en el cuartel, como paella. La madre llevaba escondida debajo de la falda a su hija y le daba de comer allí", recuerda María Pilar.

Las necesidades que transmitían los militares a sus familias provocaban respuestas solidarias que se convertían en gestos de ayuda humanitaria. Cuando una sobrina de José María Núñez apenas tenía 4 años, en su clase del colegio Josefa Amar y Borbón, en el barrio zaragozano del Actur, hicieron una recolecta de material para repartirlo entre los chicos y chicas afganos necesitados. El militar lo repartía y luego les enviaba fotos al colegio y a la familia para que vieran cómo lo distribuía.

Lo mismo hacía Sergio López Saz, que pedía a sus familiares que le enviaran paquetes con chucherías, bolis o gomas y los entregaba en los colegios de Kabul. "Se acordarán de estos chicos nuestros en Afganistán. Algo habrá quedado allí. Hicieron una acción humanitaria", destaca María Saz ante la triste situación actual y de futuro de un país en el durante 19 años han estado destinados militares de todos los países de la OTAN. "Lo que ellos hicieron allí, al menos se queda", coincide Victoriano Muñoz.

José María Muñoz, con una niña de dos años durante su misión en Kabul
José María Muñoz, con una niña de dos años durante su misión en Kabul
Foto cedida

El Ejército español perdió 102 militares en Afganistán, entre los destacan especialmente los 62 fallecidos del accidente del Yak y 17 de un helicóptero. A la hora de cerrar la historia, María Saz opina que "haber perdido muchos hijos, maridos y padres no sirve para nada porque vuelve a estar todo igual" ya que han regresado los talibanes al Gobierno del que Estados Unidos los expulsó en 2001 tras el atentado del 11-S a las Torres Gemelas.

En la cara del padre y la madre de los dos militares fallecidos siempre queda que "los culpables del accidente no han cumplido". En eso coinciden con Paco Cardona, un valenciano que perdió a su hijo, el sargento Francisco Cardona Gil, mecánico del Ala 31 en la Base Aérea de Zaragoza y lo resume con una frase: "No sé si valió la pena ir a Afganistán, solo sé que a mí me quitaron un hijo". Pero su batalla le permitió recuperar los restos de su hijo, que estuvo entre los 30 no identificados en el Instituto Forense Adli Tip de Estambul (Turquía), que los devolvió al Gobierno de España en 2020. A María Saz también le devolvieron los de su hijo.

Esta semana se supo que el Ministerio de Defensa olvidó el ascenso honorífico de 26 militares muertos en misiones de los 178 fallecidos. De ellos cuatro estuvieron en Afganistán y uno era el sargento José María Sencianes, del Ala 31, quien murió en el Yak.

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