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Ángela Abós y Winni Schindler, recuerdos sobre blanco nieve

Los brillos estridentes de tantas decoraciones navideñas actuales contrastan con dos clásicos eternos: el verde del abeto y el blanco.

En Benasque y en Baviera. El recuerdo de las Navidades infantiles de Ángela Abós y Winni Schindler comparte el mismo manto nevado.
En Benasque y en Baviera. El recuerdo de las Navidades infantiles de Ángela Abós y Winni Schindler comparte el mismo manto nevado.
José Miguel Marco

La Navidad de su infancia tiene el color de la nieve: el blanco. Tanto en el Pirineo que vio crecer a Ángela Abós como en los bosques bávaros donde nació Winni Schindler. Ambos recuerdan inviernos con nevadas más intensas que ahora. La naturaleza se colaba en los hogares. Puertas adentro de la casa de Ángela, en Benasque, "no había más signo externo de la Navidad que una rueda de teas, la parte del pino que arde mejor, colgadas alrededor del hogar bajo, con su gran chimenea y sus cadieras cubiertas con blancas pieles de oveja". Aquella blancura todavía perdura en su forma de decorar hoy su Navidad: "En mi casa de Zaragoza, todos los adornos son blancos. Todos –recalca–. En cambio, en la de Jaca, son verdes y rojos".

Ese primer color de la nieve se combina también en la memoria de Winni con otro tono característico: el verde del árbol de Navidad. Aquel color tan intenso de los abetos "simbolizaba para mí que la Navidad, tras las semanas de Adviento, había llegado en serio".

Cuando era pequeño, allá en el pequeño pueblecito de Brand, las bolas de cristal eran de plata o doradas, "un poco más discretas que las actuales", aunque el gran árbol seguía resultando impactante. Hace dos años aún pasaron las fiestas con su madre, quien había introducido bolas más modernas, "de ese rojo burdeos intenso, tan preciosas que dan ganas de cogerlas aunque son muy frágiles".

Tradición y tendencias

"Ahora –apunta Ángela–, no se concibe el árbol sin los colores: el rojo, el verde, el azul intenso...". Diseñadores y escaparatistas que inventan cada año la puesta en escena navideña reconocen que los tradicionales rojos y verdes, junto a las maderas, son los colores que perduran. Pero las tendencias dictan innovación y, este año, tratan de sorprender, y de animar el consumo desde los escaparates, con novedades como los colores pastel y los adornos galácticos de brillo metalizado.

Hoy en día, con el auge de los aires decorativos escandinavos, resulta difícil encontrar en las tiendas, cargadas de duendes y renos, un rey mago, un Niño Jesús o una zambomba ‘autóctonos’. Son efectos de la globalización comercial y de la invasión del ‘made in’ China. Pero no todo el mundo sale a comprar lo último para decorar la casa. Ángela se mantiene "en la absoluta tradición" y hace años que no compra, sino que recoge todos los detalles "en unas cajas ‘ad hoc’ y coloco exactamente los mismos adornos cada año". Incluso uno de los árboles que pone, traído de Alemania, se instala encima de la mesa –en Zaragoza o en Jaca, "depende, es un árbol portátil"– y luego se vuelve a recoger, junto a sus figuras de madera.

Los dos árboles naturales de Ángela se reponen cada año. En Jaca, "que es nuestra casa de verdad (a la capital la trajeron sus responsabilidades públicas como consejera del Gobierno de Aragón), en tiempos íbamos a buscar el abeto al monte; tramposamente, íbamos a la peña Oroel y buscábamos uno discreto, para que nadie lo supiera. Ahora lo compramos. Nos hemos vuelto muy legales". También hay belén en ambas casas, "en el mueble del hall, a la altura de los nietos pequeños para que lo puedan manejar. Con cuidadito, lo mueven todo el día, igual que hicieron mis hijos".

Aires internacionales

También Winni guarda sus objetos navideños en el trastero. No pone árbol grande aquí, pues suelen pasar las fiestas fuera de España, pero sí otros detalles con un toque internacional, ya que a las costumbres germanas se suman las británicas, de la mano de su esposa Sarah. Winni, que dirige una academia de idiomas enfocada a la empresa, vive en Zaragoza desde hace más de 30 años. Desde el punto de vista de alguien que vino y se quedó "por la hospitalidad de la gente", le gusta ver que "en los últimos 10-15 años las costumbres españolas se han internacionalizado en el buen sentido".

La multiculturalidad está muy presente en una casa en la que se habla español y, aunque "vamos mucho a Inglaterra y a Baviera, este es nuestro segundo hogar". Del país de origen de su mujer "hemos adoptado la guirnalda de la que cuelgan las tarjetas de Navidad que nos llegan... de familiares ingleses". Porque en Inglaterra, "mucho más que en Alemania o España", pervive la costumbre de felicitar con postales "hasta al vecino al que ves todos los días". "Mi suegro, que tiene 91 años, aún recibe y escribe unas 80 tarjetas", pese al whatsapp que ha barrido tantas felicitaciones de papel. A casa de Ángela ahora no llega prácticamente ninguno; "han desaparecido los ‘christmas’ que, antes, nosotros poníamos en la librería conforme se iban recibiendo".

Magia y drama

Pequeños elementos van evolucionando, pero, otras veces, el cambio es mayor. Imborrable. Como la "historia singular" que vivió Ángela, quien hasta los 6 años no conoció Navidad alguna "porque yo había nacido en el 34 y en mi casa la Guerra Civil había partido a la familia por la mitad: mi padre y el único hermano de mi madre no se hablaron en 30 años". "No hubo Navidades en mi casa hasta el año 40, cuando a mi padre, tras llegar los suyos, lo hicieron concejal del Ayuntamiento de Benasque". Es entonces cuando "ese Ayuntamiento decide que hay que normalizar la vida, y empieza por la Navidad: ponen adornos en los balcones, salen a caballo en una cabalgata...". Con 6 años, "tengo la sensación de que todo es mágico: mi padre a caballo con su uniforme de Falange, el alcalde y todos los concejales vestidos..., una normalización de la vida. Qué bonito y qué drama".

La cara afortunada de la moneda fue que, "a los 7 años, cuando ninguna chica de mi época lo hacía, yo tuve la suerte de esquiar, como mis dos hermanos pequeños". Un guarda forestal que trabajaba con su padre le hizo unos esquís aprovechando las tablas empleadas para hacer cubas de vino. "Mi tío Antonio me enseñó".

Para Winni, el cambio fundamental es común a todos los países: el consumo llevado a la máxima potencia. "Cuando yo era niño –soy el pequeño de cinco–, mi padre tenía un buen trabajo, pero había que alimentar siete bocas, así que la Navidad era una fiesta importante pero había muy poquitos regalos". Entonces, "había una magia, una expectación muy grande; no digo que los niños de hoy en día no la tengan si creen en Santa Claus o en el niño Jesús, que es quien trae los regalos en mi tierra la tarde de Nochebuena, pero no hay esa emoción. Incluso los adultos tratan la Navidad como una fiesta más que hay que pasar".

Los preparativos acelerados y ansiosos que hoy conocemos contrastan con la espera ilusionada y paciente durante el tiempo de Adviento, tan típica en la Alemania de hace unas décadas. Winni sigue preparando con su esposa la corona de Adviento, en España sin las ramas de abeto pero sí con las cuatro velas, una por cada domingo de Adviento, "como preparación de la llegada de Cristo". El primer domingo encienden la primera vela y toman el primer turrón. "Mi esposa no me deja empezarlo ni siquiera el sábado anterior". Tampoco Ángela deja a nadie probar el turrón hasta el día de Nochebuena, "a nadie".

Todo preparaba la Nochebuena, un día mágico, el más importante del año para Winni, "ya no solo por los regalos, por todo: el árbol con las velitas de verdad, el belén, el pan de Navidad, el ‘lepkugen’, las pastitas que hacían las madres a lo largo del mes de diciembre, las casas que olían a galletas, a mandarinas, a nueces... No todo lo pasado fue mejor, pero esa magia, ese aire especial del Adviento y la Navidad, se ha perdido".

Calles que relucen

También las calles se visten de Navidad. Huesca estrena este año un árbol gigante y, en Jaca, se ha iluminado el situado junto al ábside de la catedral. En Zaragoza, se destinan 100.000 euros a una decoración que suma más de 2.700 lámparas y a la que, según algunos, le falta brillo en comparación con, por ejemplo, las luminarias madrileñas, que consumen 2,2 millones de euros.

Pero no siempre fue así. "La gente que ha cumplido muchos años como yo –recuerda Ángela–, no conocía calles navideñas. España tardó en asumir que había que exteriorizar el sentimiento navideño. Adornar la calle es un sentimiento comunitario que te hace compartir. A las dictaduras no les gusta compartir la vida".

En el Brand natal de Winni no se adornaban las calles, "sí los puestecitos de las ciudades, con velas, luces, estrellas de paja..., pero lo de ahora es tremendo, todo va hacia ese consumo exacerbado, pienso que por influencia americana, que convierte todo en jolgorio, incluso la etapa prenavideña que, en Baviera, llamamos ‘die stade Zeit’, el tiempo silencioso, el tiempo tranquilo", que ya no lo es.

Un ángel de largo vuelo

Un ángel de largo vuelo

Hace 50 años, este angelito de madera ya decoraba el árbol de Navidad de la casa familiar de Winni Schindler, en Baviera. "No tiene ningún valor material pero sí sentimental porque me recuerdan mi infancia, en los años sesenta". Lo conserva "gracias a mi esposa, a quien se lo dio mi madre". Sacarlo de su cajita le transporta a aquel tiempo de ilusión contenida, cuando "mis padres traían el árbol de Navidad y lo decorábamos, una semana antes de Nochebuena, con bolas de cristal y objetos como este, que guardo desde entonces".

Los García Abós felicitan las fiestas

Los García Abós felicitan las fiestas

Tres fotos permiten hacer a Ángela Abós "un recorrido familiar particularmente entrañable". La primera es la muestra de "nuestra felicitación de Navidad con los primeros niños: la pobre Marta vestida de San José (nunca nos lo ha perdonado), Loreto e Ignacio. De estas hacíamos 40 o 50 y las enviábamos a todos". Otra intermedia, "cuando ya habían crecido más, en nuestra casa de Jaca, pero faltaban los dos pequeños". Y una última con el árbol de Navidad al fondo, los siete hijos y nuestros dos primeros nietos".

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