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coronavirus en aragón

Residencias: tratar, contener y prevenir

Un equipo de sanitarios trabaja contrarreloj para tratar, contener y prevenir el contagio del coronavirus en las residencias aragonesas, donde han fallecido medio millar de ancianos.

El equipo de EDORE atiende a un paciente con coronavirus acompañado por las gerocultoras de la residencia
El equipo de EDORE atiende a un paciente con coronavirus acompañado por las gerocultoras de la residencia
Gervasio Sánchez

Yolanda Morte, de 33 años, médico de familia del Centro de Salud de la Jota, tiene una memoria prodigiosa y recuerda sin apenas errores en qué habitación se encuentra cada uno de sus pacientes de una de las residencias que visita durante su turno de la tarde. A su lado, Juan Antonio Álvarez, de 45 años, enfermero de atención continuada, no pierde la calma ni siquiera cuando se entera de que hoy ya no existen dos mujeres que atendieron ayer. Forman una de las parejas sincronizadas del Equipo de Atención Domiciliaria de Residencias (EDORE), creado el 28 de marzo en la Zona 1, una amplia área sanitaria de la capital aragonesa, que incluye barrios rurales y localidades cercanas como Bujaraloz, Alfajarín o Zuera, donde hay 51 residencias y 3.500 residentes. La pandemia de coronavirus ha sido inclemente con las residencias aragonesas. 495 de los 681 fallecimientos han ocurrido en centros de ancianos, un 72% de total y, además, 137 brotes del virus afectan en la actualidad a este tipo de establecimientos, incluidos los especializados en personas con distintas discapacidades, según cifras de Salud Pública.

La doctora Morte evalúa un test rápido
La doctora Morte evalúa un test rápido
Gervasio Sánchez

El coordinador de la residencia informa a Yolanda de dos muertes ocurridas en la madrugada. "Por eso te he preguntado si vendrías a primera hora de la tarde porque llevo aquí desde las tres de la mañana y estoy agotado", comenta. ¿Cuánto tardaron en llegar los servicios funerarios? En apenas media hora se presentaron en ambos casos.

Llevaron los ataúdes hasta las habitaciones, los pusieron en el suelo, introdujeron los cadáveres, rociaron con desinfectante los interiores, cerraron, precintaron y se fueron», explica visiblemente impresionado. "Cuando el bicho entra en una residencia se expande con gran velocidad y es muy poco lo que se puede hacer contra él. Los pacientes están tan débiles que se pueden morir en horas. Una gripe normal también puede provocar el mismo daño, pero el Covid-19 actúa con más rapidez", resume Juan, y añade otras complicaciones: "el periodo de incubación puede multiplicar el número de casos antes de ser detectado y, además, el personal que trabaja en las residencias puede ser asintomático".

Golpeadas psicológicamente

Para Yolanda lo más duro "es la impotencia entre las gerocultoras que conocen desde años a los beneficiarios. Saben que una persona se puede morir de un atragantamiento o de una simple gripe, pero no están preparadas contra la letalidad fulminante de este bicho y quedan muy golpeadas psicológicamente".

"¿Se acuerda de que la visité ayer?", pregunta Yolanda con dulzura a una paciente antes de ponerle el pulsioxímetro para medirle la saturación de oxígeno en la sangre y el ritmo cardíaco. "¿Ha tenido fiebre?", pregunta. "Décimas", responde el coordinador. "La vamos a llevar al hospital para que le pongan medicación por la vena", le cuenta la doctora a la señora. "No quiero ir porque ayer me dijeron una cosa y hoy otra", responde la mujer desorientada. "Ayer fue un día complicado pero le aseguró que hoy sí va al hospital", concluye.

"¿Olía mal en la residencia a vuestra entrada?", pregunta el coordinador. "No, qué va", responde Juan, el enfermero. "Es que he perdido el olfato por el contacto con la lejía", explica el responsable de la residencia. "En todo caso, contrólate la temperatura porque también es un síntoma del coronavirus", le recomienda.

Una de las trabajadoras de la zona infectada explica que tiene hepatitis autoinmune y se está medicando. "No puedes trabajar aquí. Estas tomando una medicación para preservar tu hígado. Aunque el test rápido haya salido negativo, tus defensas están bajas y es lógico el cansancio que sientes", le contesta Yolanda.

Juan ha preguntado por la organización de los turnos. "Debería entrar siempre el mismo personal en las zonas infectadas. Sabemos que hay poco personal porque hay muchos trabajadores de baja con síntomas. Los pacientes tienen que estar bien atendidos, pero vuestra seguridad es lo primero", explica. Con cariño le dice a una de las gerocultoras: "Eso que acabas de hacer es fatal. ¿Sabes por qué? Al tocar el interior de esa máscara ocular con los dedos puedes transmitirte el virus si lo tienes en los guantes. Yo mismo cometo errores todo el rato".

Ambos se quitan los trajes antes de abandonar la zona infectada. Lo hacen con mucho cuidado, marcando uno al otro los pasos que hay que dar y pidiendo a las trabajadoras que observen, como si se tratase de una práctica. "Primero el plástico exterior, después los envoltorios de los zapatos, los guantes exteriores, los manguitos y la segunda mascarilla. Ese es el orden", explica el enfermero. "¿Dónde habéis conseguido los manguitos", pregunta una de las trabajadoras. Juan responde socarrón: 2No os lo debería decir, pero nos los ha donado el matadero de Zuera". Las tres batas reutilizables se quedan en la residencia aunque se les pide a las trabajadoras que las rocíen con lejía diluida y las dejen secar durante nueve horas antes de volver a usarlas.

Las enfermeras Tamara Montesinos y Belén Sanz hacen un test rápido
Las enfermeras Tamara Montesinos y Belén Sanz hacen un test rápido
Gervasio Sánchez

Antes de abandonar la residencia Yolanda ordena el traslado de otras tres residentes con síntomas de la llamada ‘zona limpia’ a una intermedia hasta que se les puedan hacer las pruebas y decidir si se quedan en ella o pasan directamente a la denominada ‘zona sucia’, donde están alojadas las personas positivas de coronavirus.

Atención domiciliaria a residencias

Cuatro médicos, seis enfermeras y un administrativo, dotados con dos coches y en dos turnos de ocho de la mañana a ocho de la tarde, forman el Equipo de Atención Domiciliaria de Residencias (EDORE), que se creó para cubrir las urgencias domiciliarias y que ya trabaja contrarreloj para "tratar, contener y prevenir" el contagio en las residencias.

"Consideramos las residencias como comunidades de entorno cerrado o microciudades y actuamos lo antes posible para detectar el virus antes de que se expanda", explica Luis Miguel García, 45 años, también médico de familia del equipo, y presidente de la Sociedad Aragonesa de Medicina de Familia que aglutina a 700 profesionales.

"Acordaos de que el gel no limpia la superficie oculta por un anillo, pero el virus sí puede alojarse en esa zona porque no conoce límites"

Hasta el viernes habían testado a unos 500 trabajadores de unas 21 residencias y encontrado a unos 30 infectados. En test rápidos a ancianos residentes habían detectado otros 40 casos y contabilizado unos 40 muertos por el virus. La cifra con test positivo en Covid-19 asciende a 1.653, entre trabajadores y residentes de los diferentes centros de mayores de Aragón, según datos oficiales.

La doctora Yolanda Morte conversa con el doctor Diego Pueyo
La doctora Yolanda Morte conversa con el doctor Diego Pueyo
Gervasio Sánchez

Diego Pueyo, 29 años, otro de los médicos de familia del equipo, es partidario de visitar las residencias sin avisar para saber si están siguiendo los protocolos con rigurosidad, y asegura que ha sido una buena idea crear esta unidad de actuación que ya se quiere copiar en otros sectores sanitarios de Zaragoza. "La pandemia ha sacado a la luz pública los problemas de las residencias que todos conocíamos, incluidas las instituciones públicas de Aragón, aunque siempre se hizo la vista gorda", explica sin remilgos y hurga en la herida: "La atención primaria está abandonada y sin recursos. En medicina todo es prevención y una atención primaria bien organizada evitaría la sobrecarga de las hospitalizaciones". Aunque "como soy joven", dice, espera que esta pandemia obligue a un mayor control de las residencias de la tercera edad.

"La pandemia ha sacado a la luz los problemas de las residencias que todos conocíamos, incluidas las instituciones públicas de Aragón, aunque siempre se hizo la vista gorda"

Alberto Arguedas es el administrativo de EDORE. "Ha costado semanas pero ahora sí que fluye la información entre las diferentes entidades (Salud Pública, Servicio Aragonés de Salud y el 061) que luchan en esta pandemia. Tenemos una plataforma conjunta de datos. En cuanto salta la alerta en una residencia hay un equipo preparado para actuar rápidamente", explica mientras introduce los nuevos datos en el ordenador.

Test rápidos para toda la plantilla

El equipo formado por Yolanda y Juan se traslada a otra residencia para hacer test rápidos a la plantilla. El enfermero está muy contento porque le acaban de informar de que han llegado 1.200 test más. "La semana que viene podremos testar a todos los trabajadores de las residencias que nos faltan", explica. La directora, que estuvo en cuarentena, afirma que ninguno de sus 32 residentes es positivo aunque tiene a algunos aislados con síntomas. En apenas 30 minutos se hacen test a los 16 trabajadores y todos salen negativos. A la entrada de otra residencia Juan le pide a Yolanda que se quede a descansar en el coche hasta que él termine de hacer los test rápidos a 18 residentes. Es una residencia muy golpeada por la pandemia. Han muerto 23 de los 97 residentes, 21 con coronavirus y los otros dos con síntomas. Hay 15 hospitalizados y otros cinco han sido trasladados a otras residencias. "He perdido la cuenta del personal infectado. Diría que unos 20, pero igual son más", responde la responsable.

"He perdido la cuenta del personal infectado. Diría que unos 20, pero igual son más"

Casi todas son mujeres que se están preparando para la hora de cenar. Llevan una semana sin síntomas. Los resultados de los test son un gran mazazo. La suma es categórica: 14 de las 18 personas testadas son positivas. "Me estoy agobiando", declama la responsable. "Que las compañeras que están repartiendo las cenas tomen todas las medidas de precaución. Han podido pasar la enfermedad y ya no contagian, pero no lo sabremos hasta que no hagamos las PCR (siglas en inglés de Reacción en Cadena de la Polimerasa, que detecta el coronavirus con alta especificidad y sensibilidad en las primeras fases de la infección respiratoria). Pero siempre hay que ser precavido", comenta Juan.

Tamara Montesinos, de 30 años, Belen Sanz, de 24, y Enrique Alegre, de 25, son enfermeros y llevan trabajando juntos desde hace apenas una semana en EDORE. Las dos primeras han realizado la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria y el joven ha sido contratado en la bolsa de trabajo. "La pandemia nos ha obligado a adaptarnos a una situación que desconocíamos. A los que tienen más experiencia y a los que estamos empezando. Lo importante es trabajar con motivación", reflexiona Belén. Para Enrique, "el ambiente de trabajo que me he encontrado en este grupo es genial. Hay días de más estrés y ansiedad, pero el apoyo de los compañeros hace que todo sea más fácil". "No contamos las horas de trabajo porque en casa dedicamos mucho tiempo a informarnos y formarnos", dice Tamara.

Las residencias son las primeras interesadas en ser lugares seguros porque se juegan su prestigio y se están tomando en serio las recomendaciones que hace este equipo también especializado en la formación en prevención y contención. Las dos enfermeras prefieren trabajar con un grupo reducido de formadores, que luego enseñen al resto de la plantilla, antes que juntar a cincuenta personas en un espacio cerrado.

"No contamos las horas de trabajo porque en casa dedicamos mucho tiempo a informarnos y formarnos"

Tamara y Belén visitan una de las residencias más golpeadas por el virus de Aragón y posiblemente de España. Ha habido decenas de fallecidos y más de 20 trabajadores de baja por infección. La responsable explica que hay ocho casos de coronavirus confirmados en la residencia, otros cuatro ingresados en el hospital y 18 sospechosos aislados en dos plantas de un total de 89 residentes. 63 trabajadores se hacen el test rápido y 11 salen positivos. "Vamos a pedir las PCR para todos, pero tienen que dejar de trabajar inmediatamente", aconseja Tamara. Una de las responsables dice con lógica: "Se tendría que coordinar la prueba de test rápido con la PCR para decidir sobre cada caso en horas y no en días". Las enfermeras de EDORE se comprometen a agilizar las pruebas aunque no dependen de ellas.

"Se tendría que coordinar la prueba de test rápido con la PCR para decidir sobre cada caso en horas y no en días"

Un auxiliar de la residencia comenta que "lo mejor es que te salga positivo el test rápido y negativo la PCR porque de esta manera ya eres inmune y puedes donar hasta sangre". Belén le rebaja la euforia: "En otras circunstancias te diría que sí. Pero con el Covid-19 no hay estudios que lo prueben. Es un virus que conocemos desde hace poco tiempo y apenas sabemos algo de su comportamiento". Y añade: "Una persona que dio positivo en la PCR hace semanas, como le ocurre a una doctora de la residencia, tendría que volver a dar positivo en este test rápido porque ya tiene anticuerpos. Pero también es posible que el número de anticuerpos circulando por la sangre haya disminuido tanto que este test no lo detecte".

Las enfermeras utilizan material visual en sus charlas. Insisten en no bajar la guardia y riñen cariñosamente a la totalidad de los trabajadores por el mal uso del gel de manos al desinfectarse. Recomiendan no llevar anillos, pulseras, relojes, pendientes. Tamara culmina: "Acordaos de que el gel no limpia la superficie oculta por un anillo, pero el virus sí puede alojarse en esa zona porque no conoce límites".

"Todo ha ocurrido en apenas una semana. No me lo puedo creer"

Yolanda coteja la lista de residentes con el coordinador. Durante 10 minutos cronometrados aparecen nombres y diagnósticos. Sanos y enfermos. Vida y muerte. En zona limpia. Fallecido. Hospitalizado. Fallecida. En zona limpia con décimas de fiebre. Positiva. Diarreas pero sin fiebre. Apuradica en zona sucia. Hospitalizado. En zona limpia. Fallecida. Fallecido. Pendiente de PCR sin síntomas. Hospitalizada. Picos de fiebre por la noche. Fallecida. Pendiente de PCR. En zona limpia, aislada por contacto con positiva... "Todo ha ocurrido en apenas una semana. No me lo puedo creer", precisa el coordinador con signos de agotamiento.

Manos reveladoras

Todas las manos tienen una gota de sangre. Necesaria para el test. Ninguna se parece aunque todas sufren las inclemencias del paso del tiempo. Manos envejecidas, arrugadas, secas, escamosas, temblorosas. Algunas con traumatismos cutáneos, manchadas de rojo o violeta. Manos reveladoras y expresivas. Manos de 27 huesos, 29 articulaciones y 123 ligamentos. Manos con pulgares opuestos como los koalas. Manos con historiales de caricias. Manos con dedos que rozaron más rostros que móviles. Manos que acunaron, vistieron y dieron de comer durante años, cocinaron y trabajaron durante décadas. Manos "revestidas de piel de invencible corteza, inagotables y generosas fuentes de vida y riqueza", como escribió Miguel Hernández. Manos que fueron jóvenes, suaves, cremosas. Manos "más puras que las rosas", como describió Juan Ramón Jiménez. Manos o mano "que despacio se mueve, transparente, tangible, atravesada por la luz, hermosa, viva, casi humana en la noche", como narró Vicente Aleixandre. Manos con historias ensortijadas y desconocidas. Manos ajenas que se parecen mucho a las manos queridas, aquellas manos que se fueron sin la última caricia. Manos de personas confinadas y confundidas, atrapadas en la violencia de un virus sin compasión que impone el tiempo de vida.

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