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Nati Cañada: "Lo difícil no es pintar, sino saber cómo hacerlo"

Ha realizado casi 5.000 retratos en 11 países, algunos a figuras como Don Juan Carlos o Raphael. Desde hace una década triunfa como pintora religiosa.

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Nati Cañada
Enrique Cidoncha

Usted iba para médica.

Pero desistí cuando faltaban 15 días para empezar en la Universidad. Mi padre me dijo: "¡Tú serás pintora!".

Aprendió con él, con Alejandro Cañada. Hoy el dibujo no está del todo bien visto.

Admiro a los que no saben dibujar, a veces me gustaría olvidar lo que sé, pero no puedo. Mi pintura está basada en el dibujo. El haber trabajado tanto la técnica hace que apenas corrija. Para mí lo difícil no es pintar, sino saber cómo quiero hacerlo.

Su fama como retratista ha trascendido fronteras. ¿Cuándo descubrió el género?

Cuando tenía 17 o 18 años, un lunes por la tarde en el estudio que tenía mi padre en la calle de Miguel Servet. Las clases de retrato eran de dos horas diarias, de lunes a sábado. El último día tenías que presentar el retrato que habías hecho a lo largo de la semana. Posaba, lo recuerdo bien, Celia Orós, que luego sería la mujer de Bigas Luna. Ese mismo lunes por la tarde acabé un retrato al óleo, cambié de sitio el caballete e hice otro, y luego otro más. Hice lo que normalmente se hacía en tres semanas. Pintaba con furia desmedida.

¿Qué es un buen retrato?

Algo indefinible. Yo lo llamo "un retrato redondo" y, para serlo, lo tiene que ver el pintor, no el espectador. Hay retratos que salen a la primera y otros que no hay manera. Para mí, ‘redondo’ es el retrato que le hice, por ejemplo, a Plácido Domingo. Es importante que el modelo te trasmita una sensación, solo una, y que tú la captes. Y no tiene por qué ser una sensación buena.

¿Dulcifica mucho los retratos?

Algo, pero no es buscado. No es voluntario, de verdad. Le explicaré: como he sufrido en la vida, siempre tiendo a ver el lado más positivo de las cosas y de las personas. Y lo reflejo en mi pintura.

Aunque no ha abandonado el retrato, que le ha hecho famosa en todo el mundo, en la última década está siendo muy aplaudida por sus murales religiosos.

Mi padre pintó muchos murales, y tras la guerra hizo uno para la iglesia de Oliete, donde nació. Decía que mi hermana y yo teníamos que hacer los de las naves laterales y siempre habíamos pospuesto la tarea. En 1999, con mi padre ya muy enfermo, decidimos cumplir sus deseos, ella hizo a San Bartolomé y yo a la Virgen del Cantal. Luego me llamaron para hacer un mural para la Conferencia Episcopal y desde entonces no he parado. Es una vertiente artítica que te da enormes satisfacciones. Acabo de hacer un retrato de fray Joan Gilabert Jofrè, el mercedario que abrió el primer manicomio del mundo.

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