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Aragón

Abanto y la peña que sigue creciendo

El Potinarro sigue aumentando su número de miembros con la llegada de nuevas generaciones. Los hermanos Marcos y José Luis Aranda son los únicos miembros que están a diario en el pueblo.

José Luis Aranda –izquierda– y su hermano Marcos –dcha– pertenecen a la peña El Potinarro.
José Luis Aranda –izquierda– y su hermano Marcos –dcha– pertenecen a la peña El Potinarro.
Jesús Macipe

Lo que ahora es un local en silencio y con las luces apagadas a las afueras de Abanto, durante los días de fiesta –ya sea para San Blas, San Juan o San Esteban– se convierte en un auténtico hervidero de charlas, música y festival gastronómico. En definitiva, lo que se conoce por buen ambiente. Se trata de la sede de la peña El Potinarro, nombre que comparte con uno de los parajes que forman parte de la localidad; la peña acumula ya más de 20 años de trayectoria, y es una de la decena de colectividades peñistas que hay en el municipio. Curiosidad: si se acude al diccionario, el término abato alude a un ave rapaz, semejante al buitre, pero más pequeña, con la cabeza y cuello cubiertos de pluma, y el color blanquecino.

En la actualidad, la asociación El Potinarro está conformada por un total de 17 socios, "amigos de toda la vida", resume Marcos Aranda, de 36 años y uno de sus miembros. Junto a su hermano José Luis son los dos únicos integrantes que están a diario por el pueblo; así lo exige su trabajo en la explotación agrícola que han asumido de manos de su padre. "Vamos juntos desde críos y mantenemos esa buena relación entre todos nosotros", indica Marcos, tras repasar algunas de las imágenes que decoran las paredes del local.

Este enclave no ha ejercido siempre las funciones de sede de El Potinarro porque, como puntualiza Marcos, "nos metíamos donde nos dejaban los padres, familiares o conocidos". Hace algo más de nueve años encontraron un sitio para establecerse de forma definitiva. "Empezamos a trabajar, a tener un poco de dinero y un vecino del pueblo nos lo dejó a un buen precio para que pudiéramos quedárnoslo y tener algo propio como grupo".

Poco a poco fueron acondicionando el edificio y el terreno anejo, con muchos ratos tirando de hormigonera, llanas, paletas y carretillos. "Toda la reforma nos la hemos hecho nosotros, cada uno lo que ha podido y ha sabido hacer", detalla Marcos. De esta forma, "hemos hecho el trabajo de albañilería, porque contábamos en el grupo con albañil y fontanero; yo tengo maquinaria para poder traer el material; formamos todo un equipo", aclara.

Dentro de ese grupo fundador de El Potinarro y que también levantó el local estaba Iván Sebastián, quien falleció recientemente de un infarto. "Nos acordamos mucho de él, era muy buena persona y muy querido por todos nosotros", recuerda Marcos con una emoción palpable en sus palabras.

Siete años de disfrute

Tras ese esfuerzo desplegado por los miembros, en 2011 procedieron a realizar la inauguración oficial del edificio: cocina, baños, un amplio espacio para colocar mesas y patio interior, en el que se localiza un pequeño cobertizo, habilitado para asar o hacer guisos. "Cuando más disfrutamos de la peña es para Semana Santa o para verano, que es cuando más gente viene, sobre todo los que viven habitualmente en Zaragoza", destaca Marcos. Su hermano José Luis, de 32 años, define el local "como un punto de encuentro perfecto, porque está cerca del pabellón municipal". Así, alberga un uso recurrente para las fechas más señaladas.

Además de los socios fundadores, con el tiempo se han ido añadiendo nuevos afiliados. "Algunas veces nos llegamos a juntar treinta y tantos, contando a las parejas y los chiquillos", indica Marcos, que aporta un hijo a la comunidad peñista. No todos tienen pareja, pero el número se compensa con los que tienen dos o tres. "Cuando nos juntamos lo que solemos hacer es preparar comidas y cenas todos juntos, echar algo y charlar", afirma José Luis, que explica que no tienen un menú preestablecido. "Vamos improvisando sobre la marcha y variando un poco".

De esta forma, los días de celebración son sinónimo de "mucha alegría y de pasárnoslo muy bien", detalla José Luis. Asimismo, Marcos defiende que esta "es la manera de seguir manteniendo el mismo trato que hemos tenido siempre, desde pequeños".

El día a día

Un alboroto que acaba contrastando con el día a día en la localidad, que se vive, evidentemente, de otra manera. "Nosotros dos nos dedicamos a la agricultura, cogiendo el testigo de mi padre, que nos echa una mano", explica Marcos, enfundado como su hermano en la ropa de faena. "Lo hemos vivido desde siempre y es lo que nos gusta", apunta José Luis. No obstante, ambos también reconocen las dificultades que implica su labor, entre ellas resistir a la sequía que afecta a la zona y a problemas sobrevenidos en forma de plagas. "Este año tenemos una plaga que afecta al cereal, y solo deja la mala hierba", asume Marcos con cierta resignación. Los hermanos, sin embargo, seguirán echando la pelea e su pueblo.

La Casa de las Salinas, vestigio de la importancia que llegaron a tener estas explotaciones

A día de hoy, la silueta medio derruida de la Casa de las Salinas de Abanto es uno de los vestigios que queda de la actividad que se desarrollaba en este término municipal, incluyendo el pueblo de Abanto y las localidades de Monterde y Pardos. "En época medieval fueron muy importantes y la Corona de Aragón controlaba su explotación, tráfico y comercio. La sal, por su escasez, era una gran fuente de ingresos", señala Joaquín Melendo Pomareta, miembro del Centro de Estudios Bilbilitanos y que ha trabajado sobre el tema.

En el caso de las que había en Abanto, Monterde y Pardos, su valor estratégico y comercial quedaría patente en la permuta que realiza el rey Jaime I en 1219 con los monjes del Monasterio de Piedra, a quienes concede su explotación a cambio de la propiedad de Villafeliche y su castillo. Sin embargo, Joaquín Melendo explica que "con el tiempo las salinas perderían la importancia que habían tenido". Así, según los datos que ha recopilado este estudioso, en 1788 la explotación de los pozos fue clausurada y en 1814 ya no había actividad.

Policarpo Aranda guarda el recuerdo de los buenos tiempos que vivió en su Pardos natal

El silencio es ahora el único habitante de Pardos, que cerca de 1980 se despobló con la salida de sus últimos vecinos, Manuel Gómez y Adelina López. "Es curioso porque se agrega a Abanto en 1887 con 153 habitantes y en 1910 llegó a tener incluso más vecinos", explica Joaquín Melendo, que ha estudiado durante siete años distintos enclaves de la comarca bilbilitana en su libro ‘Asentamientos históricos en la Comunidad de Calatayud. Tras las huellas del olvido’.

Sin embargo, la falta de infraestructuras tan básicas como la luz eléctrica o una carretera asfaltada fueron restando vecinos al pueblo. Es el caso de Policarpo Aranda, de 88 años. "Lo pasábamos muy bien, allí había mucha vida. Cuando yo comulgué había 36 chicas y chicos, y al siguiente fueron 25", detalla haciendo gala de buena memoria. Recorrer las bodegas y salir a cazar eran actividades habituales, puntualiza Aranda. Pero todo cambió. "Tuvimos que empezar de nuevo aquí en Abanto, y mi mujer lo pasó muy mal", puntualiza. Hoy en día se muestra agradecido por la acogida en Abanto, y recuerda con emoción que se han recuperado algunos edificios del antiguo pueblo.

LOS IMPRESCINDIBLES

La parroquia

Nuestra Señora de la Asunción (o de San Bernardo) se encuentra inmersa en un proceso de restauración. Recientemente se ha recuperado el campanario de este templo barroco del XVII, con planta rectangular y tres naves.

El pantano

Conocido como laguna de Las Fuentes, está a las afueras de Abanto; es zona de baño y pesca. Surge de los manantiales situados bajo una gran roca y las fuentes que dan origen al río Ortiz, que nace dentro del propio término.

Casa Las Bolas

Originaria de finales del siglo XIV y principios del XV, destaca entre el resto de viviendas en la calle Terrero. Le antecede el muro y los caños de la Fuente del Pilón, restaurada hace tres años y punto preferente de reunión vecinal.

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