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X Aniversario de la Expo 2008

Javier Carnicer: "El protocolo está sometido a la dictadura del error. Solo llama la atención lo que falla"

El exdirector de Relaciones Institucionales logró que los participantes se fueran satisfechos. Todo tenía que ir en "rutina" en un recinto donde pasaban muchas cosas. Como los abrazos a Naruhito o el ascensor que se colgó con Gorvachov dentro.

14/06/2018 a las 05:00
Javier Carnicer, en el recinto que acogió la ExpoGuillermo Mestre

¿Cómo se fraguó su incorporación al equipo de la Expo 2008?

Era jefe de protocolo en las Cortes y, al volver de vacaciones en septiembre de 2007, estaba invitado a un almuerzo con el presidente del Parlamento aragonés, Francisco Pina, y el de Expoagua, Roque Gistau. Y allí me lo comunicaron. Había cosas que no se estaban haciendo todavía; se trabajaba al día, pero hacía falta pensar en el 13 de junio de 2008.

¿Con qué presupuesto contó?

En la primera reunión con Gistau, me facilitó el presupuesto de la Expo 92 de Sevilla para mostrarme lo que no teníamos que hacer. Le comenté que necesitaríamos el doble, porque iba a durar la mitad que Sevilla con casi el mismo número de días nacionales. Expozaragoza cubría los gastos vinculados a las relaciones institucionales y la vicepresidencia del Gobierno de España, el resto. En un ámbito donde hubo 9.000 actos, nuestro presupuesto fue de cuatro millones de euros y ahorramos un millón porque muchas cosas las producíamos nosotros.

¿Cómo justificaron los gastos?

Todos los jefes de área tuvimos que presentar una memoria como límite quince días después de la Expo y someternos al control de la auditoría interna. Era una faena porque teníamos muchas ganas de acabar, pero dos semanas después de la clausura te quedabas libre. Durante la Expo perdí diez kilos; trabajé del 2 de enero al 16 de septiembre todos los días, de lunes a domingo.

¿Cómo se consiguieron coordinar con el centenar de países participantes?

Tuvimos al menos cuatro reuniones con cada uno de ellos. La primera fue con China y realizaron  112 preguntas. Entonces se me ocurrió idear un sistema de comunicación entendible y simpático que además resultó muy útil. Era imprescindible ajustarse a los plazos. No podía haber retrasos: el 13 de junio, el Rey llegaría a Ranillas e inauguraría la Expo.

¿Qué fue más estresante, el trabajo previo a la muestra o cuando al fin comenzó?

Lo más estresante fue el mes de mayo de 2008 porque llovió 22 días, algo que no había ocurrido en 105 años, y le dije a Gistau que iba a preparar dos ceremonias de inauguración una en el río y otra, ‘Iluminar’, con fuegos artificiales, junto a la Torre del Agua. En las invitaciones explicábamos que la ubicación dependería de lo quisiera el Ebro.

¿Consiguió dormir la noche previa a la inauguración?

El peor día para mí fue el 12 de junio porque, aunque teníamos todo controlado, el protocolo está sometido a la dictadura del error. Todo lo que funciona ya era sí, solo llama la atención lo que falla. Cualquier error es noticia. Sientes esa presión el día de antes, porque ya vas al detalle. "¿Tiene suficiente luz el atril para el rey Juan Carlos?", te preguntas. Pues no la tenía y hubo que arreglarlo.

¿Quedó satisfecho de cómo salió todo en la ceremonia?

Yo creo que fue bien. Zaragoza tenía muchas potencialidades, pero también algunas debilidades; una de ellas, los alojamientos. Era clave que todos los invitados que vinieran en AVE se fueran esa noche en él también. Y lo conseguimos. Fue peor la clausura, porque estuvimos a punto de no poder realizar el espectáculo pirotécnico por culpa del viento. Nadie supo entonces que casi no podemos lanzar los fuegos artificiales.

¿Fue su peor momento?

El peor fue el accidente del vuelo de Spanair donde falleció personal del pabellón de Canarias. Hubo luto en Expo. También murió un técnico de sonido en el Palacio de la Expo al caer desde el techo técnico por no utilizar las líneas de vida. Nos tocó localizar a su familia, y fue muy duro.

¿Cuántos jefes de Estado pasaron por el recinto de Ranillas?

Dieciséis jefes de Estado, príncipes herederos y miembros de casas reales, 20 jefes de Gobierno, primeros ministros, vicepresidentes de república y presidentes de parlamentos, 89 ministros y 22 viceministros. Y ellos eran solo los cabeza de delegación. Había que diferenciar entre días nacionales y días de honor.

¿Fue complicado pactar las condiciones con los participantes?

Los comisarios de Expo Zaragoza eran unos figuras, me asesoraban y siempre daban en la diana.  Los países de la antigua Unión Soviética solían estar preocupados por temas de seguridad, incluida la de los alimentos. El día de Kazajistán querían que paráramos el teleférico pero, como por el Congreso de Viena hay que tratar igual a todos los países, les informamos del coste de aplicar esa medida. No se paró.

Y con largas filas tenían que colar a las autoridades...

No lo hacíamos con personal de seguridad sino con voluntarios, con una imagen amable. Hacíamos ver que España estaba atendiendo a sus visitantes. Llevábamos música, elementos tradicionales del país, y la gente acogía de buen agrado sentirse anfitrión y nos dejaba pasar.

A algunas personalidades, como a Naruhito, el príncipe heredero de Japón, los visitantes les recibieron con abrazos...

El hijo del emperador, como dicen los japoneses, era un hombre encantador. Ofreció un trato a todas las personas magnífico. No se dio ninguna incomodidad protocolaria de saludo porque cada vez que un japonés se cruzaba con él bajaba los brazos y hacía la breve inclinación. Cuando era un saludo occidental, Naruhito entregaba la  mano sin problemas.

¿Que personalidad resultó más cautivadora para los visitantes?

La visita que más llenó a la gente fue la segunda de los entonces Príncipes de Asturias, don_Felipe y doña Letizia, que comieron con los trabajadores. Los Príncipes de Holanda, Guillermo Alejandro y Máxima Zorreguieta, se veía que querían agradar. El país que más me sorprendió para bien fue Nepal, eran perfectos, tenían todo cuidado y sabían lo que había que hacer. El que más inconvenientes causó fue el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, porque todo el mundo se acercaba y nos creaba tapones. Mijaíl Gorvachov se quedó encerrado en el ascensor del Palacio de Congresos de Huesca y la Duquesa de Alba, ya fallecida, quiso comprar dos piezas del pabellón de África que no estaban a la venta. Todos los días nos pasaban cosas.

¿Es cierto que un viceministro norcoreano enfermó en Zaragoza y estuvo muy grave?

Cuando se puso malo no quería que la sanidad española lo atendiera. Envió a su gente al mercado central a comprar creo que eran vísceras de cerdo, remedios de los suyos, y se puso peor. Y al final, al hospital. Afortunadamente se curó. Había algunos países que nada más aterrizaban se ponían malos. Los comisarios ya nos lo habían dicho; y pasaba.

¿Hubo algún incidente diplomático?

Tuvimos una queja de Lituania porque al cambiar su bandera en la rotonda de acceso se manchó de grasa de la grúa. 

¿Cuál fue para usted el momento más emocionante?

Después de la clausura, todo el personal de Protocolo fuimos al Pabellón Puente sin nadie, en una ceremonia para nosotros, y arriamos las banderas, las plegamos y nos las llevamos. Había acabado todo, al día siguiente no tenías que organizar un día nacional y se había ido la gente del recinto de Ranillas. E hicimos una ceremonia, que convocamos a través de los pinganillos por los que nos comunicábamos, que ni estaba prevista ni tenía nada que ver con los actos oficiales.





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