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Raúl Izquierdo, ganadero de bravo: “He tenido que empezar a sacrificar. Los animales tienen que comer, haya eventos o no”

Con las fiestas populares suspendidas, el negocio, dedicado a encierros, sueltas y toros embolados, no tiene ingresos desde el verano de 2019.

Raúl ha tenido que alimentar a biberón a este becerro, cuya madre fue sacrificada.
Raúl ha tenido que alimentar a biberón a este becerro, cuya madre fue sacrificada.
Heraldo

Con las fiestas populares totalmente suspendidas desde que estalló la crisis de la covid, la ganadería de reses bravas de Raúl Izquierdo no genera ningún tipo de ingreso desde el verano de 2019. La explotación se sitúa en la localidad de Codo, donde actualmente cría a unas 130 reses, entre becerros, vacas y toros, para la posterior organización de eventos. Los más demandados son encierros, toros embolados y sueltas en plazas. Actividades, todas ellas, que han prácticamente desaparecido.

“El año pasado se organizaron diez eventos en todo Aragón y solo se permiten en plazas de toros, no por la calle”, explica Raúl. Y es ahí, precisamente, en las calles de los pueblos, donde más éxito tienen sus eventos. “Lo más demandado son los encierros”, añade.

Al tratarse de actividades en las que no se puede controlar el aforo y que suelen aglutinar a un elevado número de personas, los Ayuntamientos las descartaron por completo el verano pasado. Y para este de 2021 pinta parecido. “Todo dependerá de cómo vaya el ritmo de las vacunas y de que los alcaldes apuesten por este tipo de eventos”, reflexiona Raúl.

Con este panorama, Raúl ha tenido que llegar al extremo de empezar a sacrificar reses de su ganadería para tener menos bocas que alimentar. “Los animales tienen que comer todos los días, tengamos eventos o no”, explica. A estos gastos de manutención hay que sumar los de mantenimiento de las instalaciones, una explotación de 12 hectáreas, y otros protocolos de sanidad obligatorios por ley. En total, tiene unos gastos anuales de alrededor de 40.000 euros. Una cifra muy elevada cuando los ingresos son cero.

“He recibido un par de ayudas pero la cuantía no llega a los 5.000 euros. Se agradecen pero no son suficientes”, lamenta. Como último recurso, este ganadero ha tenido que optar por sacrificar algunas de sus piezas y venderlas para consumo. Tampoco es que sea un negocio muy rentable, ya que en los mataderos se paga el kilo de carne a 1 euro (unos 150 ó 200 euros por una vaca buena) pero, al menos, reduce gastos. “Es muy difícil y da mucha pena tener que hacerlo, pero si no, ya hubiera tenido que cerrar”, asegura.

Por suerte, la ganadería no es su único empleo. Por las tardes, trabaja en una fábrica de Albalate del Arzobispo, localidad en la que vive entre semana. “Gracias a que tengo un sueldo todos los meses puedo dar de comer al ganado. Ahora todo lo que gano va para los animales”, reconoce.

Con 28 años y sin familia a su cargo, Raúl ha podido aguantar en esta situación tan complicada durante casi un año pero teme no poder sobrevivir a otro verano sin eventos.

Hacer de su afición una forma de vida

A las dificultades económicas que está atravesando el negocio de Raúl se suma un importante componente emocional. Su tío tenía ganado y desde bien pequeño ha vivido en este ambiente. A los ocho años ya estaba por la finca y recorría con sus padres y abuelos los pueblos de alrededor para acudir a encierros y otros eventos taurinos.

Una afición que Raúl siempre quiso convertir en su forma de vida. Así, hace cuatro años, se lanzó con su propia ganadería cuyo éxito, hasta que llegó la covid, ha ido de menos a más. “Para 2020 tenía contratados 70 eventos, casi todos en pueblos de Aragón, pero también iba a ir a Castellón, Tarragona, Valencia o Navarra”, explica Raúl.

"Mi ilusión  es seguir adelante pero hay días que llego, miro a los animales y pienso que no sé qué voy a hacer con ellos"

Para hacer frente a este volumen de trabajo, Raúl necesita disponer de un elevado número de reses preparadas. Por eso, ir sacrificándolas tampoco es la solución de cara a un futuro, cuando los eventos se recuperen. “Para un encierro se suelen llevar a 10 ó 12 vacas, que después tienen que descansar durante una semana. Si tengo otro evento al día siguiente, necesito contar con otros tantos animales disponibles”, explica.

Su pasión por los animales hace, además, que mandarlas al matadero sea muy duro. “Mi ilusión es seguir adelante pero hay días que llego, miro a los animales y pienso que no sé qué voy a hacer con ellos como esto siga así”, dice, preocupado.

Tanto él como sus compañeros de profesión piden a las autoridades que se les tenga en cuenta y que las ayudas sean proporcionales al perjuicio que les supone no poder trabajar. “Entiendo que la situación es complicada pero también necesitamos sentirnos valorados”, asegura.

Mientras tanto, Raúl Izquierdo, apasionado del campo y de sus animales, sigue luchando por sacar adelante a sus reses, con o sin eventos.

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