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Aragón

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Medio siglo entre fruta, innovación y territorio

Taisi, dedicada al procesamiento de fruta para industria, cumple 50 años, pero sus raíces se remontan a los inicios del siglo XX. Su directora, Ruth Lázaro, recuerda su pasado pero mira con optimismo al futuro.

Ruth Lázaro, directora de Taisi y tercera generación de esta empresa familiar, junto a unas bañeras en las que se procesa melón.
Ruth Lázaro, directora de Taisi y tercera generación de esta empresa familiar, junto a unas bañeras en las que se procesa melón.
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Ruth Lázaro Torres podría recorrer con los ojos cerrados las instalaciones de Taisi en Calatayud. Además de por los 23 años que lleva en el día a día de la empresa, porque desde que era una niña ha recorrido cada uno de los rincones de esas naves. Este año se cumple medio siglo desde que la compañía tomó esta sede, sin embargo sus raíces se hunden mucho más atrás: hasta principios del siglo XX. Fue entonces cuando el abuelo de Ruth, José María Lázaro Yagüe, y su hermano, Jesús, ambos de una familia de productores y comercializadores de viveros, decidieron aprovechar ese mercado. "Empezaron a comercializar fruta fresca en los años 40 y ya en la década de los 60 deciden que tienen que ir hacia la transformación y empiezan a confitar en cuencos de barro de cuatro o cinco kilos", rememora Ruth. Algo en lo que se insiste a día de hoy en tantos y tantos foros llenos de modernos gurús: el valor añadido.

Sus primeras instalaciones estaban en la confluencia de lo que hoy es el paseo Sixto Celorrio con Santander Mediterráneo, de las que apenas se conserva una pared. De ahí pasaron a la carretera de Valencia, frente a la D. O. Calatayud. En esa época, a su padre, José María Lázaro Francia, que era perito químico y se formaba en tecnología de los alimentos, lo llaman para trabajar en el negocio familiar. "Tanto mi abuelo como su hermano aportaron un hijo a la empresa, pero entre los nuevos gestores había diferencias y deciden dividir la compañía", explica Ruth, tercera generación de la empresa.

También para eso fueron unos adelantados a su tiempo. "Hicieron un protocolo familiar, guiados por un profesional y separaron a trabajadores, productos, clientes, todo", detalla. En la carretera de Valencia quedó Conservas Lazaya, que actualmente continúa -también en otra ubicación, en la carretera de Munébrega- su periplo en el mismo sector y al otro lado de las vías del tren se implanta Taisi.

Es 1969, hace ahora 50 años. "Las instalaciones pertenecían a la familia de Ricardo Sánchez, que era un empresario que decidió cambiar la ubicación de su negocio. De entonces son las cuatro naves originales y la chimenea de ladrillo", describe Ruth Lázaro, recordando los datos extraídos por la consejera del Centro de Estudios Bilbilitanos Berta Hernández.

Bajo la batuta del padre de Ruth, Taisi, a lo largo de los 70, se sube al tren de la revolución industrial, que entró como elefante en cacharrería en el sector de las conserveras. "Muchos talleres de confitados, artesanales, comienzan a desaparecer y se quedan las industrias capaces de adaptarse a las nuevas exigencias: había mucha demanda", subraya. Esto supone en la práctica pasar de aquellas perolas de barro y los procedimientos manuales a hablar de trabajo en línea, equipos inoxidables, automatismos en algunas fases de producción. En definitiva, a multiplicar la producción.

"Es igual que cuando ahora nos avisan de la importancia de la digitalización y la industria 4.0", ilustra Lázaro. Al mismo tiempo que se embarcan de lleno en la industrialización, en Taisi cambian también sus objetivos: pasaron de dedicarse solo al mercado local a mirar fuera de su entorno inmediato: Cataluña, Valencia, Francia e Italia son sus nuevos destinos. Entrados los años 80, la empresa bilbilitana comienza a exportar a Japón unos pequeños tarros con 5 cerezas. Hoy, el 35% de lo que fabrican sale fuera de España.

Con la llegada de los 70, arranca un proyecto en Taisi que, como remarca Ruth, "no solo era industrial, sino también social". "Mi madre y mi padre tienen una impronta humanista que la trasladan a la empresa", indica. Lo que hoy podría tomarse como RSE, en aquellos años para ellos ya era una realidad. "Alfabetizaban y formaban a los trabajadores. En eso me he educado", matiza.

Por lo que respecta a Ruth y su hermana, su vínculo con Taisi comienza siendo una niña. "He estado en contacto toda la vida, de pequeña me metía en un cajón y me pegaba aquí dando vueltas todo el día, y ya siendo mayor, mi padre nos insistía en que había que colaborar", recuerda. "Me ha tocado estar en el almacén descargando botes, etiquetando, como una más", apunta.

Como hermana mayor, Ruth acaba por asumir un papel creciente: "Acompañaba a mi padre a todo: a Italia a una feria, a los pueblos a comprar cerezas. Y si tenía una comida con un cliente, iba con él". De esas expediciones, Ruth recuerda que "hay fruteros a los que mi abuelo les vendió viveros con los que mantenemos negocio y con las hijas de otros empresarios, que jugamos juntas en las visitas, ahora cada una estamos en los despachos", comenta.

También recuerda cómo, durante la relación comercial con los socios japoneses de la empresa, los responsables del control de calidad nipones se trasladaban a Calatayud, para hacer el seguimiento a pie de línea. "Mi padre no quería que el mes que duraba la campaña estuvieran en un hotel y estaban en casa", recuerda.

A pesar de estar familiarizada con el negocio, la actual directora decidió que aquello no iba con ella. "Estudio Trabajo Social en Zaragoza y luego me marcho a Madrid para hacer Sociología", puntualiza. Y, mientras ella estaba en la capital aragonesa, su padre sufre un accidente y pasa un tiempo desconectado del trabajo. Es ahí donde se empieza a fraguar el siguiente capítulo de esta historia. «Todo su equipo y sus hermanas me miraron. Decidí compaginar los estudios en Madrid con la empresa, pero sin función definida», relata.

Pero el desencadenante llegó tres años después, en 1998. "Las dos personas que dirigían la producción se marchan fuera de Calatayud. Así que me tocó ponerme bata y gorro y dirigir", recuerda. Entonces no había pautas, algunas fórmulas, indicaciones de pesos y temperaturas y poco más. "Lo que hice fue decirles a los trabajadores que me enseñasen todo su conocimiento, porque los que saben del trabajo son ellos. Y empecé a hacer unos procedimientos", precisa. A raíz de aquello, Taisi va dirigiéndose a la profesionalización: "Me metí de lleno con sistemas de gestión, de control de calidad, con la formación interna y también externa", admite.

Cifras de presente

De entonces a esta parte, la empresa continúa esa nueva revolución interna para dirigirse a un nuevo escenario. Y el resultado lo explican las cifras actuales: 3 millones de kilos de producción anual, unos 6 millones de euros de facturación, una plantilla que fluctúa según la campaña entre los 40 y 50 empleados de los que el 55% son mujeres y un volumen de exportación de casi el 35%. Desde Calatayud, sus productos salen con destino a Italia, Suiza y Bélgica, principalmente, pero también a la India, Australia o México.

Entre esas cifras, Lázaro también remarca que "buena parte de nuestros proveedores y todo lo que podemos, lo compramos cerca y de manera que se pueda salvaguardar la relación con la comarca, que esto sea sostenible". Cereza para industria, melocotón, pera son frutas que salen de los alrededores. "También tenemos acuerdos a largo plazo y cada vez más profesionalizados en el caso de la cereza o el melón", explica. Recurren además, por ejemplo, a naranjas, que llegan desde Andalucía o Valencia.

Ahora, Taisi cuenta con tres grandes líneas de fabricación. La fruta en almíbar (manzana, discos de naranja o kiwi) para decoración en pastelería. También trabajan las mermeladas, pero con un uso industrial. "Me suelen decir que no ven nuestra mermelada en el súper, y es normal porque la vendemos o en latas de 5 kilos o en contenedores de 1.200", comenta con humor. Y por último está la parte de confitado, con una capacidad de 100 balsas en las que tratan cerezas, albaricoques o ciruelas.

Planes de futuro

En marzo de 2018, Ruth Lázaro anunció un plan de inversión de tres millones de euros a tres años, de lo que no todo se han puesto en marcha. "Hemos adecuado parte de los espacios existentes, que desde el 69 que estamos vamos adaptando a las normativas de calidad y seguridad alimentaria, y hemos invertido en equipos de proceso, para aumentar la capacidad productiva y automatizando", acota.

"Nos queda pendiente lo principal: construir nuevos espacios productivos para ampliar nuestra capacidad", asume Lázaro. La idea es llegar a 5 millones de kilos. "Desde los 50 hemos crecido pero de forma desordenada, y eso no cumple la lógica de unos flujos de producción eficientes, por lo que esa última fase es vital", remarca.

Reconoce que más que duplicar su producción actual, el objetivo a largo plazo es otro: "Queremos productos de valor añadido. No solo producir mucho a bajo coste, sino encontrar nuevos procesos, nuevos productos, más sostenibles y más saludables que nos lleven a competir por criterios de calidad y no por precio".

A todo ello, Taisi suma en los últimos años premios y premios a su labor, y ha amparado concursos de recetas. "Hay que aunar cultura del cambio e innovación con tradición y experiencia, y compaginar los intereses de hasta cinco generaciones diferentes", sintetiza Ruth. Y habla, por supuesto, de sostenibilidad ambiental, pensando en economía circular, y territorial. "Queremos quedarnos en Calatayud y hay que probar fórmulas nuevas, pero también apoyar lo que ya hay en el territorio", recalca.

Otra de las piezas fundamentales para el futuro de Taisi son las personas. "Son el corazón de la empresa, lo más importante y por eso fomentamos un proyecto de empresa saludable", explica.

Por todo ello, la historia de Taisi es la historia de una empresa familiar, de tres generaciones que han avanzado bajo tres pilares: la fruta, la innovación y el vínculo con el territorio. Pero es también la historia de sus trabajadores, proveedores y clientes.

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